Rey de la gula (Pecados 6) 121. Tocando y pinchando
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121. Tocando y pinchando

TOCANDO Y PINCHANDO

Joey

Mientras el resto de mi familia y mis amigos disfrutaban del verano, yo estaba pasando el mío dentro de una institución de salud mental, con médicos que intentaban deshacer el daño que había sufrido mi cerebro jodido.

Cada día había algo.

Cada puñetero día había un nuevo tema que abordar.

Cuando los médicos y psicólogos no estaban explorando mis sentimientos hacia mi padre, me obligaban a hablar de la muerte de mi madre o se ponían a analizar mi relación con mi novia.

Dios, hasta habían metido al abuelo Murphy en la conversación. A la tata, también. No había nada sagrado para aquella gente. Hasta el más mínimo detalle de mi vida, desde mi nacimiento hasta el presente, les atraía tanto como a mí las drogas.

Lo peor fue cuando me preguntaron cómo me sentía por el fallecimiento de mi madre.

«Fallecimiento».

«Fallecer», qué palabra más curiosa.

Odiaba esa palabra.

Mi madre no había fallecido.

Me la habían arrebatado.

Me la habían robado, joder.

Y le echaba la culpa a ella.

Llevaba toda la vida odiándola, echándole la culpa por cosas que no podía entender en ese momento.

No lo entendí entonces.

Y seguía sin entenderlo.

Pero era mi madre, y había muerto pensando que yo la odiaba. Aquello jamás iba a encajarlo bien, y nada de lo que esos médicos dijeran iba a reparar el agujero que tenía dentro.

Nada.

Al pensar con claridad por primera vez en varios años, me enfrentaba a mis demonios con una conciencia cargada y un corazón roto.

El puto diario que me animaban a escribir en el hospital me pesaba muchísimo en las manos, estaba lleno de más oscuridad de la que podía soportar.

Confiar no era algo que me resultara fácil, ni siquiera cuando se trataba de escribir en un puto diario.

En cambio, odiar se me daba de maravilla.

Destacaba odiando al mundo.

No solo al mundo, sino a todos los que había en él.

Salvo a ella.

Sí, ella era la única excepción.