128. Llamadas entrantes
LLAMADAS ENTRANTES
Aoife
La llamada fue un domingo por la noche.
Era la llamada que llevaba esperando todo el verano.
Cuando el número desconocido apareció en mi pantalla, pensé en si debía contestar, pero algo en mi interior me decía que no lo ignorara.
Tirada en el sofá, como una morsa varada, llenándome la cara de uvas, cogí el móvil del suelo del salón y cliqué en Aceptar.
—¿Hola? —dije con un bostezo, bajando con el mando a distancia el volumen de la televisión, donde estaba viendo Scream , la vieja película con la que me sentía a gusto.
—Molloy.
Mi corazón.
Mi pobre corazón apuñalado en el pecho ante el sonido de su familiar timbre grave.
—¿Joe?
—Sí, nena, soy yo.
—¿Joe? —grité, contrayendo la cara por la emoción mientras intentaba levantarme del sillón, tirando el recipiente con uvas al suelo mientras tanto—. ¿De verdad eres tú?
—Soy yo de verdad —oí su voz al otro lado de la línea y tuve que sentarme otra vez porque las piernas me temblaban demasiado para mantenerme de pie.
—Ay, Dios mío. —Se abrieron las compuertas y estuve llorando a mares por el teléfono durante tres minutos antes de poder recomponerme—. Hola, semental.
—¿Cómo está mi reina?
—Echándote de menos —dije entre lágrimas—. ¿Cómo es que me llamas? ¿Estás en casa? Ay, Dios mío, por favor, dime que estás en Ballylaggin y de camino a mi casa.
—Pronto —me contestó—. Te lo prometo, nena. Volveré contigo pronto.
—Entonces ¿cómo es que me llamas?
—Por fin me he ganado llamar por teléfono —me explicó—, así que espera un montón de llamadas.
—¿Desde dónde me llamas?
—Hay un teléfono para todos en la sala de día.
—Me sorprende que te acuerdes de mi número.
—¿Estás de coña? Memoricé tu teléfono a los doce años.
—No sabes cuánto me alegro de oírte la voz —le dije riéndome entre lágrimas—. Dios, Joe, estoy temblando tanto que apenas puedo aguantar el teléfono junto a la oreja.
—Conozco esa sensación —le oí decir—. Siento haber tardado tanto en llamarte. Lo he intentado desde el día que me marché, te lo prometo. Es que… —suspiró con fuerza por la línea—. Aquí tienen un montón de reglas y no conseguí esquivar a nadie.
—Entonces ¿te va bien? —me atreví a preguntar, y luego me puse tensa—. ¿Te estás manteniendo limpio?
—Sesenta y dos días llevo ya —respondió, sonando más estable que nunca—. Hasta me han dado esa chapa rara dorada por llegar a los dos meses.
—¿Ah, sí? —Sorbiéndome la nariz, cerré los ojos y me hundí en el sillón—. Estoy muy orgullosa de ti.
—Bueno, ¿y tú qué tal?
—Ah, ya sabes —contesté con un suspiro, dando golpecitos con los pies con entusiasmo mientras fingía aburrimiento—. El gilipollas con el que salía me abandonó, así que estoy bastante jodida por eso.
—Qué capullo.
—Sí —asentí—. Además, resulta que voy a tener un hijo suyo.
—No me jodas.
—No te jodo.
—¿Y el capullo te ha dejado?
—Sí. —Fingí otro suspiro—. Es que es un drogadicto que te cagas.
—He oído que los drogadictos son los peores novios.
—Y que lo digas.
—¿Tiene al menos una buena polla?
—Sin duda tiene energía de polla grande.
—Vale, ni siquiera voy a hacer como que sé lo que significa eso.
Sorbiéndome la nariz, solté una carcajada de dolor.
—Sigue hablando. Necesito oír tu voz.
—Aoife. —Hubo una pausa y luego salió una avalancha de palabras—.
Dios, Aoife, lo siento mucho, nena. Por todo.
Por dejarte. Por la carta. Joder, no puedo expresar con palabras lo mal que me siento por todo por lo que te he hecho pasar los últimos meses.
Cuando llegué aquí, no era yo mismo. La verdad es que llevo sin ser yo mismo mucho tiempo.
No estoy seguro de si alguna vez conociste al que soy de verdad o si te gustará, pero lo estoy intentando.
Me estoy esforzando mucho por volver contigo…
—Ya me encanta —solté—. Me gustas de todas las formas, ¿recuerdas?
—No tienes ni idea de lo mucho que significa para mí oírte decir eso.
—¿El qué? ¿Que te quiero?
Le oí sorberse la nariz antes de decir:
—Sí.
—Bueno, te quiero, Joey Lynch —dije con la voz ronca, secándome la mejilla con la mano libre—. Y, por lo visto, no puedo dejar de hacerlo.
—Gracias por eso, joder —respondió—, porque al parecer yo tampoco puedo dejar de quererte, Aoife Molloy.
—Joe, estoy tan… ¡Uf!
Inhalé con fuerza.
—¿Qué pasa? —quiso saber, poniéndose al instante alerta.
—Nada. El bebé me ha estado dando unas patadas muy fuertes estos días.
Se quedó callado durante un momento, sin duda asimilando mis palabras, antes de preguntar:
—¿Cómo está mi bebé?
—Creciendo por minutos —dije medio riéndome y medio llorando mientras me acariciaba la barriga—. Deberías verme ahora, Joe. Soy como una ballena varada.
—Ojalá estuviera allí contigo —admitió en voz baja—. Lo siento muchísimo por dejarte sola en esto, Molloy. Jamás sabrás cuánto.
—Tú ven a casa —susurré, sintiendo que me recorría un escalofrío—. Ponte bien y vuelve a casa con nosotros.
—Eso estoy haciendo.
—Vaya.
—¿Vaya qué?
—Has dicho «Eso estoy haciendo». —Cerré los ojos mientras una ola de esperanza me inundaba el corazón—. Y no «Eso haré». —Sorbiéndome la nariz, añadí—: No sabes cuánto tiempo llevo esperando que digas esas palabras.
—Ya era hora, ¿eh?
—Con un poco de retraso.
—Eso es decirlo de forma suave.
—Joe. —No pude evitar sonreír mientras me empapaba de cada segundo de tener su voz al otro lado de la línea—. No puedo creer que por fin estemos hablando.
—Ya —dijo con la voz emocionada—. Así que, vamos, reina, háblame. Cuéntame que está pasando por casa. Suéltame todos tus cotilleos.
—Ah, ¿ahora quieres cotillear?
—El corazón quiere lo que quiere, Molloy.
—Sí. —Me mordí el labio y sonreí—. Bueno, pues cotilleos. Hum… Al y Podge se van a Estados Unidos este verano.
—¿No me jodas?
—No te jodo. —Solté una carcajada—. Se las apañaron para ir como estudiantes de intercambio.
—¿Y qué van a hacer allí?
—Van a cuidar niños.
—¿Estás de coña?
—Te juro que es verdad.
—Dios —se rio porque le hacía gracia, pero a la vez sonaba horrorizado—. No deberían dejarlos ni siquiera al cargo de una bandeja de huevos.
—Oye, yo pienso lo mismo —le dije con una sonrisa—. Y Casey se va a Benidorm dos semanas con algunos de los de nuestra clase del instituto, así que ya puedes imaginarte la de aventuras pervertidas que tendrá allí.
—La verdad es que preferiría no hacerlo —contestó arrastrando las palabras—. Entonces ¿estás sola, reina?
—Sí —suspiré satisfecha—. Pero no está tan mal.
—¿No?
—No desde que has llamado.
—Aoife.
—Ay, Dios mío. ¡Por poco se me olvida contártelo! —exclamé y me di con la mano en la cabeza—. Maldito cerebro de bebé.
—¿Contarme qué?
—Me vino a visitar Paul.
Silencio.
—Tranquilo, Joe. —Su silencio decía mucho y puse los ojos en blanco—. Estoy embarazada de ocho meses. No vino a por mí.
—No me sorprendería nada de ese capullo.
—Bueno, pues ese capullo vino a darme una noticia de lo más increíble.
—¿Cuál?
Inspiré con fuerza antes de soltar:
—Shane Holland está en la cárcel.
Hubo otro largo silencio a continuación.
—¿Me has oído, Joe? —dije cuando no respondió—. La brigada antidroga lo pilló en una gran redada. Según el padre de Paul, le espera una buena condena.
—¿Puedes, eh…? —Le oí exhalar temblorosamente antes de añadir—: ¿Puedes repetirlo?
Sin dejarme nada, le conté palabra por palabra la conversación que había tenido con Paul en el Dinniman.
—Por supuesto, no estaba del todo segura de si me había dicho la verdad —añadí cuando terminé—, así que fisgoneé un poco por mi cuenta y es todo cierto, Joe. Ya no está.
—Joder.
—¿Cómo te sientes al oír eso?
—¿Cómo me siento?
—Sí. —Me encogí de hombros—. Bueno, sé que tenías ese vínculo extraño con Shane.
—Aoife, me siento como si el peso del mundo me lo hubieran quitado de los hombros —me interrumpió—. Temía tener que enfrentarme a él.
—Sí, ya sé a qué te refieres —dije—. Cada vez que me lo encontraba por la calle desde que te fuiste, me guiñaba el ojo o me miraba como un salido, o hacía un comentario sarcástico sobre que no podía esperar a que volviera a la ciudad su mejor cliente.
—No te amenazaría, ¿no?
—No, no, nada de eso —respondí con sinceridad—. Tan solo estaba siendo Shane. El mismo gilipollas de siempre.
—No puedo creerme que esté en la cárcel de verdad.
—Bueno, ahora tienes una cosa más en la que pensar cuando vuelvas a casa en tres semanas —le dije con una sonrisa—. Un Shane menos en Ballylaggin.
Más silencio.
Me inquietaba.
—¿Joe?
—Escúchame —dijo serio y con un tono de voz cargado de emoción—. No quiero que te preocupes por nada, ¿vale? Pero están hablando de dejarme aquí un poco más.
Me quedé echa una mierda.
—¿Cuánto más?
—No lo sé.
—¿Qué? —Se me atascó la respiración en la garganta—.
Pero se suponía que ibas a salir el 22 de agosto, ¿verdad?
Catorce semanas, Joe. Eso fue lo que dijeron.
Las primeras dos semanas para desintoxicarte y luego el plan de tratamiento de doce semanas.
Lo he estado marcando en el calendario. Eso fue lo que dijeron.
—Lo sé, nena —gimió, sonando dolido—. Pero Darren ha estado metiendo mierda donde no tendría que hacerlo y, por lo visto, no puedo firmar mi alta. Me la tienen que dar ellos, y la doctora que lleva mi tratamiento cree que quedarme más tiempo sería una buena idea.
—Pero, si te quedas, significa que no llegarás a casa a tiempo de…
—Estaré en casa antes de que tengas el bebé —me interrumpió—. Estaré allí por ti.
—Joe —dije con esfuerzo, apretando el teléfono—. No puedo hacer esto sola.
—Y no tendrás que hacerlo —prometió—. Voy a ir a casa contigo, Molloy. Te lo juro.