131. Llama a mi chica
LLAMA A MI CHICA
Joey
—Dato curioso del día: oficialmente tengo ubres.
—¿Ubres?
—Sí, eso es. No es broma. Por lo visto, ahora produzco leche. Mancho el sujetador.
—¿Goteas?
—Como un grifo estropeado.
—Mierda.
—Así es. Y te aviso de que no me he visto la vagina desde junio, así que sabes lo que significa, ¿no?
—No, Molloy, pues la verdad es que no.
—Significa que vas a vérmela en plan selva del Amazonas.
—Joder.
—Sí. Ah, y tengo los pezones marrones.
—Siempre los has tenido marrones.
—No, tú siempre los has tenido marrones —replicó—. Yo los tenía rosados.
—Los cambios son buenos.
—Y ese pringue que te dan para que te untes la barriga y no te salgan estrías es una mierda como una casa.
Me lo he puesto, Joe. Tres veces al día, y aun así tu hijo se las ha apañado para estirarme como al muñeco Stretch Armstrong con venas varicosas —suspiró con dramatismo antes de añadir—: Temo no poder jamás volver a ponerme mi biquini amarillo.
—¿No te compraste ese biquini cuando estábamos en segundo?
—¿Y?
—Que a lo mejor da igual que no te quepa un biquini que llevabas a los catorce años.
—Uf, odio cuando te pones tan lógico —protestó—. Creo que me gustabas más cuando estabas como una cabra y me decías lo que yo quería oír.
Me reí al otro lado de la línea.
—Molloy, seguirás oyendo solo lo que quieras, así que es un asunto irrelevante.
—¿Un asunto irrelevante? —repitió—. ¿Y eso, señor grandilocuente? Practicando palabras pomposas para Tommen, ¿eh?
—No —refunfuñé, apoyando la cabeza contra la pared—. No hago nada de eso, Aoife.
—Ay, sí —replicó—. Ya verás cuando vengas el mes que viene, bebé, papi se va a convertir en un auténtico chico de colegio privado. —Y riéndose a carcajadas, añadió—: Con blazer y todo.
—Ni de puta coña voy a llevar blazer al colegio —gruñí, conteniendo un escalofrío—. Preferiría cagarme en las manos y dar una palmada.
—¡Oh, manchado de heces! ¡Qué sexy!
—Dame un respiro, ¿vale?
—Bueno, tú eres el que está amenazando con cagarse en las manos, melodramático —bromeó.
—Quieren cambiarme, Molloy. Convertirme en una persona totalmente distinta. Yo no soy así. Yo soy yo.
—No quieren cambiarte, Joe. Quieren apoyarte.
—No lo entiendo.
—Sé que no lo entiendes y eso me hace quererte más incluso.
—Eres tonta.
—Y tú me quieres.
—Sí. —«Claro que sí». Sonreí para mis adentros—. Bueno, ¿ya te han dado los resultados del examen de acceso a la universidad? Salían esta mañana, ¿no?
—Sí —suspiró con dramatismo—. Pero todavía no me he pasado por el instituto a recogerlos.
—¿Por qué coño no has ido?
—Porque no quería perderme tu llamada.
—Molloy. —La culpa me golpeó en el pecho—. Tienes que ir a recoger las notas.
—He suspendido.
El alma se me cayó a los pies.
—¿Qué quieres decir con que has suspendido?
—Pues que he suspendido los exámenes a lo grande.
—Molloy.
—No todo es malo —se apresuró a decir—. Kev sacó seiscientos puntos. Así que irá a la universidad que él quería.
Como si a mí me importase una mierda lo que hubiera sacado su hermano.
—Veamos —la oí suspirar con tristeza mientras el sonido del papel arrugándose me llenaba los oídos—. Suficiente en Empresariales. Insuficiente en Irlandés. Insuficiente en Matemáticas. Insuficiente en Historia. Ah, aprobé Biología. Suficiente en Inglés. Ah, y también aprobé Economía doméstica.
—Lo siento, reina.
—Sí. —Otro suspiro fuerte—. ¿Quieres oír otra noticia de mierda?
—¿Cuál?
—No he entrado.
—¿En St. John’s?
—Me llegó ayer la carta de rechazo.
«Joder».
—Así que, sí, semental, resulta que tú no eres el único que vuelve al instituto.
Fruncí el entrecejo.
—¿Vas a volver al instituto?
—Según mis padres, tengo que repetir sexto, y yo desde luego paso. —Solté un gruñido de frustración—. Bueno, ya fue lo bastante duro el año pasado. ¿Cómo coño voy a concentrarme ahora con un bebé al que cuidar?
—Aoife. —Dios, apenas podía hablar por la culpa que cargaba—. Lo siento muchísimo, joder, nena.
—No es por ti, Joe.
Sí, sí lo era.
—Trish quiere que repitas, ¿eh? —Sabía que era Trish, porque Tony no era de los que impulsaban los estudios.
En su opinión, si sabías leer, escribir, contar el dinero y tenías la cabeza bien puesta sobre los hombros, encontrarías el camino.
Trish, en cambio, era la que quería que sus hijos hicieran algo con su vida.
—Sí —contestó—. Mi madre cree que será bueno para mí terminar el instituto.
Ha estado en contacto con el señor Nyhan y, teniendo en cuenta todo lo que ha pasado, se ha portado muy bien.
Le dijo a mi madre que el instituto colaboraría.
Ya sabes, me mandarían deberes y eso. Y que no tengo que asistir en persona hasta Halloween.
—Joder. —Me froté la mandíbula al sentirme abrumado por ella.
—Mi madre se ofreció a cuidar del bebé por mí si volvía al instituto, pero no voy a hacer eso, Joe.
Me inundó la ansiedad. Todos esos planes y decisiones se estaban tomando sin mí.
—¿Y yo? —me oí decir—. Yo puedo quedarme con el bebé mientras vas al instituto. Encontraré un trabajo por las tardes que encaje en nuestra rutina.
—¿Y Tommen? ¿Dónde encaja?
—No encaja.
—Vas a volver a los estudios, Joe.
—No, Molloy. Voy a cuidar de ti y del bebé.
—Sí, terminando los estudios —insistió—. Al menos que nuestro bebé tenga un padre del que estar orgulloso.
Joder, eso dolía.
—No hay nada en mí de lo que vaya a estar orgulloso —le dije—. En ti sí, Aoife. Tu eres la madre de la que nuestro hijo estará orgulloso.
—¡Cuántos cumplidos me haces!
—En serio, tú irás al instituto por el día mientras yo cuido del bebé, y luego yo trabajaré de noche mientras tú estás con él.
—Sí, porque a mi padre le va a encantar eso.
Puse los ojos en blanco.
—Podrá despedirme, pero no podrá alejarme de mi hijo.
—Eso no es así, Joe —respondió enseguida—. Te quiere. Y lo sabes. Es que… está siendo protector conmigo después de todo lo que ha pasado.
—Te refieres a después de dejarte sola y preñada.
—Sabía que tenías que marcharte.
—Puede que lo supiera, pero no lo acepta.
—Bueno, yo sí, y eso es lo que importa —contestó—. Así que no dejes que eso te desanime. Papá y tú os reconciliaréis cuando estés en casa. Vosotros siempre os habéis llevado bien.
Sí, no sabía por qué, pero lo dudaba. Había oído a Tony despotricar mientras ella estaba al teléfono conmigo.
No quería que me acercara a su hija y no lo culpaba. Joder, era un milagro que no le hubiera confiscado el teléfono para que no hablara conmigo. Juro por Dios que no lo habría culpado si lo hiciera. Le había hecho pasar un infierno a su hija.
—Te volverá a dar trabajo en el taller en cuanto vea lo bien que estás —dijo Molloy al otro lado de la línea—. A lo mejor no ahora mismo, pero lo hará. Mi padre no te ha buscado sustituto. No ha contratado a nadie más, Joe.
—Joder, espero de verdad que tengas razón, Molloy —dije con sinceridad, porque podían hablar de estudios hasta que las ranas criaran pelo, pero la única carrera que me había interesado era la que había bajo el capó de un coche.