125. Avances y súplicas
AVANCES Y SÚPLICAS
Joey
—Vamos, Joey —dijo la buena de la doctora, sentada enfrente de mí, en mi celda personal.
Sí, habíamos pasado de Joseph a Joey y de doctora Bianca Rushton a doctora B o simplemente Bianca—.
Nos quedan otros cuarenta y cinco minutos de nuestra sesión diaria.
Estás expresando muy bien tus sentimientos. No te calles ahora.
¡Dios, era un demonio de mujer!
Despiadada en lo que fuera que estuviese buscando.
Compadecía a su marido.
«Pobre cabrón».
—Ya te lo he dicho —dije recostándome en mi asiento y cruzando los brazos sobre el pecho—. Me sacarías más si pudiera hacer una llamada de teléfono.
Sonriendo, se recostó ella también en la silla, imitando mi postura.
—Para llamar a Aoife.
—Claro.
—¿Y decirle qué?
—¿Qué tal que lo siento muchísimo por haberla dejado colgada, para empezar? —solté—. Y de paso podría preguntarle por mi bebé. Ya sabes, lo normal.
—¿Podríamos tomar un poco de distancia y considerar la posibilidad de que Aoife esté muy orgullosa de que completes el programa de tratamiento?
—Sería mucho más fácil creerlo si me dejaras hablar con ella.
—Ya conoces las reglas, Joey. Este programa es para ti.
Para que te centres en ti mismo y se produzca un cambio.
No es para tus hermanos, ni para tu novia, ni para nadie más.
Sé que es una sensación extraña para ti anteponerte a los demás, pero este tiempo alejado del mundo exterior es necesario para tu recuperación.
—Como si tú supieras una mierda.
—Baja el arma, Joey —respondió con una sonrisa—. Se acabó la guerra.
—Sí, bueno, llevo en esta guerra tanto tiempo que no sé cómo apartar el dedo del gatillo —mascullé, crujiendo los nudillos—. Joder, quizá esté loco. Quizá sea mejor que no hable con ella. Ya la he hecho pasar por el aro.
—¿Qué te hace pensar que estás «loco»?
—Jo, pues no lo sé —contesté alargando las palabras con sarcasmo—. ¿Qué hay de que oigo la voz de mi padre muerto en mi cabeza, así como la de mi madre?
—El trauma se revela de muchos tipos y formas.
—Sí, bueno, en mi cabeza, estoy en guerra y no puedo ganar. En guerra con unas personas que ya no pueden hacerme daño y aun así me lo siguen haciendo. Así que me parece que esto va más allá del trauma, Bianca.
—Bien, Joey —me sorprendió al decir—. Eso está muy bien. Sigue hablando.
Decidí que no tenía nada que perder y le di lo que quería.
Todas las ideas y todos los pensamientos jodidos de mi cabeza.
No sabía si algo de aquello tenía sentido y no me importaba menos.
Quería palabras.
Bueno, pues ahí las tenía.
—Intenté sacarlos de allí, muchas putas veces, pero siempre cedía —espeté—.
Siempre había una parte de mí que mantenía la esperanza por ella.
Igual que ella mantenía la esperanza por él.
Y, al final, mira adónde nos ha llevado eso.
Él la mató, y yo me quedé tanto tiempo para impedirlo.
Pero justo la noche que me marché pasó. ¿Cómo voy a superar eso?
¿Cómo voy a seguir con mi vida? La culpa me ahoga a diario.
Exhalé, frustrado.
—No tenía que haber pasado, joder —dije entre dientes—.
Podía haberlo evitado. Podría haberla salvado si me hubiera quedado allí.
Pero se me fue la olla, perdí los nervios, la paciencia y lo que fuera que me quedase, lo perdí esa noche.
Y, como lo perdí, terminé perdiéndolo todo.
Esos niños no tienen madre, y es porque me marché.
—Esos niños no tienen madre porque su padre, tu padre, la mató, no tú. Iba a mataros a todos.
—A mí me cuesta vivir —admití—. Estar vivo es un reto para mí porque no funciono bien.
Parece que no tengo las herramientas apropiadas para vivir por inercia.
Es como si me hubiera quedado estancado en modo lucha.
Estoy constantemente buscando dónde está el peligro.
No importa que lo haya o no, estoy programado para encontrarlo.
No me iba tan mal cuando me automedicaba.
Las drogas me calmaban. Hacían la vida más soportable.
Hasta que no pude estar ni una hora sin ellas. Entonces quise vivir incluso menos.
—Eso suena fatal.
—No jodas.
—Sigue.
—No puedo confiar en nadie —añadí—. Ni en ti. Ni en mis pensamientos. Ni en la gente que me rodea. En nadie.
—¿Ni en tus hermanos?
—Eso es diferente. —Entrecerré los ojos, indignado—. Son bebés.
—Tu hermana va a cumplir diecisiete años. Creo que no es precisamente una bebé, Joey.
—Para mí lo sigue siendo —repliqué—. Cualquiera a quien le he cambiado los pañales o le he puesto tiritas en las rodillas siempre será un bebé para mí. Además, no están incluidos en esa declaración.
—¿Y Darren?
—Hoy quieres tirar la casa por la ventana, ¿eh?
Se rio.
—Entremos ahí, ¿vale?
—Preferiría no hacerlo —respondí sin rodeos—. No estaba odiando del todo la sesión de hoy, pero, si lo sacas, me da la impresión de que eso va a cambiar.
—No estabas odiando del todo la sesión de hoy. —Sonrió—. Eso sí es un cumplido. ¿Cuánto hemos tardado, once semanas?
—Que no se te suba a la cabeza.
—¿Te gustaría saber lo que pienso?
—No.
—Dame el gusto.
—Repito, no.
—Creo que tu relación con Darren es una de las cosas que más te hacen estallar.
—Paso de eso, Bianca.
—Porque te rompió el corazón —insistió—. Porque rompió tu confianza.
—Al contrario, me enseñó una valiosa lección —respondí con frialdad.
—¿Cuál?
—Todo el mundo se larga y nadie te jode más que tu propia sangre.
—Pero Darren regresó.
—Poco y tarde.
—Creo que echas muchísimo de menos a tu hermano mayor.
Resoplé.
—Y un huevo.
—Quiere venir a verte.
Me puse tenso.
—¿Y?
—Creo que te ayudaría a curarte.
—No. —Me levanté de mi asiento en cuestión de segundos—. Dile a ese capullo que regrese a Belfast y que se vuelva a olvidar de mí. Y, si de pronto se me permiten visitas, solo hay una cara que quiero ver.
—¿No crees que, en una etapa tan avanzada del embarazo, sería imprudente que Aoife viajara tantas horas para visitarte? ¿Crees que sería bueno para ella emocionalmente estar tan poco tiempo contigo y tener que dejarte otra vez?
El corazón se me disparó en el pecho.
No, no lo había pensado.
—Pues déjame aunque sea llamarla.
—Joey…
—Por favor —le pedí—, haré lo que quieras, joder. Hablaré de toda la mierda. Veré a Darren, pero déjame llamar una vez a mi chica. Por favor, Bianca. Yo no suplico, pero por ella suplicaré.