Rey de la gula (Pecados 6) 110. Ya es hora
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110. Ya es hora

YA ES HORA

Aiofe

—¡Aoife! —me llamó Casey—. ¡Madre mía, Aoife!

—Corrió directa a mí, rodeando a un grupo de mujeres en pijama—.

No tienes ni idea de cuánto me alegro de verte.

—Sin aliento, jadeando, me envolvió en sus brazos cuando me alcanzó—.

Oí las sirenas y luego vi las llamas, y todo el mundo empezó a salir de sus casas.

¡Dios! Te llamé, pero me saltaba el buzón de voz todo el rato.

Me aterrorizaba que pudieras estar ahí dentro. Cuando vi a Joey perdiendo la…

—¿Lo has visto? —pregunté, con el pecho agitado, mientras me esforzaba por encontrarle sentido a lo que estaba presenciando—. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Está bien? ¿Estaba…?

—Sí, lo he visto. Está bien… Bueno, está claro que no estaba bien. Quiero decir que es comprensible que se le fuera la olla e intentase entrar en la casa, pero Johnny Kavanagh apareció y se lo llevó.

Y eso fue lo único que me hizo falta.

«Estaba bien».

Dos palabras.

—¿Está bien? —Sollozando de manera incontrolable mientras un tsunami de alivio me inundaba, sentí que me fallaban las piernas—. ¿Joe está bien?

—Tú también lo estás —me tranquilizó mi padre, cogiéndome antes de que cayera al suelo—. Tú también estás bien, cariño. —Se giró hacia Casey y preguntó—: ¿Han salido todos?

—Los niños, sí —la oí que le decía—. Según lo que he escuchado a los vecinos, han llevado a Joe y a todos los niños a la casa del novio de Shannon. Pero su madre y su padre… Son los únicos que se han quemado…

—Bien, es suficiente —la interrumpió mi padre, rodeándome con un brazo para llevarme contra su pecho—. Te llevaré a casa conmigo ahora mismo. Casey, tesoro, ¿vienes? Creo que a Aoife le sentaría bien estar con su amiga esta noche.

—Claro, Papi T, voy con vosotros.

—¿Qué? ¡No, no, no! —Con los ojos muy abiertos, horrorizada, me giré para mirar a mi padre boquiabierta—. No, papá. No puedo ir a casa. Tengo que verlo. Está…

—No —me interrumpió mi padre y, con un brazo fuerte rodeándome los hombros, me llevó hacia la camioneta.

No vas a hacerlo. Te vienes a casa con Casey y conmigo, y te vas a quedar allí.

Mañana será otro día. Lo podrás ver entonces.

Te prometo sinceramente que te llevaré yo mismo a casa de Kavanagh, pero ahora mismo necesito que vengas a casa y descanses.

—Papá, no lo entiendes…

—No, eres tú la que no lo entiende, Aoife —espetó, ayudándome a entrar por el lado del copiloto en la furgoneta, y luego esperó a que Casey subiera a mi lado antes de cerrar la puerta y dar la vuelta hacia el asiento del conductor—.

Estás embarazada, por Dios santo —continuó mientras se sentaba en el coche y lo arrancaba—.

Esto no es bueno para ti. Sé que quieres al chico y a mí también se me parte el corazón por él.

He sido indulgente contigo toda la noche.

He hecho todo lo posible para ayudarte y apoyarte, pero ahora me pongo firme.

Esto no es bueno para el bebé, y creo que ya es hora de que empieces a darle prioridad al niño.