115. No entre ahí
NO ENTRE AHÍ
Joey
En el centro de desintoxicación me dijeron que tenía que recordar. Que para ponerme bien tenía que volver al principio. A mis primeros recuerdos de la infancia. Si no lo hacía, los agujeros que mis padres habían dejado en mi interior jamás se curarían.
Sabía que eso era una chorrada. No podían curarme. Por mucho que recordara, no iba a arreglar lo que se había roto dentro de mí.
Lo único que necesitaba de esa gente era que me tuvieran allí encerrado hasta que me desintoxicara. Hasta haber expulsado de mi cuerpo a cada uno de mis demonios para no poder hacerle más daño. Para no romperle el corazón por millonésima vez.
Quería limpiarme, pero, sobre todo, quería permanecer limpio.
Aquello era lo mejor que podía esperar.
No necesitaba que me arreglaran la cabeza.
Tan solo que eliminaran mi naturaleza adictiva.
No estaba seguro de cuánto tiempo llevaba allí ni de los días que habían pasado desde el funeral de mi madre.
No sabía qué día de la semana era, ni la última vez que había notado el sol en la piel, porque no podía pensar, al menos en nada salvo el dolor que me recorría las venas mientras el cuerpo soportaba el proceso de abstinencia.
Era muy angustioso. Los temblores, los vómitos, los putos espasmos musculares sin cesar. No acababa nunca.
Por primera vez en años, me obligué a contemplar de verdad el reflejo en el espejo que me miraba a los ojos. Casi no reconocía mi propio reflejo.
¡Dios, estaba hecho polvo!
Estaba harto de mí mismo.
Esa era una afirmación extraña, pero era la absoluta verdad.
Estaba harto de cualquier pensamiento o idea que recorriera el cerebro jodido que me dieron al nacer.
No estaba seguro de cuándo se fue todo a la mierda o si siempre había estado así y tan solo lo advertía ahora.
Fuera como fuese, mi vida se había ido al carajo y yo estaba justo ahí en medio, dueño de mi propio destino, destructor de todo lo bueno.
—¿Quiere saber cómo te sientes al ser yo?
—Sí.
—Inútil. Te sientes inútil.
—¿Todavía tienes miedo, Joey?
—Nunca he tenido miedo.
—Creo que llevas toda la vida en un estado de miedo, y tu reacción a esa sensación, a ese miedo, es lo que te hace ser tan imprudente.
—Nunca le tuve miedo.
—¿Solo a en lo que podría convertirte?
—No entre ahí.
—Tu padre te hizo daño.
—Ya lo sabe.
—Y sigues aquí.
—Sí, joder.
—Te acercaste tanto a la muerte como puede hacerlo una persona.
—No soy una víctima.
—Sabía cómo entrar en tu cabeza.
—No.
—¿No?, ¿tu padre no sabía cómo entrar en tu cabeza?
—No.
—Pero tu madre sí.
—Se acabó la conversación.