Rey de la gula (Pecados 6) 119. Estoy aquí, ¿no?
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119. Estoy aquí, ¿no?

ESTOY AQUÍ, ¿NO?

Joey

—Joseph, tu madre murió en trágicas circunstancias y está bien que llores su pérdida.

«No jodas, Sherlock».

—Está bien que la eches de menos.

Me quedé mirando a la médica, o psicóloga, u orientadora, o lo que coño fuera, manteniendo la espalda superrecta mientras esperaba a que terminara.

Lo único que necesitaba de esa mujer era que me analizara la orina y me pinchase con una aguja el brazo.

—Joseph. —Un fuerte suspiro se escapó de sus labios separados—. Parte del plan de tratamiento es que participes en la terapia.

—Estoy aquí, ¿no? —respondí con brusquedad, consciente de a lo que me había apuntado desgraciadamente.

—¿Lo estás? —preguntó, colocándose bien las gafas—. ¿Estás aquí?

—No lo sé. —Me encogí de hombros, levanté las manos y me señalé—. Dígamelo usted, doctora.

—A mí me parece que tienes la cabeza en otra parte. ¿En Ballylaggin, tal vez? Según tu expediente, tu novia desde hace años… —Hizo una pausa para revisar sus notas antes de esforzarse por pronunciar el nombre—. A-oi-if…

—Aoife —la corregí, moviendo nervioso las rodillas—. Se pronuncia «E-fa». —Me encogí de hombros y añadí—: Básicamente es Eva en irlandés.

—Gracias —respondió con una sonrisa triste—. Soy de Dakota del Sur y, aunque los nombres gaélicos me parecen preciosos, son muy difíciles de interpretar sobre el papel.

Me encogí de hombros.

—Tiene sentido.

—Según tu expediente, Aoife y tú estáis esperando vuestro primer hijo…

—¿Podemos dejar el tema? —mascullé, apenas capaz de estarme quieto, mientras me inundaba un tsunami de culpa y odio hacia mí mismo—. No… No puedo… No voy a hablar de ella.

—¿Por qué no, Joseph?

—Porque no tiene nada que ver con esto. —Señalé, enfadado, la habitación en la que me habían metido durante a saber cuánto tiempo, mientras el corazón me latía con fuerza en el pecho—. Aoife no se parece en nada a mí.

—¿No se parece en nada a ti?

—No la caga en todo.

—¿Así que tú crees que la cagas en todo?

—Mierda, no lo sé, doctora —dije con sarcasmo, entrecerrando los ojos—. ¿Cómo describiría a alguien como yo?

—¿Traumatizado? —sugirió con tono amable—. Una víctima de violencia extrema.

—No soy una víctima.

—¿Ah, no?

—No. —La fulminé con la mirada—. Fue a mí al que expulsaron del instituto antes de poder hacer el examen de acceso a la universidad.

Fui yo el que sacó malas notas. Él no me lo hizo, lo hice yo.

—Exhalé con fuerza y dije entre dientes—: Y he sido yo el que ha arrastrado conmigo a la única persona que me ha querido de verdad en la vida.

Sí, Aoife está embarazada, y no solo va a tener que enfrentarse a eso sola mientras yo estoy aquí metido como el patético metepatas que soy, sino que tendrá que hacerlo además con lo que conlleva tener a mi bebé.

—Pareces enfadado con ella.

—Estoy enfadado conmigo mismo —solté, sacudiendo las piernas por los nervios y con los puños apretados sobre los muslos—. Me cabrea haberla arrastrado conmigo… —Exhalé de nuevo de forma entrecortada y le lancé una mirada asesina—. Ya veo lo que acaba de hacer al sacarla en la conversación.

—Sí. —La doctora sonrió—. Está claro que te hace hablar, ¿eh?

—Cuando me dijo que estaba embarazada, yo estaba ausente —me oí admitir—. Me había ido hacía mucho tiempo antes del embarazo. A las citas con el médico y las ecografías solo fui con el cuerpo. Estaba asustada y sola, dependía de que yo la ayudara, y lo único que hice fue ponérselo más difícil.

—Pero no se marchó —supuso la médica—. No te abandonó.

—No —contesté—, no lo hizo.

—¿Por qué crees que no lo hizo, Joseph?

—Porque es la persona más cabezota que existe —mascullé, frotándome la mandíbula—. Porque Molloy no deja nada, ni siquiera cuando no es bueno para ella.

—¿Te incluyes en esa afirmación?

—Míreme —dije de forma inexpresiva.

—Lo estoy haciendo —respondió la doctora, calmada—. Estoy viendo a un joven que, a pesar de todo el trauma y el horror que ha tenido que soportar, ha continuado centrándose solamente en recuperarse y volver con ella. —Sonrió—. Así que diría que esa Molloy tiene muy buen ojo para la gente.

—Hum.

—¿A lo mejor te necesita?

—Lo que necesita es correr justo en la dirección contraria respecto a donde yo estoy.

—Pero esa no es una opción, ¿verdad? —tanteó—. Tu hijo se merece un padre, y tú precisamente sabes lo mucho que influye ese rol en la vida de alguien.

«Eres igual que yo, chico».

«Harás más mal que bien».

—Está otra vez en tu cabeza, ¿a que sí? —señaló la doctora—. Tu padre.

Joder, sí que era intuitiva.

—No sé si puedo romper el ciclo, pero quiero hacerlo.

—Necesitaba moverme, así que me levanté y me puse a caminar por los estrechos confines de la habitación—.

Lo deseo con tanta fuerza que me pego despierto toda la puta noche.

Por eso volví esa noche. Por eso dejé que Lizzie me convenciese para que no saltara.

Por eso no me tiré del puente. Por eso estoy aquí ahora.

—Frustrado y ansioso, me crují los nudillos y caminé hasta la ventana—.

Sé que no soy lo bastante bueno, pero quiero serlo.

—¿Qué tal llevas la abstinencia? —preguntó cambiando de tema.

La abstinencia era lo peor.

Durante días me sentí entumecido, enfadado y carente de energía.

No quería hablar con nadie, no quería levantar un dedo.

—Mejor —le dije y clavé los ojos en un grupo que plantaba flores en los jardines de fuera—. Es soportable.

—Debe de ser un alivio para ti.

—¿Desaparecerán los recuerdos?

—Lo dudo. Pero cada vez los gestionarás mejor. Serán llevaderos. Encontrarás un punto medio sobre el que reconstruir tus cimientos. Aprenderás a superarlo. Por eso estás aquí. Para reconstruir.

—Todavía puedo olerla. —Solté el aire de forma entrecortada—. Todavía puedo olerlo.

Decidí que era demasiado doloroso respirar y cerré los orificios nasales y las vías respiratorias, aún tieso como un palo, esperando que se pasara la oleada de pena.

Rezando para que fuese rápido.

Por fin pasó.

—¿Cuándo podré llamarla? —Me giré hacia la doctora, apoyando la espalda en el alféizar de la ventana y dije—: Necesito hablar con ella.

—Todavía no.

—Nunca había estado tanto tiempo sin hablar con ella —admití, hinchándoseme las pelotas, pero sabía que aquella mujer era implacable. No daría su brazo a torcer. Dios sabe que lo había intentado muchas veces—. Por favor, doctora. Es mi mejor amiga.