Rey de la gula (Pecados 6) 130. La familia… o algo parecido #2
89%

130. La familia… o algo parecido #2

—Me doy cuenta ahora de que no me correspondía implicarme.

—No, no te correspondía —dije con desdén, muy furioso—.

Y tienes mucha suerte de que Aoife no cediera ante la presión que estoy seguro que le metisteis.

—Negué con la cabeza, indignado—. Joder, Dar.

Yo jamás te haría eso. Jamás. He apoyado cualquier decisión que has tomado.

Siempre te he respaldado. Te he defendido.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué no puedes hacer lo mismo por mí?

—Creía que era lo que estaba haciendo.

—¿Odiando a mi novia? —espeté—. Dios, Darren. Después de toda la mierda por la que hemos pasado, ¿por qué me haces esto? ¿Por qué tratas de ahuyentar lo único bueno que tengo en la vida?

—No odio a Aoife, Joe. Mierda, ni siquiera conozco a esa chica. La verdad es que no. Es que… Yo quería algo distinto para ti.

—Bueno, no importa lo que tú quieras, Dar, porque esta es mi vida —respondí, temblando—.

La tengo que vivir yo y pienso vivirla a su lado.

Porque, noticia de última hora, gilipollas, esa chica es mi vida.

Ella y nuestro bebé. Y, si quiere un anillo, lo tendrá.

Si quiere una casa, también la tendrá. Y, si llega el momento en el que quiera más hijos, pues entonces se los daré.

Lo que ella quiera. Porque somos espejos.

Ella y yo. Estamos unidos. Ese es mi futuro, Darren, y, si continúas entrometiéndote, no formarás parte de él.

—No lo dices en serio.

—Nunca he hablado más en serio en mi vida.

—Esto es un desastre —masculló Darren, dejando caer la cabeza en las manos.

—Al contrario —dijo la doctora B—. Teníais pendiente desde hace mucho tiempo esta conversación.

—Ahí le has dado —estuve de acuerdo mientras el resentimiento y el dolor de seis años salían a la superficie—. Me abandonaste, Darren. Me dejaste con ellos, joder. Eras al que más quería. Siempre te buscaba. Adoraba el suelo que pisabas, y desapareciste de mi vida.

—Lo sé —dijo, afectado—. Joder, lo sé.

—Tenía doce años. —Se me quebró la voz y el pecho se agitaba mientras derramaba mi dolor—. Doce, Darren. Cuando tú tenías doce, me tenías a mí, pero yo a los doce no tenía a nadie.

—Lo siento mucho, Joe.

—Decir que lo sientes no lo arregla —solté—. Solo son palabras. Sé que lo dices de verdad, sé que lo sientes, pero son putas palabras, Darren. No tapa el agujero que me dejaste.

Se estremeció.

—Joe.

—Lo que más me duele no es el hecho de que te marcharas —admití, secándome una lágrima de la mejilla—.

Sabía que tenías que irte. Te estabas muriendo en esa casa.

Lo pillo. Lo entiendo. ¡Lo que más me duele es el hecho de que me quedé y aun así ella te quería más a ti!

Y tengo celos de eso. ¡Tengo celos y estoy resentido, y me duele que nada de lo que hiciera fuese suficiente para ella!

»Y luego volviste —continué enseguida— y fue como si todo lo que había hecho por ella, todos los sacrificios que hice, todas las bofetadas que recibí, fuera irrelevante.

Yo era irrelevante porque tú eras lo único que ella veía.

Me refiero a que, reconozcámoslo, Dar, tú eras lo único que veía, incluso cuando éramos pequeños, pero nunca me molestó hasta que te marchaste.

¡Puso en ese pedestal a su precioso y perfecto primogénito, y nada de lo que yo hacía en persona podía igualar tu recuerdo!

—Sí —exclamó la doctora B, entusiasmada—. Fantástico, Joey.

Darren y yo nos giramos para mirarla boquiabiertos.

—¿Perdona?

—Verbalización —me explicó enseguida—. Una verbalización fantástica de tus sentimientos. Llevamos meses trabajando en esto. —Me sonrió como si fuera su alumno favorito y me levantó los pulgares, mientras los demás miembros de mi equipo médico miraban horrorizados.

—Oye, si puedo interrumpir un momento —intervino John sénior con ese tono de voz tranquilo y sosegado suyo, listo para corregir el rumbo—, creo que tengo una solución que podría beneficiar a todo el mundo.

—¿Ah, sí? —Edel se sentó en el borde del sillón al lado de su marido y le puso una mano en la rodilla—. A ver, amor.

Como una brisa fresca, John le apretó la mano a su esposa con afecto antes de centrar su atención en los muchos rostros que le miraban.

—Quieren prolongar el tratamiento de Joey con el pretexto de que no están seguros de su capacidad para arreglárselas bajo las presiones a las que tendrá que enfrentarse cuando regrese a casa en Ballylaggin.

—Se giró hacia Darren y añadió—: Por lo que veo, una de tus mayores preocupaciones es la falta de expectativas de tu hermano.

—No tiene ningún título —respondió Darren con un gesto de agradecimiento—.

Ni siquiera ha terminado el instituto. No tiene un oficio.

Tampoco tiene un trabajo bien pagado. El hurling es impensable para él.

No quieren tenerlo otra vez en el equipo.

Lo he intentado. Ni tampoco le dan plaza en el instituto.

No hay ningún instituto de la zona que considere aceptarlo.

—Como si me importara una mierda —dije resoplando.

—Debería importarte —gruñó Darren—. Tienes un bebé que cuidar, lo que le has dicho a grandes voces a todo el mundo. ¿Cómo te propones hacerlo con un empleo de salario mínimo? Porque, seamos realistas, Joe, con tu historial, tendrás suerte si te dan un trabajo de reponedor.

—Soy un buen trabajador.

—Yo no he dicho que no lo seas —replicó mi hermano—, pero tu historial es más largo que un día sin pan y eso va en tu contra.

—¿Y si hubiera una alternativa? —sugirió John, tranquilo—. ¿Y si pudiera garantizar una plaza a Joey en sexto curso en el mismo centro al que asisten sus hermanos? ¿Disiparía eso las preocupaciones de todos?

—¿Qué coño…? —Fruncí el ceño—. ¿De qué estás…?

—¿En Tommen? —Darren abrió mucho los ojos—. No lo aceptarán, John. Sobre todo después del espectáculo de mayo. ¿No crees que lo he intentado? Se lo llevó la Gardaí del centro por agredir físicamente a los alumnos de Tommen.

—Ya está hecho —respondió John con calma, esta vez girándose hacia mí—. Tienes plaza en el Tommen College para que termines los estudios, Joey. Es tuya. —Se encogió de hombros—. Si la aceptas.

—Tommen. —Me quedé mirándolo fijamente—. ¿Quieres que vaya a Tommen?

—Quiero que lo consideres.

—¿Va en serio? —dijo mi hermano con la voz llena de entusiasmo—. ¿Cómo demonios has conseguido eso?

—¿Cómo crees, Darren? —contesté de forma inexpresiva—. Pagando.

—La aceptará —respondió mi hermano por mí.

—No —dije enseguida, girándome hacia John—. No voy a volver a secundaria, John. Necesito encontrar un trabajo que lleve a casa un sueldo fijo.

—No, no, no, tiene sentido —se apresuró a decir Edel, volviéndose para mirarme—. El nuevo curso escolar empieza el 1 de septiembre, Joey, amor. Si te matricularas en Tommen, te tendrían que dar el alta antes…

—Antes de que llegase el bebé —acabé la frase cuando el cerebro se me puso en marcha.

—Serían unos maravillosos cimientos sobre los que construir tu futuro, Joey —dio su opinión la doctora B—. Estabilidad y amistad, y una buena educación.

—Te enviaré dinero —soltó Darren—. Todas las semanas. Directo a tu cuenta bancaria. Lo que haga falta.

—¿La paga? —Me quedé mirándolo—. ¿Crees que soy un crío?

—No, creo que eres una de las personas más inteligentes que conozco, y la posibilidad de que alguien como tú tenga una oportunidad de verdad (en educación) es demasiado importante como para rechazarla.

Quiero esto para ti, Joe. Piensa en las opciones de trabajo que tendrías.

Piensa en la universidad. Es tu futuro, hermano.

—No voy a ir a la universidad —repliqué, sintiéndome abrumado—. No está predestinado.

—Quizá no lo estaba antes, pero ahora podría estarlo —respondió con la voz emocionada—.

¿Por qué no deberías tener las mismas oportunidades que el resto de nosotros?

Te mereces tanto como Shannon y Tadhg. Va a empezar allí primero, ¿sabes?

En Tommen. Estarías allí para cuidar de él.

Para guiarlo. Piénsalo, Joe. Esto podría cambiarte la vida.

—¿Estás bien, Joey, amor?

—No, Edel, no —admití, moviendo las rodillas sin descanso, sentado enfrente de ella y de John en una de las mesas de pícnic en los jardines comunes, después de la reunión.

—Puedes darle a Gerard las gracias por eso —dijo, señalando con desaprobación el cigarrillo que tenía en la mano—. Te metió tres paquetes en las bolsas que preparé hoy.

«Muy bien, Gussie».

Miré los jardines a mi alrededor, dándole una buena calada al pitillo, muy nervioso.

—Yo he plantado eso —decidí contarles, señalando un parterre de rudbeckias entre un montón de dalias rosas y hortensias—. Esas son mías.

—¿Has pasado tiempo trabajando en el jardín?

—Es parte del tratamiento —expliqué, moviendo la mano al tuntún—.

Hablamos, nos sentamos en círculo durante el grupo de terapia y lloramos, plantamos flores y pintamos mierda.

—Le di otra calada al cigarrillo antes de decir—: Por aquí es todo muy «ay de mí».

Una gran competición para ver quién tiene la vida más jodida, en realidad.

John sonrió.

—Bueno, seguro que tú les ganas por goleada.

Resoplé.

—Y que lo digas.

—Joey, amor —empezó a decir Edel, dando unos golpecitos sobre la mesa con aquellas uñas de manicura perfecta—. Respecto a Tommen. Sé que por instinto dices que no, pero por favor no lo rechaces. Date un tiempo para meditarlo antes de decidirte.

—Vale —contesté, agobiado por la idea—. Me lo pensaré.