127. Hola, hermano
HOLA, HERMANO
Joey
Uno de los primeros pasos de mi plan de tratamiento era hacer las paces y por eso sabía que jamás me bajaría de la escalera de recuperación por tres razones.
La primera, no iba a disculparme con nadie por sobrevivir.
La segunda, a la mierda.
La tercera, no sabía si podría librar una batalla que me habían dicho que duraría toda la vida.
Porque era un adicto.
Siempre sería un adicto.
No dejaría nunca de querer drogarme.
La posibilidad de luchar contra mis impulsos durante el resto de mi vida era deprimente.
Aun así, me desperté esa mañana y saqué el culo de la cama, terminé todas las tareas y me senté en la sala de las visitas, con un único propósito en la cabeza. Reunirme con Darren y conseguir que me dejaran hacer esa deseada llamada.
La doctora B convenció a todo el equipo terapéutico de que una reconciliación entre Darren y yo sería muy beneficiosa para mi recuperación.
En mi humilde opinión, lo consideraba la peor forma de chantaje emocional, como si me colgara delante la promesa de una llamada a mi novia como una zanahoria. Pero, oye, yo qué coño sabía.
Yo no era el que tenía un título guay.
Yo era el adicto fracasado que dependía de esa gente para curarse y volver al mundo.
Pero, maldita sea, odiaba que tuviera que ser Darren. Habría preferido que cualquier otra persona hubiese cruzado la puerta de la sala de visitas, y no era una exageración. Joder, habría preferido incluso que hubiera sido Gussie. Al menos él me habría pasado unos cigarrillos.
Me bajé las mangas de la sudadera gris hasta las muñecas para taparme las cicatrices y las marcas en las venas. Dios, parecía que había pasado una eternidad, pero sabía que estaba a tan solo un desliz de volver a ese mundo.
No podía pasar.
Ahora que tenía la cabeza despejada, sabía que no podía volver atrás jamás.
Ni siquiera a fumar hierba.
Era demasiado arriesgado.
Sin embargo, las ganas seguían ahí, burbujeando bajo la superficie, y yo estaba asumiendo el hecho de que nunca me desaparecerían del todo. Siempre desearía los opiáceos. Siempre desearía la heroína.
De algún modo jodido, estaba comenzando a estar en paz con eso.
Cuando la doctora B por fin entró en la sala con mi hermano a la zaga, noté que los muros que había intentado bajar volvían a subir a una gran velocidad.
—Joey —me saludó Darren, con los ojos llenos de lágrimas, en medio de la sala con un montón de flores en las manos—. Me alegro de verte, hermano.
—Darren. —Me levanté y lo saludé con un gesto breve de la cabeza—. Por favor, dime que eso no es para mí.
Bajó la vista a las flores en la mano y soltó una carcajada mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
—No quería presentarme con las manos vacías.
—Ojalá lo hubieras hecho —respondí con sarcasmo—. Vas a arruinarme la reputación aquí dentro.
—Bah —se rio y salvó el espacio entre nosotros—. Tienes demasiada mala fama.
Cuando tiró de mí para darme un abrazo, me obligué a no apartarlo y le di unas palmaditas en la espalda. Fue lo mejor que pude hacer.
Era un avance.
—Vamos a sentarnos para empezar, ¿vale? —sugirió la doctora B, llevando a mi hermano a un sofá de cuero grande. Por instinto, me senté en el de enfrente.
—No tienes ni idea de lo contento que me puse al recibir la llamada —inició la conversación Darren—. Cuando llegué a casa del trabajo y Alex me dijo que tu doctora había llamado y que te podía venir a visitar…
—Espera —lo interrumpí, recostándome en el sofá y cruzando los brazos sobre el pecho—. Has vuelto a Belfast.
Asintió con la cabeza.
—¿Desde cuándo estás allí?
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a cuánto tardaste en dejar a los niños. —Arqueé una ceja—. ¿Cuánto tardaste en volver a tu vida de verdad?
—Joey.
—Eh, no te juzgo. —Me encogí de hombros—. Mira dónde estoy sentado, Dar. No estoy en posición de tirar piedras.
—Están en buenas manos con John y Edel.
Sí, no lo dudaba, pero aun así me cabreaba que los hubiese dejado. Sobre todo, cuando tampoco me tenían a mí.
—Joey —intervino la doctora B—. Recuerda lo que hemos hablado de renunciar al control. No eres el padre de tus hermanos, ni tampoco Darren.
No respondí, porque quería poder hacer la maldita llamada, y las palabras explícitas que tenía en la punta de la lengua me habrían garantizado no poder hacerla.
Entonces la buena de la doctora y Darren se metieron en una profunda conversación.
Sobre mis problemas.
Sobre mi recuperación.
Sobre mi chapa de los sesenta días.
Sobre lo buen adicto en recuperación que era.
Sobre bla-puto-bla.
Salía y entraba de la conversación sin ningún tipo de interés.
Asentía cuando tocaba, sin importarme una mierda lo que Darren pensara de mí.
Mis sentimientos hacia él eran demasiado complicados para tratarlos en una sesión de terapia.
Se habían acumulado durante casi seis años y tardaría al menos la misma cantidad de tiempo en resolverlos.
Tan solo la mención de una estancia prolongada hizo que aguzara el oído y centrara la atención en la conversación.
—¡Qué coño…!
—Joey, cálmate, por favor. Es solo una sugerencia —empezó a decir la doctora, pero yo ya me había puesto de pie.
—No. —Negué con la cabeza y me puse a caminar por la sala—. No, no, no. Voy a salir en tres semanas. Ya he cumplido el tiempo que iba a estar.
—Joe, si el equipo médico cree que te irán bien un par de meses más, entonces tienes que escucharlos —trató de intervenir Darren, pero yo no iba a aguantarlo.
—No lo han sugerido ellos, gilipollas —repliqué—. Has sido tú.
—Porque creo que lo necesitas —declaró—. Creo que podría ser bueno para ti.
—Y yo creo que necesitas cerrar la puta boca —dije con desprecio—.
He hecho todo lo que me han pedido. Me he desintoxicado.
He seguido el tratamiento. He ido a la puta terapia de grupo.
He plantado las putas flores y he pintado la puta cerámica.
—Furioso, me giré para fulminar con la mirada a la doctora—.
Accedí a hacer dos semanas de desintoxicación y doce semanas de tratamiento. Ni un día más.
—En realidad, una vez que te inscribes voluntariamente bajo nuestros cuidados, la duración del tratamiento es según nuestro criterio.
—Y una mierda.
—Siéntate, Joe. Tú escúchanos, ¿vale? —volvió a intentar Darren hablar conmigo.
—No voy a quedarme aquí más de lo que acordé —advertí, negando con la cabeza mirándolos a ambos—.
Mi novia sale de cuentas en septiembre. ¡Ya sé que a vosotros dos os importa una mierda, pero ya me he perdido la mayor parte de su embarazo y, si creéis que voy a perderme también el nacimiento de mi hijo, estáis más locos que yo, joder!
—Esto es justo lo que le estaba diciendo por teléfono —le dijo Darren a la doctora—. No ve más allá de ella. Antepone las necesidades de esa chica, aunque no sea lo que él necesita.
—¿Perdona? —Le lancé una mirada asesina a mi hermano—. ¿Vosotros dos habéis estado hablando de mí?
—Es el protocolo tener una reunión informal semanal con la persona de contacto para hablar de tu tratamiento —me explicó la doctora B calmada—. Ya lo sabes.
—Salvo que él no es mi puto nada —espeté—. Creía que estaba poniendo al día a Edel y a John. Ellos son los que están pagando este sitio, ¿no?
—Hemos estado informando al señor y a la señora Kavanagh de tu progreso, pero ninguno de los dos son parientes tuyos, así que la información que les hemos dado ha sido limitada.
—¿Quién lo ha puesto a él como persona de contacto?
—Tú, Joe —respondió Darren con tranquilidad.
—No. —Negué con la cabeza—. No.
—Tú firmaste los formularios, Joe.
—Los formularios que tú rellenaste. Los que me hiciste firmar —repliqué con tono acusador—. No deberías haberlo hecho, Dar. Sabes que debería haberla puesto a ella —continué, levantando la voz—. Me quedan tres semanas y voy a salir de aquí. No me importa lo que diga ninguno de vosotros.
—Escucha, no hay nada grabado en piedra, ¿vale? —dijo mi hermano, intentando apaciguarme—. Lo único que estoy diciendo es que creo que sería mejor para ti quedarte unos cuantos meses más.
—¿Y perderme el nacimiento de mi hijo?
—Por favor, considera lo que estoy diciendo —intentó convencerme—.
Piensa en la presión que sería para ti ese tipo de ambiente.
Estás superándolo, Joe. Mira todo por lo que has pasado este año.
Aoife lo entenderá. ¿Y el bebé? El bebé ni siquiera lo sabrá.
Bueno, los padres en Irlanda ni siquiera asistían a los nacimientos hasta…
—Vale, tienes que marcharte.
—Joey, vamos.
—No, tienes que quitarte de mi puta vista antes de que se me vaya la olla —dije, alzando una mano como advertencia cuando se movió hacia mí—. Ya, Darren.
—Creo que será lo mejor —coincidió la doctora B cuando la miró en busca de ayuda.
—Joe, por favor…
Cuando intentó hablarme de nuevo, le di la espalda y me dirigí a la ventana, negándome en redondo a interactuar con él. Hasta que mi hermano no salió de la sala no dejé de apretar los puños contra el alféizar de la ventana.
—¿Cómo te sientes después de eso, Joey? —preguntó la doctora B, volviendo a su lugar en el sillón.
—Con ganas de atravesar la pared con el puño —solté.
—¿Y?
—Y de atravesar la cabeza de mi hermano.
—Dime una cosa —continuó—. Cuando te han puesto contra las cuerdas ahora mismo, ¿qué fue en lo primero que pensaste? ¿Tu inclinación inmediata?
—Mi inclinación inmediata fue atravesarle a mi hermano la cabeza con el puño —repetí con un tono monótono—. Y atravesar la pared. Pero su cabeza más.
La doctora sonrió.
—Entonces has aprobado.
—¿Qué?
Amplió su sonrisa.
—Estabas en una confrontación con la persona que te provoca como pocos pueden hacerlo y tu deseo inminente no ha sido drogarte.
—Quería hacerle daño físico —dije, con el ceño fruncido por la confusión—. ¿Cómo va a ser eso que he aprobado nada?
—¿Le has hecho daño?
—En mi cabeza.
—En tu cabeza es aceptable. —Se encogió de hombros—. Felicidades, Joey. Te has ganado una llamada.