126. Caído del cielo
CAÍDO DEL CIELO
Aoife
Estaba a mitad de mi turno en el trabajo, abrasándome con el calor de principios de agosto, con la sensación de tener pezuñas por pies, cuando mi jefe me hizo parar en seco.
—Aoife —dijo, cogiéndome de las manos la bandeja que intentaba llevar a la cocina—. ¿Cómo estás, cariño?
—Bien —respondí, poniéndome suspicaz al instante—. ¿Cómo estás tú, Garry?
—Para serte sincero, estoy un poco preocupado por ti, cariño.
—¿Por qué?
—Bueno… —Colorado, me señaló la barriga y se encogió de hombros—. Estaba pensando que es hora de considerar relajarse, tesoro. Pareces agotada. Muerta de cansancio.
«¡Ja!».
Ni de puta coña iba a deshacerse de mí con tanta facilidad. Si me marchaba antes, podía jorobarme la baja por maternidad y tal vez luego no me volvería a contratar. Tenía mucho que perder. Tenía que criar a un bebé, maldita sea.
—No salgo de cuentas hasta dentro de ocho semanas —le recordé— y no tengo pensado empezar la baja por maternidad hasta dentro de seis semanas, Garry. Ya lo sabes. Así lo acordamos.
—Sé lo que acordamos, pero ¿no estás cansada, cariño?
«Estoy más que cansada».
—Me alegra trabajar.
—No quiero que sigas llevando de la cocina a las mesas bandejas pesadas.
—Pues ponme detrás de la barra —sugerí— o fregando platos en la cocina. Lo que sea. Me da igual. Pero tengo que trabajar, Gar. Necesito el dinero.
—Y trabajas muy bien —intentó engatusarme—. Tenemos suerte de contar contigo.
—Pues déjame volver al trabajo —dije, cogiéndole la bandeja y pasándole de largo—, porque me quedan seis semanas más y tengo pensado presentarme en cada turno que me toque.
—¡Qué enorme estás! —me soltó Paul cuando fui a tomarle la comanda al cabo de un rato.
Estaba sentado solo en una mesa grande y eso me cabreaba muchísimo porque podría haberse puesto en la barra para dejar espacio para grupos mayores—.
Dios, he visto mujeres que han tenido trillizos con barrigas más pequeñas.
—Hola a ti también, Paul —dije con voz cansina, sin tomarme ni una palabra a pecho. No cuando era verdad. Tenía una barriga enorme. Había oído todo tipo de bromas, comentarios sarcásticos y exclamaciones.
El bebé era tan grande que me habían hecho cuatro pruebas de diabetes gestacional y todas las veces los resultados eran negativos. Por lo visto, iba a tener un bebé que sería luchador de sumo.
Incluso mi madre me había advertido que no comprara nada de la talla de recién nacido y me aconsejó que de cero a tres meses era mejor para el pequeño gigante.
Sí, eso no me aterrorizaba nada.
—¿Qué te pongo? —pregunté, pasando la página de mi bloc y sacándome un lápiz de detrás de la oreja—. El especial de hoy es sopa de marisco y cordero asado con salsa de menta hecha por el chef.
—La verdad es que quería hablar —dijo, levantando la mano para rascarse la nuca mientras me miraba la barriga, nervioso—. Contigo.
—Lo siento, pero hoy no tenemos en el menú una conversación conmigo —respondí—. Ni tampoco perdón.
—Entonces tomaré el cordero asado —contestó, encogiéndose de hombros, incómodo—. Y una pinta de Guinness.
—Muy bien.
Cerré el bloc de notas, giré sobre mis talones y volví a la cocina con su pedido antes de ir a la barra para servirle una pinta del líquido negro.
Cuando regresé al cabo de unos minutos con su pedido y lo dejé delante de él, mi ex hizo lo impensable y me agarró la muñeca.
—Dos minutos —dijo con un tono de urgencia—. Solo dos minutos de tu tiempo. Es lo único que pido.
—¿Por qué debería darte ni siquiera un segundo? —repliqué, soltándome la mano—. Tienes mucha suerte de que necesite este trabajo, porque en otras circunstancias te habría echado encima esa pinta.
—Lo sé —dijo, levantando las manos—. Y me lo merecería al cien por cien. Pero me voy a la universidad en un par de semanas, y no podía marcharme sin al menos intentar hacer las paces.
Arqueé una ceja.
—¿Quieres hacer las paces?
—Quiero pedirte disculpas —contestó—, por lo que te hice. Por decirle a toda la clase que estabas embarazada. Me porté como el culo.
—Sí —afirmé inexpresiva—, así es.
—He pasado mucho tiempo pensando en mi comportamiento —añadió—, en cómo te traté cuando estábamos juntos.
—No entiendo por qué tienes que sacar ahora esto, Paul —me apresuré a decir—. El instituto ha terminado. Te vas a la universidad a empezar una vida nueva. Yo estoy a punto de tener un bebé con tu archienemigo. Dejémoslo así, ¿vale?
—Por eso precisamente tenemos que hablar —dijo—. Por favor, Aoife, dame cinco minutos de tu tiempo.
—Antes eran dos minutos —protesté, sentándome enfrente de él—. Ahora me dices cinco. Te doy tres y medio.
—Gracias. —Con un suspiro de alivio, me sonrió—. En serio, gracias.
Seguí impertérrita, apoyé las manos en mi barriga y esperé a que fuera al grano.
—Fui un novio de mierda contigo —empezó diciendo—.
No te presté suficiente atención. Nunca te pregunté qué querías hacer.
Antepuse mis necesidades, mis sentimientos y mis deseos a los tuyos.
Iba follando por ahí a tus espaldas siempre y luego se me iba la olla cuando recibía una dosis de mi propia medicina.
—Paul, eso ha quedado en el pasado.
—Sí, ya —asintió—, pero no cambia el hecho de que me sienta fatal por cómo terminó. En especial al revelar tu embarazo. Y después —continuó—, cuando se supo por todo lo que estaba pasando Lynchy en casa. —Negó con la cabeza—. Y luego el incendio. —Exhaló con fuerza—. Nunca me he sentido más mierda.
—Sí.
—Intenté hablar contigo en el instituto después del funeral —me recordó—, para disculparme. Pero estabas cerrada en banda.
—Tenía muchas cosas en la cabeza.
—Lo sé —aceptó—. Es que… Me siento muy mal por todo, Aoife.
—Oye, no es que yo fuera un ángel —contesté—. Estabas paranoico con mi amistad con Joey, y tenías motivos. Puede que no lo lleváramos a lo físico, pero diste en el clavo al decir que mantenía una aventura emocional con él.
—Pero mucho de eso era porque él te dio todo lo que yo no te di.
Yo te di regalos. Él te dio su presencia —dijo, tranquilo—.
Por aquel entonces no entendía por qué eras tan insistente en ser su amiga.
Creía que tener novia tenía que ver con lo material, pero entonces te veía yendo con él, que no parecía tener nada que ofrecerte y aun así se las apañaba para darte todo lo que querías.
Me encogí de hombros, impotente.
—¿A qué viene este cambio?
—Porque no quiero irme a la universidad y empezar una nueva vida sin estar en paz con la antigua —explicó—. Y, lo quieras oír o no, tú fuiste una gran parte de mi antigua vida durante mucho tiempo.
—Vale. —Me recosté, un tanto confundida, y dije—: Una pregunta rápida.
—Dispara.
—Bella Wilkinson. —Negué con la cabeza—. Chaval, ¿en qué estabas pensando?
—¿Te lo cuento todo?
—Adelante.
—Había estado con ella más de una vez. —Se le pusieron rojas las mejillas—. Cuando éramos pareja.
—Vaya mierda —gruñí, dándome unas palmaditas en la barriga—. Bueno, me alegro de haberle pateado el culo.
—Creía que te tirabas a Lynchy a mis espaldas y que por eso te negabas a acostarte conmigo, así que iba a saco con casi todas las chicas que me miraban de reojo.
—No me tiraba a Joey —le dije—. No pasó nada físico con Joe hasta aquel beso en quinto. —Entrecerré los ojos—. Cuando Billy y tú lo engañasteis antes de que lo arrestaran.
Puso una mueca de dolor.
—Sí, ahora lo sé.
—Bueno, y hablando de tías locas. ¿Qué tal Danielle?
—¿Danielle? —se rio sin hacerle gracia—. Danielle fue para no pensar en ti. Cortamos poco después del examen de acceso a la universidad en junio. Lo último que supe era que se veía con el ex de Bella en Tommen.
—Sí, bueno. —Me encogí de hombros, evasiva—. Odio decirlo, pero probablemente esquivaste una bala con esa —resoplé y añadí—: Y es fuerte que te lo diga tu ex embarazada.
Se rio antes de decir:
—Escucha, quería hacer algo por ti antes de marcharme. Ayudarte de alguna manera.
—No tienes que hacer nada por mí, Paul.
—Sé que ahora estás sola, mientras Lynchy está desintoxicándose…
—Joe va a volver a casa —me apresuré a declarar y las manos se me movieron de forma protectora al vientre—. Se está poniendo mejor y regresará con su familia.
Mi ex se movió, incómodo.
—Siento si todavía es duro para ti oír que lo quiero, pero esa es la verdad y nunca me voy a dar por vencida con él.
—Sí —contestó con un fuerte suspiro—. Ya lo sé, y por eso lo he hecho.
—¿El qué? —Me senté derecha, observándole con recelo—. ¿Qué has hecho?
—Supongo que no has leído el periódico de hoy.
—No. —Apoyé los codos en la mesa y me incliné hacia delante—. ¿Por qué?
—Anoche hubo una gran redada antidroga en Ballylaggin. —Me estalló la cabeza al oírlo—. Según mi padre, hacía ya tiempo que iban detrás de los hermanos Holland.
Abrí mucho los ojos.
—¿Va en serio?
Paul asintió.
—Se lo llevan a Portlaoise hasta la sentencia.
—¿A Shane?
—Y a otros —me confirmó—. Según mi padre, ya habían arrestado a Shane por agresión sexual, daños físicos graves y varios cargos sin respuesta. Mi padre cree que el juez será duro con él. Tendrá suerte si no celebra los treinta años en la cárcel.
—Eso son seis años. —Noté cómo el cuerpo se me relajaba por la oleada de alivio instantáneo—. ¿Me estás diciendo que no volverá en seis años?
—Más si el fiscal general se sale con la suya.
—Dios santo. —Solté el aire de forma entrecortada y me agarré el pecho—. ¿Cómo ha pasado esto?
Paul se encogió de hombros.
—Alguien le dio el soplo a la brigada antidrogas de un envío de coca con un valor en la calle de seis de los grandes.
—¿Qué? —Me quedé boquiabierta cuando fui consciente de todo lo que no estaba diciendo—. ¿Cómo iba a saber alguien esa información?
—A lo mejor alguien tiene amigos en los lugares adecuados —respondió, alargando la mano por la mesa para ponerla encima de la mía—. A lo mejor, antes de pasar página, alguien quería asegurarse de que su primer amor tuviera una oportunidad con el primer amor de ella.