117. La chica del muro
LA CHICA DEL MURO
Joey
Con el corazón helado en el pecho, crucé los brazos detrás de la cabeza y me quedé mirando al techo, con la única compañía de mis pensamientos.
Mi recuerdo más antiguo es que tenía un trabajo.
Al principio, ese trabajo consistía en una única tarea: proteger a mi hermana.
Conforme los años fueron pasando, mi trabajo se complicó.
Llegaron más bebés, los golpes eran más fuertes y la presencia de mi madre en mi vida se fue esfumando.
La luz en sus ojos iba apagándose poco a poco hasta quedar a oscuras.
Vi cómo sucedía.
Impotente, presencié cómo se convertía en un fantasma.
Pareció ocurrir con el transcurso de los años, pero también de repente.
A los doce años, ya no estaba.
A los doce años, yo tampoco.
Se me curaron los huesos rotos, se difuminaron las cicatrices y me creció el cuerpo.
Llegó la pubertad y encontré consuelo en las chicas.
Pero la verdad es que no.
El sexo era algo que aceptaba cuando me lo ofrecían.
Era lo mismo que las drogas.
Lo que me ofrecían, a pesar de las consecuencias, aunque fuese malo para mí, lo recibía con los brazos abiertos.
Durante la terapia, intentaron decirme que era una forma de autolesionarse.
No dije nada.
Me dijeron que tenía TEPT .
De nuevo, permanecí callado.
Me prometieron que no era culpa mía su muerte.
«Nada».
Me aseguraron que tenía un brillante futuro por delante.
«Vacío».
Por la noche, cuando el mono me daba fuerte, me hacía un ovillo muy pequeño y pensaba en ella.
Era la única cosa que me ayudada a continuar.
Su cara.
«La única cara».
Su foto en la funda de mi almohada era lo único que tenía de casa.
Era lo único que me había llevado conmigo.
Lo único por lo que rezaba que estuviera allí cuando saliera de aquí.
Aunque sabía que estaría mejor bien lejos de mí.
La había arrastrado a mi nivel tóxico.
Y luego la había dejado, sola, con un bebé en la barriga.
Mi bebé.
Yo había hecho eso. Le había arruinado el futuro antes de que su vida ni siquiera hubiera empezado.
No era mejor que él.
Le había hecho a Molloy lo que mi padre le había hecho a mi madre hacía muchos años.
Y, aun así, seguía a mi lado. Se había quedado en la tormenta, en el puto huracán categoría 5 que era mi vida, no me había abandonado nunca, ni siquiera cuando yo sí me había abandonado.
Nadie me había calado nunca como ella.
Nadie me había aceptado como ella.
«Por mí».
Pasé tanto tiempo intentando apartarla que cuando paré fue muy fácil. Estar con ella era como respirar. No sabía que necesitaba el aire, pero intuía que moriría sin él.
Ella era así para mí.
Su presencia en mi vida era tan importante.
Estar sin ella me resultaba raro.
La idea de no tenerla en mi vida me hacía estar en la cama.
A veces me preguntaba si se olvidaría el mundo de mí si me quedaba quieto lo bastante. ¿Me iría con mi madre? Dondequiera que estuviese.
En terapia, me decían que escribiera sobre mis sentimientos, pero la verdad era que no sabía por dónde empezar.
Ya no estaba seguro de lo que sentía y no sabía diferenciar entre lo real y lo artificial.
Lo único que veía era a ella.
«La chica del muro».