118. Empollando y fracasando
EMPOLLANDO Y FRACASANDO
Aoife
«Nos vemos, Molloy».
«Volveré a por ti».
«Por los dos».
—Aoife, venga, ¿eh? ¡Tienes que concentrarte!
—La voz de mi hermano penetró en mis pensamientos.
Levanté la vista del cuaderno en el que estaba garabateando para encontrarme a Kev mirándome fijamente desde el otro lado de la mesa de la cocina, con una expresión expectante en la cara—.
¿Has oído una palabra de lo que llevo diciéndote las últimas dos horas?
Podría haberle mentido, pero no tenía energía para hacerlo.
—No.
—Aoife —suspiró con fuerza—. Es el examen de acceso a la universidad. No puedes ir mañana y garabatear la prueba de Inglés.
—Pero mis dibujos son muy monos —contesté, añadiendo una carita sonriente a mi última creación—. Mira qué arañita tan mona en su telaraña.
—Seguro que el dibujo de la arañita mona será fantástico para la habitación del bebé —soltó con sequedad—, pero no te va a ayudar a aprobar los exámenes, y tienes que aprobarlos, ¿recuerdas?
—¿Para qué, Kev? —Señalé mi vientre vulnerable para dejarlo bien claro.
Habíamos acordado una tregua frágil y mi hermano estaba intentando redimirse siendo mi profesor particular, pero nuestra relación estaba lejos de volver a ser lo que era—.
Ambos sabemos que no tengo la esperanza de aprobar el examen de acceso a la universidad.
Hay mucho que hacer y muy poco tiempo para conseguirlo.
Sinceramente, había leído más en los últimos tres días que en dieciocho años.
Empollando para los exámenes era un desastre y, aunque mi hermano fuese un profesor excelente, no me entraba nada porque solo podía pensar en mi novio.
Habían pasado tres semanas desde el funeral, desde que habían ingresado a Joe en el centro de desintoxicación en el campo, pero juro que aún estaba atascada en aquel día. El tiempo transcurría, y yo tenía la cabeza atrapada en ese instante.
No podía contactar con él y eso me estaba matando.
Según Edel Kavanagh, que se había puesto en contacto conmigo todas las semanas desde el funeral, Joe no podía usar el teléfono durante la desintoxicación.
Iba en contra de su política para pacientes tener acceso a los teléfonos móviles y cualquier tipo de contacto con el mundo exterior hasta que avanzara en su recuperación.
—Lo único que tienes que hacer es sacar un aprobado raspado —me dijo Kev, dejando su lápiz para coger otro libro de texto—. Sé que puedes aprobarlo, Aoife. Puedes hacerlo.
—¿Y si no?
—¿Crees que este curso es difícil estando en sexto embarazada?
—dijo intentando ir de poli malo—. Pues imagínate lo difícil que será repetir curso con un bebé en brazos.
—Entrecerró los ojos—. Todos los de nuestro curso estarán en la universidad y trabajando.
Joder, hasta los colegas drogados de tu novio van a ir este verano como estudiantes de intercambio a Estados Unidos.
No estarán allí para cubrirte las espaldas si cateas y repites sexto.
Eso era cierto.
En cuanto terminaran los exámenes, Podge y Alec, junto con otro montón de compañeros de nuestro curso, se iban a Estados Unidos en verano, y no los culpaba lo más mínimo. Era una oportunidad única.
Aparte de mí, la única otra persona de mi círculo de amistades que no tenía planeado marcharse de Ballylaggin de viaje o a la universidad era Casey. Bueno, aparte de dos semanas de juerga en Benidorm a finales de julio.
—No voy a volver pase lo que pase —le dije a mi hermano—. Aunque suspenda, no regresaré al instituto a repetir sexto. Solicitaré plaza para sacarme el título de peluquera en la ciudad a ver si hay suerte.
—¿Y si no te dan plaza en ese curso? Entonces ¿qué? ¿Vas a criar a un niño con el sueldo de una camarera? No vas a dejar los estudios, Aoife —protestó—. No voy a permitirlo.
—No depende de ti, Kev.
—Bueno, sé que mamá y papá tampoco lo permitirán —replicó—. Así que tienes que aprobar estos exámenes y, si no quieres hacerlo por ti, entonces hazlo por el bebé.
Eso me dolió.
Todo lo que estaba haciendo era por el bebé.