109. Soñé con una casa en llamas
SOÑÉ CON UNA CASA EN LLAMAS
Joey
Al llegar al final de mi calle y posar los ojos en las llamas anaranjadas que salían de mi casa, el peso de la repugnancia y el odio a mí mismo que llevaba a la espalda enseguida fue sustituido por puro terror.
Los camiones de los bomberos.
Las ambulancias.
Los coches patrulla.
Las sirenas.
Era por mi casa.
Por mi familia.
—¡Joey! —gritó Fran, la vecina de al lado, corriendo hacia mí mientras hordas de vecinos empezaban a reunirse en la calle—.
No sé qué ha pasado. Tu padre se presentó hace un par de horas y entonces, de repente, la casa entera ardió.
Llamé a la Gardaí en cuanto oí el estallido, pero… Los oí hablar de acelerantes.
—¿Mi padre? —Temblando violentamente, aparté la vista de su cara para mirar hacia la casa—. ¿Estaba aquí?
—Todavía está ahí, cariño.
—¿Dónde está mi madre? —pregunté, notando que mi cuerpo cada vez tenía menos fuerza mientras una horrible sensación de frío temor me inundaba—. ¿Dónde están los niños?
—No lo sé, cariño. —Negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas—. Creo que podrían seguir dentro. No he visto a nadie salir.
«¡Dios santo!».
Con el corazón acelerado en el pecho, entré en acción y el cuerpo enseguida se me puso en modo lucha mientras corría hacia las llamas.
—¡Joey, no!
—No puedes entrar ahí, tesoro.
—¡No es seguro!
Ignorando a Fran y a cualquier otro vecino que intentara interponerse en mi camino, pasé por debajo de la cinta que acordonaba la casa, apenas evitando a dos bomberos. Sin embargo, en cuanto toqué el pomo de la puerta, una repentina ráfaga de calor abrasador me atravesó la piel.
Estaba ardiendo.
«Joder».
—¡Shannon! —bramé, levantando la voz por el pánico mientras me ponía la camiseta sobre la mano y persistía, ya que necesitaba entrar dentro de la casa más que lo que necesitaba el aire—. ¡Tadhg!
Ahogándome y farfullando, de repente una nube de humo negro me recibió en el pasillo donde había presenciado los primeros pasos de Sean y Ollie, me tapé la nariz y la boca con el brazo y entré a trompicones solo para que se me tragara el humo.
Por un momento me sorprendió el calor insoportable que me atacaba la carne y fui a tientas en la oscuridad, intentando familiarizarme con el entorno y localizar la escalera.
—¿Ols? —Me dio un ataque de tos, me agarré la garganta e intenté coger aire en la oscuridad—. ¿Pequeño Seany?
Logré encontrar la escalera, cegado y asfixiado por el humo, y subí tres peldaños cuando me arrastraron bruscamente hacia atrás.
—Quítame las manos de encima —farfullé y tosí, intentando librarme del bombero que me agarraba mientras me llevaba hacia el exterior—. Tengo que…
—¡Quédate fuera! —me ordenó, apartándome mientras tres de sus compañeros se acercaban corriendo con una manguera—. No hay nada dentro.
¿No había nada?
¿Qué puta mierda significaba eso?
Fui a echar a correr, pero terminé retrocediendo a trompicones y cayendo de culo cuando alguien me paró.
—Tenemos uno.
—Apártate, apártate.
—¿Niño o adulto?
—Una mujer en la puerta de la cocina.
—¿Y?
—Creo que llegamos demasiado tarde.
—¡Los paramédicos! ¡Ya!
—Ay, joder…
Todo lo que tenía en el estómago me subió a toda velocidad hacia la boca cuando vi a un bombero poner a mi madre en una camilla.
La cara.
El pelo.
La mano quemada y llena de ampollas.
Jadeando, vi lleno de horror cómo le cortaban la ropa.
—¡Mamá! —grité, notando que las lágrimas me humedecían las mejillas—. ¡Salvadla!
«Ay, Dios».
No había ni un centímetro de ella que no estuviera quemado y lleno de ampollas.
El fuego la había destrozado.
—¡Mamá! —Me acerqué arrastrándome a ella, solo para que me apartaran—. ¿Está viva? ¿Mi madre está viva?
—No mires, chaval. —Alguien me dijo al oído mientras me echaban una manta por encima de los hombros y me apartaban de la escena—. Tú cierra los ojos.
No podía cerrar los ojos.
No podía soportar que los sanitarios estuvieran manipulando a mi madre.
Mi madre.
Esa era mi madre.
Con las manos en carne viva.
Quería gritarles que le miraran la mano, pero no me salían las palabras.
—Mamá —susurré, temblando con fuerza—. Mamá…
—Tenemos otro…
—Un hombre.
—En el salón.
—Parece que intentaba escapar por la ventana.
—Muerto.
—Ya está controlado —oí que alguien gritaba instantes antes de que sacaran otro cuerpo de la casa—. Arriba no hay nadie.
«¡No, no, no!».
Arriba sí había alguien.
Había niños allí arriba.
¡Los había dejado allí, joder!
—¡Mis hermanos y mi hermana! —conseguí decir, poniéndome de pie mientras intentaba quitarme de encima los brazos que me rodeaban los hombros—. ¡Dejadme entrar, mierda!
—No hay nadie más dentro.
—¡Os equivocáis! —le respondí con vehemencia al hombre que ahora me daba cuenta de que era un agente de la Gardaí—.
¡Mis hermanos y mi hermana están arriba!
—Sabía que estaban allí. Peor aún, porque, si eran conscientes de que nuestro padre estaba en casa, había muchas posibilidades de que se hubieran atrincherado en sus habitaciones y estuvieran escondidos—.
Joder. Están dentro de esa casa. Tenéis que dejarme ir a por ellos.
—Soltando un grito de dolor, intenté inútilmente quitarme aquellas manos de encima—.
¡Yo los dejé allí! ¡Los dejé ahí dentro con ella!
—Han comprobado toda la casa —trató de apaciguarme. Me mintió a la puta cara—. No hay nadie dentro.
«Mentira».
Conseguí zafarme de él, me aparté y di un par de pasos hacia la casa antes de que volvieran a arrastrarme hacia atrás.
—¡Quítame las manos de encima, puto cerdo asqueroso!
En medio de mi mundo derrumbándose a mi alrededor, apareció la cara de Johnny Kavanagh.
—Joe —me llamó, pasando por debajo de la cinta—, tranquilo.
—¡Kav! —Apartándome del gilipollas que intentaba sujetarme, me acerqué al novio de Shannon—.
¡Tienes que ayudarme a sacarlos! —Desesperado, corrí hacia él, porque, si había alguien en el mundo que salvaría a mi hermana, ese era Johnny—.
Me fui. Me cabreé y me marché. ¡Pero no podía hacerlo!
No podía abandonarlos, así que regresé y la casa estaba…
¡Mi madre! —La imagen de mi madre hizo que se me revolviera el estómago y se me escapó un sollozo—.
¡Joder! Shannon. Tadhg… Nadie me escucha…
—Están conmigo, Joey. —Tres palabras que sacudieron los cimientos sobre los que estaba, seguidas de tres más—. Yo los saqué.
—¿Están contigo? —Me mareé mientras trataba de comprender qué coño me estaba diciendo. ¿Estaban con él? ¿Mis niños?—. ¿Los sacaste tú?
Asintió con energía mientras me rodeaba el cuerpo con los brazos.
—Ollie, Tadhg, Sean y Shannon.
Ollie.
Tadhg.
Sean.
Shannon.
¿Estaban con Johnny Kavanagh?
Si aquello era una broma, era de las más crueles.
—Mierda —dije, de repente acordándome—, ¡Darren! —Me lancé una vez más hacia la casa en llamas—. Mi hermano sigue ahí dentro.
—No, él también está en mi casa —me dijo al oído mientras apoyaba mi espalda contra su pecho y me apartaba del fuego que casi nos rozaba—.
Están todos allí. Te lo juro por Dios, chaval, todos tus hermanos y Shannon están ahora mismo en mi casa.
—Me sujetó con fuerza y estuve casi seguro de que aguantaba el peso de ambos cuando me susurró al oído—: Están a salvo.
«Están a salvo».
«Están a salvo».
«Están a salvo».
—Tenéis que salir de aquí los dos —ordenó alguien—. Es peligroso.
—Nos vamos —respondió Kav, apartándome de la casa—. Vamos, chaval.
Se interrumpieron sus palabras cuando metieron dos bolsas de cadáveres en una ambulancia.
Mi madre.
No había sobrevivido.
Kav puso una mueca de dolor y nos dio la vuelta, pero era demasiado tarde para mí.
Ya lo había visto.
Los había visto.
A él y a ella.
A mis padres.
El uno al lado del otro.
Incluso muertos.
—Esto es culpa mía.
—No. —Pasando por debajo de la cinta que acordonaba la casa de mi infancia, Kav me llevó hacia el familiar Mercedes—. Esto es culpa suya, Joey. Suya.
—Estaba colocado —confesé, notando cómo la mente me patinaba mientras me esforzaba por asimilarlo todo. Mientras lo revisaba todo—. Se me fue la olla y me piré.
—Y, si te hubieras quedado, te habrías desmayado en tu cama. Darren no habría salido a buscarte, Shannon no habría estado despierta para llamarme y todos habríais muerto en el incendio mientras dormíais.
Estaba diciendo unas palabras que no me ayudaban.
Nada me ayudaba.
—Dios santo. —Otra espantosa imagen de su mano apareció en mis ojos—. Mi madre.
—No ha sido culpa tuya, así que no te atrevas a dejar que ese cabrón se te meta en la cabeza —me ordenó mientras me empujaba a lo que creía que era la parte trasera de un coche.
Ya no sabía nada.
—Tú no has hecho esto —oí que decía el novio de mi hermana por allí cerca—. Lo hizo él.
Se me escapaba todo.
Era como si la mente hubiera llegado a su límite y hubiese decidido bloquearse.
¿Era supervivencia?
¿Era una crisis nerviosa?
¿Había saltado del puente?
¿Estaba ahora en el infierno?
Me sentía como en el infierno.
Estaba atrapado en una pesadilla.
«Despierta».
«Despierta, Joey».
—Joey, ahora vas a venir con nosotros a casa, ¿vale? —estaba diciendo una voz familiar, pero no supe de dónde procedía. El corazón me latía tan rápido que se me nublaba la vista. ¿O acaso eran lágrimas?—. Vamos a cuidar de ti y no te lo estoy preguntando, hijo. Te lo estoy diciendo.
«Has saltado».
«No te preocupes, has saltado».
«Nada de esto es real».
«No está ocurriendo».
—No debería estar aquí —me oí decir a mí mismo. A quién, no lo tenía claro, pero lo dije—. Tengo que mantenerlos a salvo.
—Están a salvo. —Alguien estaba sosteniéndome. Un brazo me rodeaba el hombro y una mano grande cubría la mía—. Y tú también.
¿Era Dios?
¿Era el diablo?
¿Dónde coño estaba?
—No —mascullé adormilado mientras notaba que perdía lo último que me quedaba de cordura—. Tenía que mantenerlos a salvo.