Rey de la gula (Pecados 6) 107. Esa no es la solución
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107. Esa no es la solución

ESA NO ES LA SOLUCIÓN

Joey

Durante la mayor parte de mi vida había sentido que se me acababa el tiempo. En ese momento, sentado en la barandilla metálica del puente que separaba la urbanización de Molloy de la mía, con el final a la vista, de pronto sentí que tenía todo el tiempo del mundo.

El viento nocturno me azotaba la cara, pero yo no lo notaba. Con los ojos clavados en la embravecida corriente de agua que fluía bajo mis pies, estrellándose contra el pie de la estructura, sentía tal nivel de calma que era asombroso.

Tras varias semanas de lluvia, el río del pueblo estaba a punto de rebosar sus márgenes.

Bien.

La corriente me llevaría rápido.

Tan solo tenía que dejarme ir.

Cerrar los ojos y dejarme caer.

Inquietantemente en paz con mi decisión, tiré la bolsa al agua y contemplé cómo el río se la tragaba y la arrastraba con él.

Podría ser yo.

Podría simplemente desaparecer.

«Voy a desaparecer».

«Es lo mejor para todos».

«Sobre todo para ella».

«Porque nunca va a parar de luchar por mí mientras mi corazón siga latiendo».

«Y yo nunca voy a dejar de arrastrarla hacia el fondo conmigo».

—¡No lo hagas! —gritó una voz, y me puse rígido antes de girarme a desgana y encontrarme con una rubia que me resultaba familiar y me miraba desde el lado del puente que daba a Rosewood.

—No lo hagas, Joey. —Vestida con una sudadera varias tallas más grande que la suya, Lizzie Young caminaba lentamente hacia mí—. Detente.

—Da media vuelta y pírate —contesté exhausto mientras volvía a centrarme en el río—. Tan solo… déjame en paz.

—Por favor —susurró acercándose poco a poco—.

Por favor. —Temblando, extendió el brazo y me cubrió la mano con la suya—.

No te tires. —El viento le revolvía el pelo alrededor de la cara, pero no titubeó en ningún momento mientras se aproximaba y me cogía la muñeca con la mano—. Esa no es la solución.

Agotado, lancé un suspiro con la mirada fija en la mano con la que había envuelto la mía.

—Lizzie, por favor, solo…

—¡No! —Tras soltarme temporalmente la muñeca, la amiga de mi hermana me rodeó con ambos brazos y me apretó la mejilla contra la espalda—. No voy a dejar que le hagas eso a Shannon.

—¿Hacerle el qué?

—Convertirla en mí.

—No necesito esta mierda —solté, pero la voz se me quebró en mitad de la frase y sonó como la de mi hermana—. ¿Me oyes? ¡No quiero que nadie me salve!

—¡Me da igual lo que quieras! —me gritó—. ¡Lo que me preocupa es lo que necesitas!

—Suéltame.

—¡No!

—Lizzie…

—Así no vas a arreglar nada —dijo con voz ahogada enterrando la cara en la parte de atrás de mi sudadera—.

Crees que es la solución a todos tus problemas, y tal vez sea cierto, a los tuyos.

—Cogió una bocanada de aire—. Pero ¿y la gente a la que dejas atrás?

¿Crees que van a ser capaces de aceptarlo?

—Notaba cómo movía la cabeza hacia los lados—.

Nunca lo aceptarán, Joey. Los obsesionará para siempre. A mí me pasa.

—Yo no soy tu hermana.

—Sabes que es el mismo puente, ¿verdad? —sollozó aferrándose a mi cuerpo como si le fuera la vida en ello—. ¡Fue aquí mismo, Joey!

No.

Eso no lo sabía.

—No había nadie para detenerla —prosiguió, llorando desconsoladamente—. No había nadie para detener a mi hermana, pero ahora yo estoy aquí. ¡Y voy a detener al hermano de mi mejor amiga para que no siga los pasos de mi hermana!

—Yo no soy tu hermana —repetí entre balbuceos con la cara llena de lágrimas—. No vale la pena salvarme.

—¿Tienes idea de lo egoísta que es eso, joder? —preguntó—. ¡Porque significas mucho para mucha gente!

—No sabes lo que dices.

—¡Tu hermana y tus hermanos te quieren! —gritó con todas sus fuerzas—. Joder, te quieren tanto que es palpable. ¿Y tu novia? ¿Aoife? Hostia puta, tío, en la vida he visto a nadie tan enamorado de otro ser humano.

—Tú no lo entiendes. —Sacudí la cabeza, temblando—. No soy bueno para ella.

—Entonces vuélvete bueno para ella, joder —me espetó mientras el aire nos traía el sonido de las sirenas de unos camiones de bomberos—.

No tires la toalla y le arruines la vida antes incluso de que empiece.

Porque eso es lo que vas a conseguir. Salta y no te estarás matando solo tú.

Estarás matando a todos los que te quieren.

Los estarás sentenciando a cadena perpetua. Créeme. Lo sé bien.

—Intento hacer lo correcto —imploré—. ¡Por favor, déjame hacer lo correcto por una puta vez en la vida!

—¡Siempre has hecho lo correcto! —me gritó ella mientras el viento aullaba y las sirenas se acercaban—. Nunca has tenido ese problema, Joey Lynch.

—No me conoces.

—Me pareces un mierda por pensar en hacer esto —argumentó—.

Pero, en general, eres una persona de puta madre, joder, y no voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo otra persona que conozco se borra del mundo por las acciones de algún gilipollas.

Porque esto va de eso, ¿verdad? —preguntó—. ¿Es por tu padre?

—¡Qué cojones sabrás tú de mi padre!

—¡Vale! —concedió todavía a gritos—. No te conozco. Haz que eso cambie. ¡Bájate de la barandilla y háblame de él!

Con el corazón martilleándome en el pecho, bajé la mirada hacia sus manos, que estaban entrelazadas y apoyadas contra mi abdomen.

—Si no me sueltas, nos vamos los dos para abajo.

—¿Sí? —Subió la apuesta y me apretó con más fuerza—.

Entonces supongo que nos vamos los dos para abajo.

Y, por favor, ten en cuenta que, según los rumores y el color de tus ojos, es evidente que vas puestísimo, así que cualquier decisión que tomes podría estar muy influenciada por la mierda que corre por tus venas y no por cómo te sentirías en realidad si tuvieras la cabeza en su sitio.

—Dios —solté con frustración—. Eres cabezota de cojones.

—Le dijo la sartén al cazo —contrarrestó Lizzie—. Bueno, ¿cómo lo ves, Joey Lynch? ¿Esta noche vamos a morir o vamos a vivir?

—Tú vas a vivir —respondí a regañadientes permitiéndole que tirara de mí por encima de la barandilla hacia tierra firme—. Pero yo estoy sufriendo chantaje emocional.

—Oye, lo que sea porque ese corazón siga latiendo —contestó—. Lo siento, pero no lo siento.

De nuevo, a nuestros oídos llegó la estridente sirena de un camión de bomberos, y ambos nos giramos hacia el lado del puente que daba a Elk para ver luces parpadeantes que se movían velozmente a lo lejos.

—Parece que no eres el único que supone una amenaza para la sociedad esta noche —bromeó cruzándose de brazos, todavía observándome con cautela—. Parece que viene de tu zona.

—Sí —murmuré sintiendo que una oleada de inquietud se apoderaba de mí mientras contemplaba a lo lejos el flujo de camiones de bomberos, ambulancias y coches patrulla que se dirigía a toda velocidad hacia la urbanización Elk—. Creo que tienes razón.