Rey de la gula (Pecados 6) 112. No puedes detenerme
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112. No puedes detenerme

NO PUEDES DETENERME

Aoife

—No está bien, Tony —dijo mi madre, dejando una taza de chocolate caliente recién hecho delante de mí el viernes por la noche—. Han pasado cuatro días. La chica tiene que verlo.

—Escucha, Trish, no te lo voy a discutir.

Yo tampoco creo que esté bien —respondió mi padre, sentándose a la mesa de la cocina a mi lado—, pero él es su hermano.

Es el mayor. Sus padres han muerto. Tenemos que respetar sus deseos.

Darren está haciéndolo lo mejor posible dadas las circunstancias para mantener a la familia unida.

Habían pasado cuatro largos días desde el incendio.

Habían pasado cuatro largos días sin tener contacto con Joey.

Habían pasado cuatro largos días desde que se me había venido el mundo abajo al leer las palabras de lo que solo podía describirse como la nota de suicidio de mi novio.

La cabeza me daba vueltas. Tenía el corazón roto en mil pedazos.

Todo aquello podría haberlo llevado mejor si al menos me hubieran dejado verlo.

Pero no, por lo visto, no era lo que Joey necesitaba en esos momentos.

Según Darren, tenía que mantener la distancia y darle a su hermano tiempo para pasar por el duelo.

Y una mierda.

Joe no estaba solo pasando por un duelo.

Si lo tenían metido en una habitación en alguna parte, entonces estaba sufriendo el síndrome de abstinencia.

Estaba muy mal y el hecho de que no me dejaran estar con él me ponía físicamente enferma.

—Darren no es el patriarca de la familia Lynch —solté, notando que se me hacían nudos en el estómago—. Es un pésimo sustituto del único padre que esos niños nunca tuvieron.

—Su madre…

—No estoy hablando de su madre, papá —espeté, apartando la taza de mí—. Estoy hablando de Joe.

—Bueno, cuando Darren llamó, nos pidió que Aoife no fuera el lunes al funeral —dijo mi madre—. Al parecer, Joey va a ir después directamente al centro de desintoxicación y no cree que ver a Aoife sea bueno para él. Por si cambia de opinión.

—¿Yo qué coño soy? —pregunté, retirando la silla y levantándome—. ¿El demonio en persona?

Mi madre suspiró con fuerza.

—Aoife…

—No, mamá, es una chorrada —grité, odiándome por sonar tan débil en aquel instante—.

No es justo. He estado aquí todo el tiempo.

No me he escapado. No he ido a ver cómo está Joey.

Seis años, mamá. He estado seis años a su lado y lo he ayudado.

Lo he sacado de los narcopisos. Le he quitado agujas del brazo.

He suplicado y he pedido dinero para pagar a sus camellos y mantenerlo a salvo, y ahora, porque estoy embarazada, Darren me va a hacer quedar como si yo hubiera llevado a Joey a esa mierda.

—¡Por Dios santo! —exclamó mi padre, dejando caer la cabeza en sus manos—. ¿Por qué no nos contaste que la situación era tan mala?

—¿Cómo iba a hacerlo? —respondí—. Mira cómo estáis reaccionando ahora. ¡Lo habrías despedido del taller y lo habrías apartado de mí, y él no tenía a nadie más!

—Solo tienes dieciocho años —replicó, con los ojos llenos de lágrimas—. No quiero ese tipo de vida para ti.

—Joey también tiene dieciocho años —dije, temblando—. Y él es mi vida, papá. Él es mi vida y yo soy la suya. Somos familia. —Se me quebró la voz e inhalé de forma entrecortada antes de añadir—: Es el padre de mi bebé y Darren me está apartando de él.

—Aoife, cariño, sé que… —El sonido del timbre irrumpió en la cocina, lo que hizo que mi padre se callara y mirase la puerta cerrada con el entrecejo fruncido—. ¿Estás esperando a alguien, Trish?

—No, amor —respondió mi madre, dando unas palmaditas sobre la mano de mi padre—. Espero que sea la pequeña Casey. Suele pasarse después del trabajo.

—¿Aoife? —me llamó Kev desde el pasillo al cabo de unos instantes—. Sé que no quieres que te hable, pero aquí hay una mujer que pregunta por ti.

—Si es otra puta periodista buscando declaraciones, me va a dar algo —soltó mi padre, poniéndose de pie para salir de la cocina.

Durante toda la semana nos habían bombardeado con llamadas telefónicas de las emisoras de radio locales, y los periodistas venían a casa buscando una exclusiva.

Éramos un país pequeño, lo que significaba que un incendio era una gran noticia en Cork.

Hasta había llegado a las noticias nacionales, y los medios de comunicación estaban siendo desagradablemente indiscretos al respecto.

Casey incluso había oído el rumor de que las cadenas de noticias nacionales tenían pensado asistir al funeral.

Era de una falta de sensibilidad increíble, cuando seis niños acababan de perder a sus padres, aunque fuesen unos padres de mierda.

Mi padre volvió al cabo de unos minutos con una mujer rubia conocida a la zaga.

—Trish —dijo, señalando a la rubia glamurosa que se había sentado con nosotros a la mesa—. Esta es Edel Kavanagh.

—Hola, Trish —dijo Edel, dedicándole a mi madre una dulce sonrisa antes de centrar su atención en mí. Me saludó con los ojos llenos de compasión—. Aoife, amor, ¿cómo estás?

—¡Ay, Dios mío! —exclamé, prácticamente cayéndome de la silla en mi intento por llegar hasta él—. ¡Seany!

—E-fa —balbució entre los dedos que se chupaba, antes de soltarse de Edel y tambalearse hacia mí, con la manita cubierta por su baba habitual—. E-fa.

—Ay, pequeño Seany. —Lo cogí en brazos y me derrumbé, y entonces una oleada de alivio me inundó al ver su cabecita de pelo rizado—. No tienes ni idea de cuánto me alegro de verte, bebé.

—O-y triste —me dijo, tocándome la mejilla con la mano—. O-y echa menos E-fa.

El hecho de que estuviera intentando hablar y que estuviera consiguiendo expresarse bien solo me hizo llorar más.

—Sí, colegui. —Me sorbí la nariz, hundiendo la cara en su cuello y empapándome de su olor familiar—. Gracias.

—¿Café?

—Me tomaría una taza, gracias, Trish.

—¿Cómo están los demás? —pregunté, incapaz de impedir que mi voz estuviera cargada de emoción—. Y Joey… —Solté el aire de forma entrecortada, me puse de pie y me llevé a Seany conmigo para volver a mi asiento en la mesa de la cocina—. ¿Está bien?

—Gracias, Trish —dijo Edel, aceptando una taza de café humeante que mi madre le había entregado, antes de volver a centrar su atención en mí—.

Darren, Shannon, Ollie y Tadhg lo están llevando muy bien dadas las circunstancias.

—Sonrió con benevolencia al niño pequeño en mi regazo—. Y Seany es el chiquitín más dulce.

—¿Y Joe?

Negó con la cabeza tristemente.

—No lo lleva tan bien como los demás.

El alma se me cayó a los pies.

—Está fatal —añadió, y yo agarré con más fuerza al niño que tenía en el regazo, como si tuviera una conexión con mi novio por primera vez en días—. Apenas ha dicho una palabra desde la noche del incendio.

—Dios —dijo mi padre entre dientes, frotándose la cara con las manos manchadas de aceite—. Pobre chaval.

—Tampoco ha comido un bocado —comentó con una preocupación evidente tanto en la voz como en la expresión de su rostro—. Para serte sincera, no estoy segura de si ha dormido. Cuando no está vomitando, está mirando, inerte, la pared.

—Tengo que verlo —le dije despacio, con énfasis, desesperada de cojones, deseando que aquella mujer hiciera lo correcto por mi novio—.

No lo entendéis. Darren cree que lo sabe todo, pero no tiene ni idea.

No conoce a su hermano en absoluto, pero yo sí.

Conozco a Joey. Puedo ayudarlo. Puedo llegar hasta él, si me dais una oportunidad.

—Estoy de acuerdo —me sorprendió diciendo—. Por eso estoy aquí, amor.

Alcé las cejas, sorprendida.

—¿Estás de acuerdo?

Edel asintió con la cabeza.

—Yo quería que vinieras a casa esa noche.

Creía que sería bueno para Joey tenerte allí con él, pero Darren acababa de perder también a su madre y no tuve el valor de pelearme con él.

Fue muy firme con que sabía lo que era mejor.

—Le dio un sorbo al café antes de dejar la taza y decir—: Pero me da la impresión de que lo mejor para Joey está sentada en esta cocina.

Sus palabras.

¡Dios, sus palabras significaron tanto para mí!

Me envolvieron el corazón como un cálido abrazo.

—¿Me llevarás a verlo?

Me dedicó una sonrisa triste y asintió con la cabeza.

—No deberían nunca haberte apartado de él, amor. Fue un error de juicio por mi parte y no volverá a pasar.

Me puse de pie antes de que terminara la frase.

—Estoy ya lista.

—No —soltó mi padre—. No quiero que vaya.

—Tony —dijo mi madre suspirando—. Por favor…

—Lo siento, sé que el chico está fatal —respondió mi padre, sonando de verdad destrozado— y le daría la mitad de mi corazón si eso le hiciera sentirse mejor, te juro que lo haría, pero no a expensas del bienestar de mi hija.

—Tony.

—Aoife ya está de más de cinco meses. Necesita estar aquí a salvo y no estresada.

—Voy a ir, papá.

—Aoife, no, por favor. ¿Puedes pensar en ti un minuto?

—Voy a ir, papá —repetí, dejando a Sean a sus pies—. Y no hay nada que tú, Darren o quien sea pueda decir para detenerme.