129. Madres de acogida
MADRES DE ACOGIDA
Joey
Ridículamente nervioso, marqué el número en el papel que tenía en la mano y escuché mientras sonaba.
Ring.
Ring.
Ring.
Ring.
—¿Hola? —El sonido de su fuerte acento dublinés se hizo por un instante raro a mis oídos. Al fin y al cabo, hacía tiempo que no la oía.
—¿Edel? —Me aclaré la garganta—. Soy…, eh… Soy Joey Lynch.
—¡Joey! —chilló (y la verdad es que chilló literalmente al otro lado de la línea)—.
Ay, amor, cuánto me alegra oír tu voz. ¿Cómo te encuentras?
¿Estás bien? ¿Estás comiendo? ¿Te tratan bien?
¿Cómo va la desintoxicación? Bueno, tú no te preocupes por nada de aquí.
Los chicos y Shannon se encuentran en buenas manos.
¿Cómo vas de calzoncillos, cariño? ¿Tienes suficientes?
¿Y calcetines? Envié más chándales, pero, si te hacen falta más, puedo…
—Estoy genial —me apresuré a decir, impidiendo que continuara con su divagación—. Estoy…, eh…, mejor que genial, de hecho.
—Ah, amor, esa es la mejor noticia que he oído en todo el año. —Su tono estaba cargado de afecto y emoción—. John y yo nunca lo dudamos ni un segundo.
Por un momento, su respuesta me desconcertó y tuve que recomponerme antes de poder hablar.
—Es que…, eh…, por fin puedo llamar por teléfono y…, eh…, quería llamar para ver cómo estabais.
—Bueno, pues me alegra oír tu voz —contestó—. Suenas muy bien, cariño.
—Sí. —Sintiéndome como un tonto, me apoyé en el teléfono colgado en la pared de la sala de día y cerré con fuerza los ojos, cuestionándome durante toda la conversación—. Tengo la cabeza más despejada ahora.
—Bueno, John y yo tenemos una gran sorpresa para ti cuando vuelvas a casa la semana que viene.
—Eso es de lo que quería hablaros.
—Joey —dijo con la voz cargada de preocupación—. Vas a vivir con nosotros, y punto. No quiero oír ni una palabra de protesta, y, si piensas en irte solo, te advierto ya que tengo el olfato de un sabueso. Tú pregúntaselo a Johnny y Gerard. Te seguiré el rastro y te traeré a casa.
—No, eso no es lo que… —Hice una pausa mientras me pellizcaba el puente de la nariz, esforzándome por decir lo correcto—.
No estoy pensando en irme por mi cuenta, al menos por ahora.
—No me lo podía permitir, aunque quisiera—.
Agradezco el techo sobre la cabeza que me ofreces —añadí, mordiéndome el labio—.
No quiero separarme de ellos. —«De los niños».
—No tendrás que separarte nunca de ellos —me tranquilizó al otro lado de la línea—. En cuanto llegues a casa, amor, te quedarás en casa. Con tu familia.
—Ese es el problema. —Me mordí el nudillo cuando irrumpió la furia en mí—. Darren habló con mi equipo médico a mis espaldas.
—¿Darren? —oí la sorpresa en su voz—. ¿Qué les dijo, amor?
—Estuvo hablando de mi plan de tratamiento con ellos. Al parecer, está apuntado como mi persona de contacto. Por cierto, ¿podrías cambiar eso por mí? Porque se suponía que tenía que ser Aoife.
—Claro que puedo. Tiene sentido.
—Gracias. Bueno, pues estuvieron hablando y quieren que me quede más tiempo en el centro.
Se mantuvo callada un buen rato antes de preguntar:
—¿Y tú qué opinas, Joey, amor?
—¿Puedo hablarte con sinceridad?
—Siempre.
—Estoy ya listo para ir a casa, pero el hecho de que la doctora esté de acuerdo con Darren me ha hecho cuestionarme.
—¿En qué sentido?
—Nunca se ha equivocado conmigo hasta ahora. —Me mordí las uñas, nerviosísimo—. ¿Y si tiene razón? ¿Y si yo me equivoco? ¿Y si la cago?
—¿Cuánto tiempo quieren que te quedes?
—No lo sé, Edel —me obligué a decir—, pero no puedo quedarme. No puedo estar aquí más de lo que acordamos. Tengo que salir de aquí por Aoife. No la puedo dejar sola después de todo por lo que la he hecho pasar.
—¿Hay posibilidad de negociación? —sugirió—. ¿Qué tal dos semanas más de tratamiento? Aunque, si crees que estás preparado para venir a casa a las veintidós semanas como se planeó en un principio, entonces estás preparado. Tienes un instinto excelente, amor. No dejes que nadie te influya.
—Creo que los médicos esperaban que Darren me respaldara cuando vino a visitarme y, al no hacerlo, les saltaron las alarmas.
—¿Puedo hacer algo para ayudar? —preguntó—.
Bueno, no me metería nunca en tu vida privada, Joey, amor.
Eres un joven brillante y capaz, y respeto que no eres un niño.
Ese no es el tipo de relación que quiero que tengamos, pero, si necesitas que interceda por ti en cualquier momento, estoy dispuesta y lista para dar la cara por ti.
—¿Me respaldarías? —dije y luego soltó el aire de forma temblorosa antes de admitir—. Porque me vendría muy bien tu ayuda.