114. Como una soga alrededor de mi corazón #2
—Sé que no me lo he montado bien contigo, Molloy —continuó enseguida, atrancándosele las palabras mientras trataba de unir las piezas de la realidad en la bruma de abstinencia y dolor—.
Pero tú eres la única —continuó diciéndome, en voz baja, con dolor y urgencia—.
Siempre fuiste la única. Mi única. En los buenos tiempos y en los malos.
Te juro por Dios… —Se aclaró la garganta e inclinó la cabeza hacia la tumba recién cavada a nuestro lado—.
Sobre su tumba. Te lo juro. Da igual lo jodido que haya estado, nunca he tocado a ninguna otra chica.
—Negó con la cabeza, exhaló con fuerza y dijo—: ¿Sabes todas esas locuras que he hecho?
¿Las gilipolleces con Shane y los chavales?
¿Las drogas? ¿Las peleas? Todo eso. No era que te estuviese reemplazando a ti. Fue por reemplazarme a mí.
—Estabas enfermo, Joe —dije, notando cómo el corazón golpeaba con fuerza la caja torácica, al llegarme sus palabras directas ahí de una nueva forma deliciosamente devastadora—. Sé que no has pretendido hacerme daño con nada de eso.
—Pero ambos sabemos que lo hice —respondió con brusquedad—. Que te hice daño.
No contesté a eso.
Sí me había hecho daño.
«Peor que hacerme daño, creo que me destrozó».
—Te quiero —fue lo único que pude decir para justificar haberme quedado, a pesar de lo ilógico que sonara. Era todo lo que tenía. Y, de algún modo, había sido suficiente para capear la tormenta—. Te quiero, Joe.
—Joey —lo llamó la señora Kavanagh, haciendo que ambos miráramos hacia donde estaba con los que sabía que eran dos celadores del centro de desintoxicación—. Es hora de marcharse, amor.
«¡No!».
«No te vayas».
«Quédate conmigo».
—Sí, lo sé, voy —respondió Joey y volvió a centrar su atención en mí.
«¡No te vayas! —quería gritar y tuve que llevarme una mano a la boca literalmente para no soltarlo—. No me dejes sola así. Estoy cagadísima…».
—Te quiero, reina. Siempre te he querido y siempre te querré.
—Y siguió destrozándome al susurrar—: Tú siempre has sido la única para mí.
Cuando he estado totalmente sobrio o cuando se me ha ido la olla, mi cabeza lo sabe.
—Me agarró de la mano y se la llevó al pecho antes de añadir—: Y mi corazón también.
—Joe.
—Me lo he montado mal contigo de tantas maneras que no sé ni por dónde empezar, pero nunca me lo he montado así de mal. Jamás me lo he montado así de mal, ¿vale? Si hay algo que te he dado durante estos años ha sido fidelidad. Jamás rompí esa promesa, Molloy. Ni una puta vez.
—Joe, solo quiero que te pongas bueno —le supliqué, agarrándolo con fuerza—. Te necesito. Muchísimo.
—Joey, es hora de marcharse —dijo John sénior y a mí me sentó como otra patada en el estómago.
—Sí, dos segundos —contestó con tono de frustración—. Joder, Aoife, ya está, nena. Tengo que irme.
—Solo unos minutos más —me oí a mí misma rogarle y un gemido de dolor se escapó de mi pecho—. Lo siento. Es que es duro.
—Es hora de marcharse, Joey, amor.
—Mierda —solté, agitándoseme el pecho por la presión—. Joe.
—Cuídate, ¿me oyes? —dijo con voz áspera y cargada de emoción—. No te subas a ningún muro mientras estoy fuera, Houdini. —Se aclaró la garganta con fuerza, me dio un beso en la frente y luego se retiró—. Nos vemos, Molloy.
Y entonces se alejó de mí.
Dejándome atrás.
Me quedé junto a la tumba de su madre y vi cómo se marchaba.
Tocando con la yema de los dedos el medallón que llevaba al cuello, el que me había regalado cuando cumplí dieciocho años, vi cómo se lo llevaban.
Me quedé allí mirando, con el corazón rompiéndose en mil pedazos a cada paso que daba.
No podía controlarlo.
Me dejaba y no sabía si alguna vez regresaría.
Intenté ser fuerte por los dos, porque sabe Dios que necesitaba a alguien que fuera fuerte por él, y puse la sonrisa que había pasado la vida entera perfeccionando, con los ojos clavados en su espalda, como si me faltaran unos segundos para morir.
No podía respirar.
El dolor dentro de mí era asfixiante.
Nos separaban varias lápidas ya, mientras la muerte nos rodeaba de la forma más emotiva. Era casi simbólico en realidad. Estábamos en el lugar donde iban las personas cuando su vida terminaba, al igual que nuestra relación, que potencialmente llegaba a su fin.
Bueno, la puta cruel ironía de todo.
Mi mundo se derrumbaba a mi alrededor y era incapaz de impedirlo.
«No».
«No».
«¡No!».
No podía salvarlo, ahora lo aceptaba, pero lo que me daba miedo es que no estaba segura de que alguien pudiera hacerlo. Debajo de todo eso, él era la persona que yo amaba y todavía quería estar con esa persona.
Mi bandera aún estaba cosida a su mástil roto.
Tenía a su bebé creciendo dentro de mí, un bebé que no podía concebir criarlo sola, aunque sabía que había muchas probabilidades de que tuviera que hacerlo.
Solo quería que se pusiera bien.
—¡Prométemelo, Joe! —grité fuerte, hundida, mientras veía cómo se alejaba de mí la que podría ser la última vez—. ¡Prométeme que volverás a por mí!
Chica débil.
¡Chica débil, débil, débil, puta débil!
Se le tensaron los hombros al detenerse para girarse hacia mí.
Tenía grabada en la cara una expresión de dolor y frustración.
—Molloy.
—Vuelve a por mí, Joe —grité con voz ronca, agarrándome la barriga—. Ponte bueno y vuelve a por mí…, a por tu familia.
Se me quedó mirando destrozado durante mucho rato antes de asentir con la cabeza.
—Volveré a por ti. Por los dos.
Y se fue.