111. Despiértame cuando todo haya terminado
DESPIÉRTAME CUANDO TODO HAYA TERMINADO
Joey
—¿Cómo se supone que voy a hacer esto, John? ¿Cómo se supone que voy a preparar el funeral de mi madre?
—No estás solo en esto, Darren. Te apoyaremos tanto como podamos.
La gente hablaba a mi alrededor.
—Tardarán un tiempo en liberar los cuerpos.
Haciendo planes.
—Supongo que el cuerpo de él también se lo darán a tu familia.
Tomando decisiones.
—No la van a enterrar con él.
No podía asimilar nada de lo que decían.
—La Gardaí tomará otra ronda de declaraciones, pero se puede decir sin miedo a equivocarse que tiene pinta de haber sido un incendio provocado.
Desplomado contra la mesa de un comedor en el que nunca había entrado, tenía apoyada la mejilla en el roble macizo y me sostenía la parte posterior de la cabeza con las manos.
—Por supuesto que ha sido provocado. ¡El cabrón la quemó viva! Es un asesinato-suicidio.
La mano.
—Intentó llevarse a los críos con él.
¿Por qué coño no podía quitarme de la cabeza la imagen de su mano colgando de la bolsa de cadáveres?
—El médico está en camino. Se encargará de ambos.
«Es tu madre, gilipollas».
«Está ahora en una mesa de autopsias».
«Porque no pudiste quedarte».
—Por Dios santo, la tata no deja de llamar y ahora mismo no puedo hablar con ella.
Temblando violentamente, me concentré en el sonido de mi corazón aporreando con fuerza la caja torácica.
—Ven, dame el teléfono. Ya hablo yo con ella, cariño.
Mientras tanto, no dejaba de temblarme el cuerpo.
—Alex. Tengo que ponerme en contacto con Alex. Está en Belfast. No sabe que…
Y el recuerdo de las quejas de mis hermanos continuaba persiguiéndome.
—Yo lo haré por ti.
La mano.
—Y con la hermana de mamá, Alice, en Beara.
¿Era en la que llevaba el anillo de boda?
Joder, sí.
«Lo siento, mamá».
«Lo siento muchísimo, joder, mamá».
—Joey, amor, ¿qué opinas de esto?
Era la mano izquierda.
¿Lo llevaba puesto?
—¿Hay algo que te apetezca probar?
No recordaba verlo.
Joder, siempre lo tenía puesto.
—Tiene que llevárselo. Se morirá si no le dan tratamiento, y no puedo perder a otro miembro de mi familia.
¿Dónde estará su anillo?
¿Se le fundió con la piel?
—Joey, amor, ¿nos oyes?
No estaba del todo seguro por qué ella o los otros estaban haciéndome preguntas.
No me quedaban palabras en la cabeza para responderles.
—Joey, cariño. ¿Tienes tu móvil? Puedo llamar a tu novia si quieres.
—No —mascullé con el cuerpo rígido mientras su cara aparecía en la oscuridad. La única cara que había sido capaz de ver desde los doce años.
Pelo rubio.
Ojos verdes.
Sonriente.
Encantadora.
Cálida.
Luminosa.
Esa cara.
«Reina».
—No —conseguí decir mientras el corazón se me disparaba en el pecho—. No quiero que… me vea así.
—Joey, amor, seguro que Aoife está muy preocupada.
—No, Edel, no quiero que se le acerque.
«Entonces ¿tienes nombre, chico-que-puede-pensar-por-sí-mismo?».
—Darren, amor, eso no es decisión tuya, sino de tu hermano.
«Eres mi amigo favorito, mi favorito todo».
—Sí, bueno, mi hermano no está bien. No necesita más carga sobre sus hombros. ¿Es que no ves que ya ha llegado al límite?
«Si tuviera un paquete de Rolo ahora mismo, te daría el último».
—¿Qué crees que le hará traer a su novia preñada? Ahora necesita centrarse en sí mismo y no podrá hacerlo si la tiene delante.
«No te preocupes, Peter Pan. Yo seré tu Wendy».
—No puedes dejarla fuera, amor. Va a tener a su bebé.
«No pasa nada. Tú concéntrate en nosotros».
—Oye, solo intento mantener vivo a mi hermano. Si eso me convierte en el malo, pues que así sea. Aceptaré ese título y soportaré toda la mierda que lo acompañe, por él. Porque no puede con esto, Edel. No puede chuparle la vida otra persona más.
«Te quiero, Joey Lynch».
—¿Alguna vez has considerado que tal vez ella le dé vida?
«Juntos hasta el final, Joe».
—Sé de lo que estoy hablando. No puede con ella ahora mismo. ¡Acaba de ver cómo sacaban el cadáver de nuestra madre de la casa donde nos hemos criado! ¡Necesita ir a un centro de desintoxicación, no jugar a las casitas con una adolescente!
—Darren, amor, sé que lo dices con el corazón, pero creo que en esto te equivocas. Separarlos solo se volverá en tu contra a la larga.
—¡Me da igual! Va a ir al centro de desintoxicación. Ha accedido a ir y yo no voy a mantenerme al margen y permitir que le ponga ideas en la cabeza que lo hagan cambiar de opinión.
—Esto se volverá en tu contra.
—Me da igual. ¿Joe? Soy yo, Dar. ¿Me oyes? Necesito que firmes estos formularios, ¿vale? Yo no puedo hacerlo por ti, colega. Ya tienes más de dieciocho años. Tendrás que firmar tú el registro.
Quienquiera que estuviese sentado a mi izquierda me rodeó los hombros con el brazo y entonces supe que estaba destrozado.
Porque no me moví.
Porque no me dolió.
Porque no me importó.
—Dame un boli —logré decir, usando toda la fuerza que me quedaba dentro para levantar la cabeza de la mesa—. Firmaré.
—Gracias a Dios.
—Estás haciendo lo correcto, hijo.
—Prométeme algo —mascullé.
—Lo que sea, Joey, amor.
—Estoy muy orgulloso de ti, Joe.
Garabateé mi nombre en la hoja, solté el bolígrafo y dejé caer la cabeza en mis manos, como si no me quedara nada de vida dentro.
—Prométeme que la mantendrás a salvo por mí.
—¿A quién, Joey, amor?
—A Molloy.