Rey de la gula (Pecados 6) 113. Vuelve a mí, vuelve a ti
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113. Vuelve a mí, vuelve a ti

VUELVE A MÍ, VUELVE A TI

Aoife

La casa de Edel Kavanagh estaba llena hasta los topes de gente cuando crucé el umbral con ella y Sean una hora después.

Armada con una bolsa para pasar la noche, llena de vitaminas prenatales, ropa para cambiarme y comida para picar, seguí a la mujer que se había apiadado de mis emociones completamente destrozadas, sonriendo y asintiendo a cualquiera que se parara a saludarme.

No me crispé hasta que llegué al salón, donde nos recibió Darren.

Estaba sentado en el sofá, metido bajo el brazo de quien supuse que era su novio, Alex, mientras hablaban en voz baja entre ellos.

En cuanto sus ojos se posaron en mí, noté un cambio en el ambiente.

Una sensación desagradable.

—Aoife.

—Darren.

—¿Qué has hecho? —Centró su atención en Edel—. Sabes que no quiere verla.

«Ay».

No pude ocultar lo mucho que me dolió oír eso.

Mi fuerte inhalación fue prueba de ello.

—Shannon tiene a Johnny, y tú tienes a Alex —le explicó Edel con calma, acariciándome la espalda para tranquilizarme—. Joey tiene a Aoife.

—No le viene nada bien ahora mismo.

—Ya verás lo que no te viene bien a ti como no te calles —dijo una mujer mayor desde un sillón junto al fuego—. Menudo morro tienes imponiendo tu criterio en la casa de esta amable mujer.

—Pero, tata…

—Ni «pero, tata» ni nada —lo regañó, alzando un dedo arrugado—. No eres demasiado mayor para un tirón de orejas, jovencito.

Vi que llevaba su atención hacia donde estaba yo y sonrió.

—Aoife. —Se la veía mustia y exhausta de los golpes que había recibido, pero la amabilidad todavía brillaba en sus ojos cuando me tendió la mano—. Cuánto tiempo.

Nos habíamos visto solo unas cuantas veces a lo largo de los años, pero esta mujer significaba muchísimo para Joey, lo que implicaba que yo la tenía en gran estima.

—Hola, tata —respondí, salvando el espacio entre nosotras mientras me fijaba en su adorable permanente blanca—. Siento muchísimo tu pérdida.

—Ven aquí y déjame verte —me dijo, cogiéndome de la mano con las dos suyas y apretándola—. Uno de mis nietos dice que vas a formar una familia con otro de mis nietos.

«Dios santo».

Lancé una mirada mordaz en dirección a Darren antes de asentir a regañadientes.

—Oye, Joey quería contarte lo del bebé él mismo, pero sus padres no estaban de acuerdo con que los pequeños lo supieran y luego todo se complicó estos últimos meses. Lo que quiero decir es que no lo habíamos llegado a anunciar públicamente ni nada…

—Tendrás un buen hijo —me interrumpió, y me recorrió una extraña oleada de calor—. Fuerte como su madre. —Sentí el temblor de la vejez en ella cuando llevó una mano a mi vientre—. Cariñoso como su padre.

—No sabemos lo que vamos a tener —me oí susurrar.

—Tendréis un niño —me dijo—, y será como su padre.

—Eso espero.

—Eres una buena chica. —Los ojos le ardieron de emoción—. Con un corazón de oro.

Me encogí de hombros porque no sabía qué contestar.

—Deberías llevarla con él y ver cómo funciona su magia —dijo entonces la tata, girándose hacia Edel—. Devuélvele el corazón a mi nieto y empezará a vivir de nuevo.

—Está aquí —dijo Edel, dando unos ligeros golpes a una puerta cerrada en la otra punta del ala derecha de la casa—. Dame un segundo para convencer a Shannon de que salga.

Asentí con la cabeza y entrelacé las manos, apenas capaz de contener mis emociones.

—Hola, Shannon, amor —dijo Edel cuando empujó la puerta hacia dentro y entró—. Han venido dos chicas a verte: Claire y Lizzie. Están abajo en el salón, cariño.

—Tal vez no debería dejarlo así…

—Y también tú tienes visita, Joey —la interrumpió Edel, indicándome que pasara—. Entra, amor.

Con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, entré y enseguida vi a mi novio acurrucado de lado, en posición fetal. Agarraba un cojín contra el pecho, quieto como una estatua en la cama lujosa, de cara a la ventana.

«Ay, cariño».

Se le veía tan joven…

Tan destrozado…

El recuerdo de las palabras que había escrito en aquella carta continuaba persiguiéndome y tuve que esforzarme para contener las emociones. Al verlo por fin y saber que seguía aquí, me entraban ganas de berrear como un bebé del alivio que sentía.

—No puedes esconderte de mí —declaré tras aclararme el nudo en la garganta. Me sabía mal ignorar a Shannon, pero en aquel momento su hermano era mi prioridad número uno—. Y tampoco puedes darte por vencido.

Se le sacudió el cuerpo, un claro indicio de que, aunque pareciera un fantasma, me podía oír.

Rodeé a su hermana y me senté en el borde del colchón, de cara a él, y exhalé temblorosamente cuando mis ojos lo vieron.

El rostro demacrado.

La expresión de angustia.

Los ojos vacíos.

—Mi Joey.

Se le retorció el cuerpo.

—Mi amor.

Se le sacudió más el cuerpo.

«Eso es».

«Sigue mi voz».

—Vuelve a mí. —Con las manos temblorosas, le acaricié la mejilla y le aparté el pelo de los ojos, antes de acercarme para rozarlo con la nariz—. Porque yo no me doy por vencida.

Un gruñido de dolor escapó de su garganta mientras se sacudía con lo que parecía auténtica agonía.

—Lo sé —lo tranquilicé mientras continuaba pasándole los dedos por el pelo. Tocándolo. Para traerlo de vuelta a mí—. Estás ahí, ¿verdad?

Se retorció otra vez, apretando los puños.

«Eso es».

—Te veo, Joey Lynch —susurré, besándole sus labios pelados y agrietados—. No puedes esconderte de mí.

Entonces movió la mano y la llevó a mi vientre hinchado y juro que podría haber llorado de alivio.

—Eso es —seguí y le puse con cuidado la cabeza en mi regazo—. Vuelve a mí, cariño.

Por instinto, apoyó la mejilla en mi ombligo, contra la parte de mi cuerpo que lo separaba de su bebé.

—No pasa nada —susurré, meciéndolo cuando se sacudió, tembló y se agarró a cualquier parte de mí a la que se podía agarrar—. No puedes ahuyentarme —prometí, acercándomelo cuando se le enredaron las manos en mi sudadera—. Eres mío, ¿te acuerdas?

Joey no habló hasta que Edel no se llevó a Shannon de la habitación y cerró la puerta tras ella.

—Reina.

Mi corazón escaló a nuevas cotas.

«Ahí está».

«Sigue aquí».

—Eh, semental —respondí, secándome con el hombro una lágrima descarriada en la mejilla mientras continuaba sosteniéndole la cara hasta mi vientre—. Aquí me tienes.

—¿Estoy muerto?

—No, cariño, no estás muerto. —Le incliné la cabeza hacia arriba para poder mirarlo—. Estás a salvo, ¿vale?

Unos ojos verdes desolados, llenos de pérdida y dolor, me miraron.

—¿Ha muerto?

Sorbiendo un sollozo, sostuve su rostro cubierto de lágrimas entre las manos y le di un beso en la frente.

—Sí, cariño, tu madre no sobrevivió.

No reaccionó.

No se puso tenso ni se estremeció, no gritó ni lloró.

En su lugar, cerró los ojos, volvió a apoyar la cabeza en mi regazo y susurró:

—Creía que había sido una pesadilla.

Destrozada.

Me quedé destrozada del todo.

—Sé que te duele y que estás cansado, cariño —susurré, acercándomelo tanto como podía físicamente en ese momento—, pero te prometo que, si aguantas un poquito más, te pondrás mejor. —Lo besé otra vez—. Vas a conseguirlo, Joe. Te lo juro.

—Vale, Molloy. —Otra lágrima le recorrió la mejilla—. Lo que tú digas.

—Lo siento.

Sus palabras apenas fueron más que un susurro roto en la oscuridad mientras estaba tumbado de lado, mirándome.

Tenía los ojos vidriosos, llenos de lágrimas, y parecía que me atravesaba con la mirada, pero me cogía de la mano. Sentía cómo volvía con cada tímida caricia de su pulgar.

—Lo siento.

—No pasa nada. —Conteniendo mi emoción, me aclaré la garganta y apoyé una mano en su mejilla húmeda, notando sus lágrimas, que lentamente recorrían mi piel—. Estás bien.

Las mismas dos palabras escaparon otra vez de sus labios.

—Lo siento.

—Lo vas a conseguir. —Me acerqué en la penumbra, le puse una mano en la mejilla y froté mi nariz contra la suya—. Juntos hasta el final.

—La carta… ¿La leíste?

—Sí, Joe. La leí.

—No quería dejarte —admitió y entonces un sollozo desgarrador salió de su pecho—. Solo quería protegerte.

—Ese es mi trabajo, ¿recuerdas? —bromeé entre lágrimas—. Soy la que salva a número seis.

—¿Y si no me pongo mejor, Aoife? —dijo, aferrándose a mi cuerpo como si le fuera la vida en ello—. ¿Y si este es quien soy?

—Pues aun así estarás conmigo —le contesté—. Porque te quiero, semental. En todas tus formas y maneras.

—Los he defraudado.

—¿A quién?

—A los chicos. —Se estremeció—. A Shannon.

—No, cariño, no les has decepcionado.

—Me odian.

—Nadie que te conozca de verdad puede odiarte —susurré, secándole una lágrima de la mejilla—.

Ojalá entendieras lo mucho que significas para esos niños, lo mucho que te adoran y que te aprecian.

Ojalá te vieras a ti mismo a través de sus ojos…

—Exhalé temblorosamente—. Eres muy importante para tantas personas.

—¿Y bien? —preguntó Edel cuando entré en la cocina más tarde aquella misma noche—. ¿Ha habido suerte?

Le enseñé el plato y el vaso vacío.

—Ha habido un duelo de ingenio durante un rato, pero sabe que siempre gano.

—Ay, gracias a Dios —respondió, aliviada, llevándose una mano al pecho—. Es lo primero que come desde el lunes.

—Sándwiches de jamón y latas de Coca-Cola —solté, dejando el plato y el vaso en el fregadero—. Así se llega a su corazón.

—Es bueno saberlo. ¿Ha dicho algo más?

—Quiere que suene una canción en el funeral —le dije, transmitiendo una de sus desgarradoras divagaciones—. «Lightning Crashes» de LIVE. Es lo único que quiere —expliqué—. Bueno, la canción y la promesa de que no entierren a Marie con Teddy.

—¿Algún otro consejo, Aoife, amor? —me preguntó con un suspiro de cansancio.

—Sí, no os deis por vencidos con él —le dije, esforzándome para que el labio no me temblara mientras me daba la vuelta para mirarla—.

Sé que es difícil y a veces puede llegar a ser un coñazo, pero no lo abandones, Edel.

No importa lo que haga. Si le fallas, aunque sea solo una vez, se acabó.

—Apoyando la espalda en el fregadero, chasqueé los dedos para darle más énfasis—.

Será su fin. ¿Ese rayito de esperanza? ¿Ese pequeño puente que os está ofreciendo a John y a ti para llegar a su mundo?

Lo hará trizas en cuanto le falles y no podrás volver a entrar jamás.

Me callé un momento antes de meterme la mano en los pantalones de chándal y darle la carta.

—Me escribió esta carta y creo que deberías leerla.

Se podía oír el vuelo de una mosca mientras veía cómo Edel leía la nota de suicidio de mi novio. A cada línea que leía, le temblaban más las manos.

—Lee lo del final —le dije cuando emitió un grito ahogado y cerró con fuerza los ojos—. Lee la parte donde os confiaba a John y a ti a sus niños.

—Pobre chico.

—Porque eso es lo que son Ollie, Shan, Tadhg y Sean —me obligué a continuar—.

Son sus niños, y algo en ti y tu marido le caló.

No os dais cuenta de lo crucial que es eso.

Tenía pensado suicidarse y lo más triste de todo es que llevaba luchando toda su vida.

Está cansado. Está exhausto, y sé que, a pesar de todo, jamás contempló dejar a esos niños a menos que tuviera un plan para ellos.

Y tenía un plan. Por fin había encontrado un hogar para sus niños con unas personas en las que sentía que podía confiar.

Si conocieras a Joe como yo, sabrías que no confía en nadie.

Ha pasado por tantísimo que el hecho de que escribiera todo eso y fuera en contra de su madre y de su hermano para dejar a sus niños a salvo, bueno, es un cumplido de la hostia hacia vosotros.

—Ay, Aoife, amor.

—Pero insistirá —la advertí, secándome una lágrima de la mejilla—.

Joey hará todo lo posible por demostrar que tiene razón y que tú te equivocas.

—Temblando, llevé las manos a mi barriga hinchada y suspiré—.

Se enfrentará a ti como un soldado en la guerra porque a lo único que está acostumbrado es a estar en batalla con los adultos.

Cuestionará todo lo que hagas, desde los programas de televisión que les dejes ver hasta la comida con que los alimentes.

Te vigilará como un halcón y hará que te sientas como una paranoica, pero no es nada personal.

Tienes que entender que esos niños son sus cachorros y él es una mamá oso ensalzada.

»Darte poder será su mayor sacrificio porque eres una mujer, y las mujeres siempre lo han defraudado.

No se le puede arreglar como a Tadhg, Ollie y Sean.

No puedes ponerle una tirita y curarle las cicatrices que le han hecho.

No es indulgente como Shannon ni diplomático como Darren.

Joey no está abierto al cambio. Es un libro cerrado.

Está traumatizado más allá de lo que tú, sus hermanos o cualquier otra persona pueda comprender.

Pero ¿tú? —La miré directamente a los ojos—.

Hay algo de ti que le llama. Te está confiando a sus niños. Eso es un avance.

—Lo voy a dar todo por estos niños —prometió, con la voz cargada de emoción—. Lo voy a dar todo por él.

—Eso espero —respondí con un tono de voz como el suyo—, porque va a ponerse mejor, te lo juro, y entonces tu familia va a conocer al Joey de verdad. Y te juro que os vais a enamorar hasta las trancas de él.

Sonrió con dulzura.

—Ya estamos hasta las trancas, amor.