105. Pequeñas advertencias #2
—Pero nunca pude salvarte, mamá —gimoteé odiándome por ser tan débil mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas. Odiándome por seguir queriéndola—. ¡No pude salvarte porque no querías que lo hiciera! ¡Querías que él siguiera aquí! Querías que pasara todo esto…
Mi madre me cruzó la cara con tanta fuerza que por un momento perdí el hilo.
—No te atrevas a culparme —soltó clavándome un dedo en el pecho—. ¡He hecho todo lo que he podido por ti y por tus hermanos y hermana!
—Has hecho todo lo que has podido por él —contraataqué. «Por ellos»—. A mí no puedes mentirme, ¿te acuerdas? Te tengo calada.
Mi madre me volvió a pegar.
Con más fuerza.
La suficiente para girarme la cara.
—Mamá. —Darren fue el primero en reaccionar y se puso entre nosotros—. ¿Qué haces? ¡No le pegues!
Y, sí, la bofetada dolía, pero mucho menos que la verdad que yo le había soltado.
—¿Y soy yo el que me estoy convirtiendo en él? —dije mirándolos a los dos.
A la mierda.
¿Para qué?
—No pienso seguir viviendo así.
Ya tenía suficiente.
No podía soportarlo ni un segundo más.
Y en ese instante tomé la decisión.
—¡Se acabó!
Me dirigí hacia las escaleras, subí corriendo a mi cuarto y empecé a meter prendas al azar en la bolsa de deporte. ¿Por qué? No tenía ni puta idea. Tampoco es que fuera a necesitarlas en el sitio adonde iba.
—Joey, detente… ¡Espera! ¡Espera!
Aun así, al hacerlo me sentí liberado de una manera enfermiza. Estaba recogiendo mis cosas por última vez. Iba a salir de esa casa sabiendo que nunca tendría que volver.
—¿Qué haces? —oí preguntar a Shannon desde la puerta de mi habitación.
—No puedo seguir aquí. —Consciente de que mirarla me mataría, mantuve la cabeza agachada mientras preparaba la bolsa—. Lo siento. —«Vas a estar bien. Me aseguraré de ello»—. Pero, si me quedo en esta casa, voy a estallar.
—¿Te refieres a esta noche? Irás a casa de Aoife y mañana volverás, ¿verdad?
No.
No iba a ir a casa de Aoife.
Ni tampoco iba a volver.
—Joey, por favor.
—¡Lo siento! —Me odiaba a mí mismo porque sabía lo mucho que iba a afectarle mi decisión, pero no tenía otra salida, así que cerré la cremallera de la bolsa y me la colgué al hombro—. Lo he intentado, pero no puedo hacerlo.
—Joey, por favor… —sollozó colgándose de mí como hacía siempre—. ¿Qué pasa conmigo?
¿Qué pasaba con ella?
¿Qué pasaba con Tadhg?
¿Qué pasaba con Ollie?
¿Qué pasaba con Sean?
¿Qué pasaba con Darren?
—¿Y qué pasa conmigo? —Me vine abajo y me eché a llorar—. ¿Qué pasa conmigo, Shannon? ¡Qué pasa conmigo!
—Te quiero —gimoteó decidida a no dejar que me fuera—. Es verdad. Te quiero mucho, Joe. Me preocupo por ti. Eres importante para mí. Podemos solucionarlo. —Su voz se llenó de desesperación—. Podemos superar esto juntos. No tienes por qué…
—Escúchame —la interrumpí antes de que me hiriera más con sus palabras—.
Necesito que te cuides, ¿vale? Necesito que hagas eso por mí.
—Temblando, me acerqué y le di un beso en la frente—.
No dependas de ella, ni de Darren, ni de nadie, porque, al final, el mundo va a defraudarte. Todos van a defraudarte.
Al menos todos los que se apelliden Lynch.
—¿Y tú? —preguntó mi hermanita mirándome como si de alguna manera yo pudiera arreglar su mundo, cuando ni siquiera podía arreglar el mío—. ¿Eso te incluye a ti?
—Va especialmente por mí —me obligué a contestarle, pese a que casi me mata decirlo.
Y luego hice lo mejor que podía hacer por ella.
Por todos ellos.
Largarme.
—¿Adónde va?
—¿Nos abandona?
—¿Para siempre?
—¡Pero no puede irse!
—¡Joey, no te vayas!
—¡Joey, piénsalo bien!
Esforzándome por no escuchar sus voces, bajé corriendo las escaleras y me dirigí hacia la puerta. Tenía que alejarme de esos niños antes de perder los papeles.
Ellos iban a estar bien.
Tenía que creer eso.
—Haz algo, mamá. Di algo. ¡Por favor! ¡Detenlo!
—¡Joey, no te vayas!
—Lo prometiste. ¡Joder, me prometiste que no nos abandonarías!
—No te apresures —trató de alegar Darren cerrándome el paso—. Por favor. Consúltalo con la almohada y lo hablamos por la mañana cuando tengas las ideas más claras.
—No puedo hacerlo —repliqué sin energía—. Sal de en medio.
—No, Joey. Habla conmigo.
—Darren, sal de en medio —repetí—. Ya.
—O-ui. O-ui.
Casi me vengo abajo al oír la voz de Sean, así que inhalé de forma entrecortada, demasiado asustado como para girarme y mirar al bebé por cuya crianza tanto había tenido que sacrificar en mi vida.
—Lo siento mucho.
Tan solo podía esperar que, con el tiempo, llegara a perdonarme.
Que entendiera por qué había tenido que hacerlo.
Por qué había tenido que marcharme.
Los Kavanagh le darían un buen hogar.
Le darían lo que yo no pude.
—Quédate, Joey —me suplicó Darren con voz quebrada—. No puedo hacer esto sin ti.
—Vas a tener que hacerlo —dije impávido antes pasar por su lado y abrir la puerta—. No los defraudes.
«No los reprimas como hiciste conmigo».
Salí de la casa, cerré la puerta principal detrás de mí, me subí la capucha y me dirigí hacia el muro, pero paré en seco al posar los ojos sobre Molloy.
Estaba de pie en el camino de entrada, vestida con un pantalón de pijama amarillo y mi sudadera, y tenía los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Te ibas a ir sin decírmelo? ¡Ni siquiera me merezco una puta despedida!
Claro que se la merecía. Se merecía una explicación más que nadie en el mundo.
El problema era que no podía decirle nada de eso a la cara.
La única manera de ofrecerle mi verdad era en un papel.
En hojas de papel que llevaba cuidadosamente dobladas en el bolsillo del culo de los pantalones del uniforme escolar.
Unas hojas de papel que había pensado meterle en el buzón.
—Mírame.
No podía. Ella era mi punto de rotura. Si la miraba, haría lo que él hizo y, aunque eso podía ser bueno para mí, desde luego no era bueno para ella.
—Joder, Joey Lynch, será mejor que me mires.
—Aoife, por favor. —Sentía cómo las lágrimas me resbalaban por las mejillas, pero no levanté la mirada—. Deja que me vaya.
—No puedo. —Su perfume me envolvió por completo cuando se acercó a mí—. No lo haré.
—No tengo nada que ofrecerte —dije de forma entrecortada—. No te hago ningún bien. ¿Por qué no te entra eso en la cabeza?
—Me importa una mierda, Joey —sollozó rodeándome con los brazos—. Tú eres lo único que quiero.
—Se acabó. —Así debía ser. «Por el bien de los dos».
Temblando, me metí la mano en el bolsillo y saqué la carta doblada que le había escrito antes de salir de casa de Shane—.
Se acabó lo de arrastrarte conmigo hacia el fondo —susurré deslizándosela en el bolsillo frontal de la sudadera sin que se diera cuenta—. Lo siento.
—¡Por favor!
—No puedo. —No la iba a convertir en la mujer que había dejado en la cocina. La quería demasiado para permitir que eso pasara. Mi padre no había hecho lo correcto por la madre de sus hijos, pero yo sí que iba a hacerlo por la mía—. Lo siento mucho.
—No te vayas —dijo llorando cuando pasé por su lado y me dirigí a la carretera—. Por favor. Por favor, no te vayas, Joey. ¡Joey! ¡Te quiero!
«Yo también te quiero».
«Más que a esta vida».
—¡Ya lo sé! —me obligué a gritar—. ¡Y no te hace ningún bien!
—Joey, te necesito.
—¡No es verdad! —Lo que necesitaba era que me alejara de una puta vez de nuestro bebé antes de convertirlo en otra versión de mí. En otra versión de su abuelo—. Tienes que dejar que me vaya, Aoife. ¡Eso es lo que tienes que hacer!
Era lo único que podía hacer por ella. Era lo mejor que podía hacer por ella.
—¿Qué pasa con el…?
—Vete a casa y no vuelvas por aquí —grité por encima del hombro parpadeando para enjugarme las lágrimas de los ojos mientras me obligaba a seguir alejándome de ella. «Pronto habrá acabado todo»—. ¡Hazte un favor y olvídame!