Rey de la gula (Pecados 6) 130. La familia… o algo parecido
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130. La familia… o algo parecido

LA FAMILIA… O ALGO PARECIDO

Joey

La mañana después de la llamada, Edel Kavanagh entró en la habitación como una ráfaga de energía rubia desenfrenada, recordándome a una versión glamurosa de Sarah Connor de Terminator .

A su lado, con su atuendo habitual, que consistía en un traje de alta gama hecho a la medida, con una cara risueña y un maletín en la mano, iba John sénior.

—Joey —exclamó Edel cuando me vio apoyado en el alféizar de la ventana, disfrutando plenamente del cigarrillo que había conseguido de uno de los guardias de seguridad al que había ayudado a cambiar una rueda, mientras intentaba no hacer saltar la alarma de incendios.

En cuanto sus ojos se posaron en mí, la dura expresión que llevaba en la cara se esfumó.

—Ay, amor, mírate. —Negó con la cabeza y se acercó corriendo con una amplia sonrisa—. Míralo, John. ¿No está guapísimo?

—Cariño, ya hemos hablado de esto —intentó intervenir John, pero ya estaba invadiendo mi espacio personal rodeándome bien fuerte con los brazos.

—Eh… —Sintiéndome violento, enseguida tiré la colilla por la ventana y le di unas palmaditas en la espalda, contando mentalmente de cinco a cero antes de escapar de su llave estranguladora—. Cuando dije que me vendría bien tu ayuda, no me refería a que condujeras hasta aquí para venir a verme.

—Perdone. —Uno de los celadores entró corriendo en la habitación, con la cara roja—. Todas las visitas tienen que presentarse en recepción. Y, como ya le he dicho antes, señora, está prohibido que los pacientes reciban visitas en su cuarto.

—Eh, no se altere, detective inspector —dijo Edel con sarcasmo, pidiéndole que se retirara con un gesto de muñeca—. ¿Acaso tengo pinta de llevar algo de contrabando en el trasero?

—Edel —dijo John, cansado.

—Bueno. —Devolviéndome su atención, levantó una mano para retirarme el pelo de la cara y sonrió—. Vamos, amor.

—¿Adónde?

—A solucionar este lío.

—Como bien sabe, mi marido y yo tenemos la tutela de los hijos de los Lynch —declaró Edel un poco después, mientras caminaba por la sala de visitas y John la miraba desde su sitio en el sillón de cuero con su habitual expresión risueña.

Sentado a su lado estaba un Darren que parecía agobiado—.

Si Joey tuviera menos de dieciocho años, también estaría legalmente bajo nuestro cuidado.

—Se giró para mirar a la doctora B—. Sin embargo, considero la edad solo un número, doctora.

El chico está con nosotros. Tiene un hogar con nuestra familia, con su familia, para el resto de su vida.

Si le preocupa su capacidad para apañárselas después del tratamiento, quédese tranquila, porque tendrá todo el apoyo del mundo al alcance de la mano.

—Su hermano ha expresado su preocupación sobre las presiones a las que cree que Joey se verá sometido en cuanto salga.

—Mi hermano es un cretino —dije con desdén, fulminando con la mirada a mi enemigo número uno en la otra punta de la sala.

Darren suspiró con fuerza.

—Joey.

—¿Qué? —Me encogí de hombros sin pedir disculpas—. Lo eres.

—No estoy haciendo nada de esto para hacerte daño —se defendió mi hermano enseguida—. Estoy tratando de proteger tu sobriedad, Joe.

—No eres tú quien tiene que protegerla —espeté—, sino yo, Darren. Mantenerme limpio es mi responsabilidad. Cuidar de mí mismo es mi puñetera responsabilidad, no la tuya, y no te ofendas, pero lo he estado haciendo ya mucho tiempo sin ti.

—Sí —masculló, frotándose la mandíbula—, y mira adónde te han llevado tus propios medios.

Entrecerré los ojos, asqueado.

—Menos mal que me he reformado, porque ese comentario malicioso se merece una bofetada en la boca.

—Vale, venga —intervino la doctora B—, tomémonos un respiro, ¿eh?

—Si quiere venir con nosotros a casa, no entiendo por qué se lo va a impedir, ni cómo, en realidad —terció Edel, calentándose.

Todo el mundo se puso hablar en ese momento.

Los médicos.

Los terapeutas.

Los trabajadores sociales.

La rubia intimidante.

Mi hermano.

—Lo único que estoy intentando hacer es protegerlo —exclamó Darren, echando las manos al aire, derrotado—. Eso es todo.

—Nadie está cuestionando tus intenciones, Darren.

—Yo sí. —Hice un gesto con la mano levantada—. Sí que cuestiono sus intenciones.

—A Darren le preocupa que, al no tener unos estudios en los que centrarse, Joey vuelva a sus viejas costumbres —comentó otro miembro de mi equipo, girándose hacia los Kavanagh—.

También le preocupa que Aoife pertenezca al mismo círculo de amistades a las que Joey estaba expuesto cuando abusaba de sustancias.

—Bueno, eso no me lo creo ni por asomo —se apresuró Edel a decir—. Y, si conocieran a la chica, estarían totalmente de acuerdo conmigo.

—Nunca ha sido parte del problema —repetí por millonésima vez—. Nunca ha estado en el ambiente de las drogas. Ya se lo he contado.

—Por no mencionar la presión de un bebé recién nacido —metió baza Greg, mi orientador chaquetero—. Es mucha carga sobre los hombros.

—¿Y qué hay de los hombros de ella? —exclamé, fulminándolo con la mirada—. ¿Qué hay de los putos hombros de Aoife? Ella es la que está en casa teniendo que hacer frente a todo eso sola. ¿Has pensado en eso?

—Nuestro trabajo es considerar tu bienestar.

—¡Y mi trabajo es considerar el de ella!

—Aoife tiene a su familia para que cuiden de ella, Joey —oí a Darren decir—. ¿Por qué no dejas a la tuya que cuide de ti?

—¡Porque ella es mi familia, Darren! —rugí, perdiendo el control—. ¿Cómo es que no lo pillas? Eres un tipo listo. Joder, tienes una buena educación y un reluciente título universitario a tus espaldas, así que ¿cómo puedes ser tan corto de entendederas, joder?

—Joe…

—¿Cómo no ves que está mal lo que estás haciendo?

—Joey, por favor, cálmate.

Y una mierda me iba a calmar.

—Sabes que sin ella estoy muerto, ¿verdad? —declaré con voz ronca—. Toda esta conversación no existiría porque no estaría aquí para discutir contigo si no fuera por Aoife Molloy.

—¡Madre mía! —Mi hermano puso una mueca de dolor como si mis palabras le hubieran causado daño físico—. No digas eso, Joe.

—Es la verdad, Dar —repliqué—. No habría llegado a los dieciocho años sin ella.

Joder, probablemente no habría cumplido ni quince.

Tú no estabas allí. No lo viste. Era un trozo de mierda.

Sinceramente. Me trataba fatal a mí. A ella.

Mi comportamiento hacia ella fue horrible.

Fui posiblemente la peor versión de mí mismo.

Y, aun así, ella permaneció a mi lado. Vio algo en mí que merecía la pena salvar y decidió quererme de todos modos, y yo se lo agradezco que te cagas.

—Negué con la cabeza—. Jamás entenderás lo mucho que le debo a esa chica.

¡Lo mucho que adoro el puto suelo que pisa!

—Sé que la quieres —dijo con dolor—. Lo veo, pero me da muchísimo miedo.

—¿Por qué?

—Porque… —Se calló de pronto y negó con la cabeza.

—Dilo —insistí, sabiendo lo que tenía en la punta de la lengua—.

Diles lo mucho que te recuerdo a él. Igual que él se lo recordaba a mamá.

¿Sabes? Si me lo hubieras dicho hace tres meses, me habría derrumbado —le soltó—, pero ya no, porque puede que no sepa quién soy, Darren, pero ¡te juro por Dios que sé quién no soy!

—No, no es eso —intentó llevarme a las suyas—, no eres tú solo.

Sois los dos como pareja. Cuando salgas de aquí, no tendrás trabajo, ni el instituto, ni el hurling, ni nada en lo que centrarte excepto ella.

Para mí, eso apesta a toxicidad. Me da muchísimo miedo, Joey, porque ambos hemos visto lo que pasa cuando unos adolescentes obsesionados el uno por el otro se arrejuntan y juegan a las casitas.

Lo hemos vivido, Joey, y no quiero eso para ti.

No quiero que tú y Aoife os convirtáis en una segunda generación de ellos.

—¡La Virgen!

—Mira, a lo mejor estoy proyectando mi propio trauma en tu relación, Joe, pero me da muchísimo miedo, joder. Me da miedo quedarme sentado viendo cómo sigues los pasos de mamá y papá. Es el único motivo por el que mamá y yo intentamos impedirlo.

—¿Intentasteis impedir nuestra relación?

Cuando no contestó, se me heló la sangre.

—El embarazo.

—Fue al principio. —Se le puso la cara roja—. Al comienzo.

Claro que sí.

—¿Intentasteis que no existiera mi bebé? —dije con los dientes apretados—. ¿Es eso lo que estás diciendo? ¿Que mamá y tú tratasteis de convencer a Aoife para que se deshiciera de mi bebé?

—Vale, creo que deberíamos hacer una breve pausa.

—Y yo creo que él debería responder a la puta pregunta —espeté, ignorando los intentos de mi trabajadora social de calmar la situación—. ¿Qué le hicisteis mamá y tú a mi novia, Darren?

—No le hicimos nada a tu novia —explicó con un suspiro cansado—. Le ofrecí una alternativa.

—¿Te estás refiriendo a pagarle un aborto? —Cuando no contestó, solté una carcajada sin que me hiciera gracia—. No me lo puedo creer, joder.

—Joey, por favor, cálmate.

—Y la gente se pregunta por qué soy drogadicto. —Negué con la cabeza y miré a mi alrededor—. Echad un puto vistazo, gente. Esto es lo que he tenido que soportar. ¡Mi propia madre y mi hermano intentaron hacerme eso!

—Estaba intentando ayudarte —intentó explicarse Darren—. Eres demasiado joven para ser padre.

—¡Siempre he sido padre! —rugí, con el pecho agitado—.

Y he hecho un puto buen trabajo con los cuatro a los que he criado.

¡Y sí, soy un desastre, y sí, soy un adicto, pero soy un buen padre!

Soy un buen puto padre, Darren. Los mantuve vivos.

Los alimenté, los quise, los cuidé y los eduqué, joder.

Fui yo el que lo hizo. No tú. Ni él. Ni mamá.

¡Yo! ¡Así que llámame yonqui y lo que sea que me llames más, pero no me digas que soy demasiado joven para ser padre!

—No me refería a eso —replicó—. Me refiero a que no quiero que cargues con…

—¡Yo quiero a mi bebé, Darren!

Se podía oír el vuelo de una mosca en la sala.

Reinaba un extraño e inquietante silencio.

—¿Ah, sí? —dijo Darren, y eso lo rompió.

—Pues claro que sí —confirmé, furioso—. ¿Cómo os atrevisteis mamá y tú a intentar arrebatármelo?