Rey de la gula (Pecados 6) 114. Como una soga alrededor de mi corazón
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114. Como una soga alrededor de mi corazón

COMO UNA SOGA ALREDEDOR DE MI CORAZÓN

Aoife

El calor de media mañana que emanaba del sol implacable era sofocante y hacía que se me corriera por el sudor el poco maquillaje que había logrado aplicarme en la cara. El verano sin duda había llegado a Ballylaggin, trayendo consigo árboles verdes, forraje recién cortado y despedidas agridulces.

Sin inmutarme ante nada más que el rubio con traje, mantuve los ojos clavados en su espalda mientras estaba junto a la tumba de su madre.

Sentí unas ganas insoportables de proteger al chico que se había convertido en adulto varios años antes de ese día.

Era un deseo tan fuerte que casi competía con lo que sentía por el niño que crecía dentro de mi útero.

«Su hijo».

El único momento en el que me había apartado de su lado había sido esa mañana, cuando a regañadientes había ido a mi casa para cambiarme de ropa antes del funeral.

Hasta me había duchado en casa de los Kavanagh, en el baño en suite de la habitación de Joey.

Fue la única manera de meterlo a él allí.

Sosteniéndolo yo, lavándolo y quedándome con él todo el rato.

Aquel traje de diseñador le quedaba genial. Sí, lo había vestido antes de dejarlo esa mañana.

Totalmente solo con sus pensamientos, su dolor, mi novio estaba allí rígido junto a la tumba. Mucho después de que enterraran a su madre y que los otros Lynch se dispersaran, Joey continuaba haciendo vigilia, todavía intentando protegerla, incluso aunque estuviera muerta.

Me partía el alma porque sabía que ella le había hecho más agujeros que el cabrón de su padre. Había un agujero del tamaño de Marie Lynch en el corazón de mi novio que ni todo el amor del mundo podría curar.

«Dios sabe que lo he intentado».

No era digna del amor incondicional de Joey, no cuando jamás lo había querido como él se merecía.

Pero de todos modos aquella mujer siempre lo había recibido.

Quizá fueran las hormonas del embarazo que elevaban mis emociones agotadas y me hacían pensar de forma más irracional que de costumbre, pero estaba enfadadísima con ella.

Su muerte, a pesar de lo horrorosa e indescriptible que había sido, no la absolvía de los pecados que había cometido contra sus hijos cuando estaba viva.

Esos pecados que habían dejado el corazón de su segundo hijo casi insalvable.

Lo único que él quería era su amor.

Y jamás se lo había dado.

Miré a mi alrededor, con amargura y tristeza por todo lo que habían perdido, consciente de que los otros hijos de los Lynch estarían bien a la larga.

Darren regresaría a la vida que se había construido en Belfast, mientras que Shannon y los tres niños tenían a los Kavanagh, que se ocuparían de ellos.

No sería fácil, habría bastantes dificultades en el camino, pero se adaptarían.

Desde luego ahora tendrían más oportunidades.

Y luego estaba mi Joe.

El que habían sacado de la familia.

El que habían sacado de Ballylaggin.

«De mi vida».

Se había metido en un centro de desintoxicación en el campo. En cuanto se había dado cuenta de lo grave que era su adicción, los Kavanagh se habían ofrecido a pagarlo, y, en un extraño momento de claridad, Joey había firmado los papeles.

Cuando terminara el funeral de su madre, iba a marcharse.

Estaría fuera todo el verano.

«Tal vez se marcha para siempre».

«Joder».

«No pienses así, Aoife».

La noche anterior, cuando se había cuestionado si estaba haciendo lo correcto al irse, lo había apoyado firmemente y lo había animado por tomar esa decisión, aunque me partiera el corazón.

Tenía que irse.

Y yo tenía que dejar que se fuera.

Exhalé con dolor mientras apretaba con fuerza la rosa que sostenía en la mano y salvé el espacio entre nosotros, ignorando todas las miradas de curiosos y boquiabiertos que recibí en el proceso.

Algunas personas lo sabían.

Pero la mayoría no.

A decir verdad, no me importaba una mierda lo que pensase la gente. Podían especular todo lo que quisieran sobre la subida drástica de peso que intentaba ocultar bajo mi vestido negro.

Que les jodieran a todos.

Sin pararme hasta estar hombro con hombro con el único chico al que había amado, mantuve los ojos clavados en la tumba recién cavada de su madre y tiré allí dentro la única rosa antes de por fin encontrar el valor para enfrentarme a él.

«Mantén la calma, Aoife».

«No lo asustes».

«No hagas ninguna estupidez».

Inhalé con fuerza cuando posé los ojos en su precioso rostro demacrado y escondí lo destrozada que estaba tras una dura mirada de determinación.

Ese era el problema con Joey Lynch, no podía soportar la debilidad.

Lo dejaba hecho polvo.

Pasaba tanto tiempo preocupándose por su familia, defendiendo a los que eran más débiles que él, que no le quedaba espacio para la vulnerabilidad.

Necesitaba una pareja fuerte.

Alguien que se pudiera cuidar por sí mismo.

Alguien que no necesitara que lo tratasen con guantes de seda.

«Entra, Aoife».

—Te dije que no vinieras.

Ni «hola, Aoife» ni nada.

Solo pura sinceridad.

Quería despedirse esa mañana.

Pero no pude hacerlo.

«Necesitaba otro minuto».

Al ponerme tensa, arqueé una ceja, me tragué mi inseguridad y la reemplacé con valentía fingida.

—Y yo te dije que ahorraras saliva.

—Aoife. —El dolor inundó sus rasgos y un estremecimiento le recorrió el cuerpo delgado—. No deberías estar aquí. No es bueno para el…

Bebé.

Sí, ya me sabía aquel rollo, otro cuento de viejas.

«Si miras a la cara de la muerte, jamás sentirás el aliento de tu hijo».

La cosa era que mi enamoramiento superaba la superstición.

—Me da igual —repliqué, desafiante—. Como si no fuera a venir, Joe.

Habíamos pasado juntos por viento y marea.

No iba dejarlo solo en el entierro de su madre.

—Aun así… —Sus ojos continuaban buscando en los míos. No tenía ni idea de qué, pero parecieron encontrarlo, porque exhaló un suspiró que sonó a alivio.

—Bueno, ¿estás preparado? —Di una palmada para dejar de intentar llegar a él. La verdad era que quería agarrarlo y encerrarlo en mi habitación.

«Para mantenerlo a salvo».

«Para no quedarme sola en esto».

Forcé una sonrisita antes de añadir:

—Para lo que viene ahora.

Aquellos desolados ojos verdes quemaron algo en el interior de mi alma.

—No.

Más pura sinceridad.

—Bien. Porque yo tampoco. —Atascándoseme la respiración en la garganta, me rodeé el cuerpo con los brazos, dispuesta a ser una mujer más fuerte y no derrumbarme.

«Puedes hacerlo, Aoife».

«Puedes dejarlo marchar».

«No, no puedes».

«No puedes».

«¡Que no se vaya!».

—Molloy.

—Rodéame con los brazos y abrázame como si no fueras a verme en tres meses —le ordené con voz ronca, porque necesitaba que no dijera nada que hiciera añicos mi apenas sólida determinación, mientras me dirigía a sus brazos.

Inhalando profundamente, noté su olor a limpio. Lynx, aire fresco y nada más.

Ni alcohol ni humo.

«Dios, debe de estar sufriendo muchísimo ahora mismo…».

—Joder. —Movió los labios hacia mi pelo y, como la costumbre de toda una vida, mis manos temblorosas fueron a la cinturilla de sus pantalones—. No me esperes, ¿me oyes?

Sus palabras me enfurecieron, pero no respondí.

¿Cómo iba a hacerlo?

Me estaba costando muchísimo mantenerme calmada.

No podía derrumbarme en ese instante.

No allí.

—Vive tu vida, ¿vale, Molloy?

Como si eso fuese una opción.

¡Estaba embarazada de su bebé, por Dios bendito!

Sus comentarios tan solo demostraban lo despegado de la realidad que estaba. Lo mucho que se le había ido la cabeza. Lo destrozado e irracional que llegaba a ser su proceso mental.

Otra persona podría haber confundido sus palabras con egoísmo, pero no era verdad. Era la persona menos egoísta que conocía, pero no estaba allí mentalmente. Se había separado de la realidad.

—Cállate, Joey Lynch.

Se me quebró la voz y me aferré a él, sin atreverme a ceder ante cualquier duda que tuviera de que aquello no funcionaría.

No podía permitirme pensar así.

Iba a ponerse mejor.

Y luego regresaría a casa conmigo.

—Te quiero —logré decir, cerrando los ojos con fuerza.

—Cállate tú, Molloy —contestó con la voz entrecortada mientras me daba un beso fuerte en la frente. Quería tatuarme la sensación de sus labios en mi piel, aterrorizada por no volver a sentirla. Movió las manos de mis hombros a mi cuello antes de llevarlas a mis mejillas—. Yo también te quiero.

—Estaré aquí cuando salgas. —Sabía que sonaba patética, como otra estúpida mujer poniendo en juego su futuro por un hombre, pero tenía que darle esperanza.

—No estés aquí. —Se inclinó y me besó con fuerza—. Ve a un lugar mejor.

—No acepto órdenes tuyas —susurré, moviendo los labios contra los suyos—. Ya deberías saberlo.

—Porque eres una tonta loca —dijo rozando los labios hinchados y reventados contra los míos mientras hablaba—. Estás malgastando tu vida conmigo. Lo sabes. No deja de repetírtelo todo el mundo, pero no escuchas…

—Porque es mi vida y la malgasto como quiero —solté, llevando las manos a las solapas de la chaqueta del traje, y, con los ojos cerrados para mantener las lágrimas a raya, probé a echarle humor y añadí—: Así que será mejor que mejores ese culito sexy y vuelvas a casa conmigo, porque te voy a necesitar sano, ¿vale?

Esa era la verdad.

Lo necesitaba sano.

Mierda, lo necesitaba y punto.

—Aoife. —El dolor se reflejaba en sus rasgos—. Soy una mala apuesta.

—Vale —repetí al no encontrar ningún consuelo en su falta de confianza.

«Ay, Dios».

«Él tampoco cree que pueda hacerlo».

—Sí. —Asintió despacio con la cabeza y acarició mi nariz con la suya—. Vale.

—Ahora dame un beso y dime que me quieres —le indiqué, sosteniéndolo por la nuca—. Y que sea uno bueno.

—Deberías haberme dicho que me fuera a tomar por culo —susurró, acercándose más— hace un montón de años, cuando estábamos en primero.

—Sus labios rozaron los míos una y dos veces—.

Te quiero desde entonces. —Otro beso—. Desde la primera vez que te vi, sentada en el muro con ese pelo rubio moviéndose por el viento alrededor de tu cara—.

Sacó la lengua para juguetear con la mía—. Solo que no lo sabía entonces.

—Joe.