120. Se acabaron las clases
SE ACABARON LAS CLASES
Aoife
—Eso ha dolido —declaré, saliendo con mis amigos de clase después de terminar el último examen del curso académico en nuestro centro de secundaria.
Seis años de preparación.
Bueno, seis años de trabajo previo para Kev y los demás.
Yo más bien me había pegado seis años con mis mierdas, echándome unas risas.
Y ahora todo había acabado.
—Ha sido un fracaso total —se quejó Podge, rascándose la nuca—. Mi madre se va a volver loca cuando vea los resultados en agosto.
—Al menos vosotros estaréis fuera cuando salgan los resultados de los exámenes. Yo tendré que enfrentarme a mi madre en persona. —Con un suspiro dramático, Casey abrió la cremallera de su mochila y vació lo que había dentro en un contenedor de basura enorme, mientras Podge hacía lo mismo.
Mientras tanto, Alec tiró la mochila entera dentro antes de quitarse el uniforme para deshacerse también de él.
—Llevo seis putos años esperando para hacer eso —declaró en calzoncillos, sin vergüenza ninguna, mientras buscaba en su bolsa deportiva una camiseta de manga corta y unos pantalones que ponerse—. Os digo, chicos, que me he quedado tan a gusto como me imaginaba.
—No me puedo creer que vayáis a perderos el baile de fin de curso —refunfuñó Casey, lanzándole a Alec una mirada acusatoria—.
¿Qué se supone que voy a hacer, eh? En agosto, Aoife estará a punto de explotar.
Joey… Mejor no entremos ahí. ¿Y vosotros, tíos?
Estaréis por Estados Unidos, yendo de putas y dejándome a mí sin amigos, sin citas y sin pollas. Es una mierda.
—Ay, no te quejes —canturreó Alec, rodeándole los hombros con un brazo y besándola en el pelo—. Sabes que volveré a por mis Tetitas de diablesa.
—Puede que ya haya salido para entonces —dijo Podge, mirándome con empatía—. ¿Has tenido noticias?
Negué con la cabeza, sintiendo esa oleada familiar de desolación inundándome.
Odiaba que me hicieran esa pregunta. Era algo que mis padres hacían tres veces al día desde que se había ido al centro de desintoxicación.
Cada vez que tenía que contestar y decir que no, se me descascarillaba otro trocito de corazón.
Lo sabía.
Joey no podía llamar.
No tenía acceso a la tecnología, ni tampoco podía recibir visitas. Pero eso no significaba que no me quemara el hecho de no tener contacto con él.
—Chaval, me muero por volver a verlo —dijo Alec con tono melancólico—. Aunque será superraro —añadió con una sonrisa— tener una conversación con Lynchy sin que esté colocadísimo. —Frunció el ceño y se rascó la barbilla—. ¿Sabéis? Creo que eso nunca ha pasado.
—No ayudas, atontado —protestó Casey, clavándole el codo en las costillas—. Joe lo va a petar con el tratamiento y luego volverá a casa sobrio, preparado para petarlo como padre.
—Bueno, eso se da por sentado —contestó Podge.
—Lynchy va a lograrlo, Piernas Sexis —estuvo de acuerdo Al y me dedicó una sonrisa de apoyo—. Ya lo verás.
—Sí —respondí con una brillante sonrisa.
«Eso espero».