Rey de la gula (Pecados 6) 105. Pequeñas advertencias
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105. Pequeñas advertencias

PEQUEÑAS ADVERTENCIAS

Joey

Mi padre había vuelto a sacarme de mis casillas, pero esa vez había sido distinto. Porque esa vez me parecía que sus palabras tenían lógica. Habían atravesado los muros que yo había construido para que no entrara nada. Porque por fin había entendido lo que quería decir.

Si al principio se hubiera alejado de mamá, todo habría sido muy diferente.

Joder, ni siquiera al principio. Si se hubiera ido tras la violación de Darren, cuando solo estábamos nosotros tres y mamá, tal vez nos hubiera ido bien.

Tal vez hubiésemos podido recoger los pedazos y construir con ellos algo parecido a una vida para todos.

Pero no se fue, y las repercusiones de su presencia habían enviado ondas sísmicas a muchas vidas. Peor aún: esas repercusiones nos habían destrozado.

¿Me pasaría lo mismo?

¿Se mostraría resentido conmigo algún día el bebé que crecía en el vientre de Molloy por no haber sido lo suficientemente hombre como para alejarme y darle la oportunidad de llevar una buena vida?

¿Iba a tener un hijo que me odiara tanto como odiaba yo a mi viejo?

¿Estaría resentido con su madre como lo estaba yo con la mía?

¿Caería en el mismo patrón de adicciones que yo?

¿Estaba yo destinado a repetir el círculo y a producir más hijos que perpetuaran ese gen de mierda?

Dios, apenas podía respirar tan solo de pensarlo. Esos eran los motivos por los que no podía hacerlo. No podía ir con ella. Al menos esa noche.

Abatido y profundamente desmoralizado, y con las palabras de mi padre todavía frescas en la mente, volví al único lugar en el que de algún modo sentía algún tipo de control sobre mi vida.

—Dicen por ahí que hoy los maderos han tenido que sacar tu culo de ese instituto de pijos —dijo Shane cuando entré en el comedor de su mugrienta casa y me dejé caer sobre el sofá—. ¿Te has estado peleando con los niños ricos, Lynchy? No es una decisión inteligente.

—Ya —musité echando la cabeza hacia atrás para apoyarla sobre el respaldo—. Supongo que tienes razón.

—He oído que te has agenciado un abogado de primera para que te retiraran los cargos. —Exhalando una nube humo, se giró y me miró con dureza—. Y también he oído que le has cantado todo. Que el juez lloraba como una zorrita con la triste historia de tu vida.

Me puse rígido al notar el deje amenazante de su voz.

—Cálmate, no he dicho una mierda —gruñí mirándolo con cara de «por quién me tomas»—. No soy ninguna rata soplona, Shane.

—Más te vale, chaval —respondió con frialdad—. Porque ya sabes lo que les pasa a las ratas. —Entornó los ojos—. Acaban envenenadas. Igual que el resto de los miembros de su familia de ratas.

—Estoy aquí, ¿no? —espeté tratando de no estremecerme mientras me metía la mano en el bolsillo de delante de los pantalones del uniforme escolar y sacaba lo que quedaba de mi sueldo—. Dame algo de oxi y unas benzos para pasar la noche.

Se detuvo mirando el dinero que tenía en la mano durante un buen rato antes de lanzar una exhalación y cogerlo.

—No sé qué tienes en la cabeza, chaval, pero, si vas por ahí con abogados, no eres amigo mío. Si estás pensando en bajarte del barco, ya te puedes ir olvidando, porque estás tan metido en esto como yo. No se sale de este mundo, Lynch.

—No voy por ahí con nadie —solté observando cómo sacaba la familiar lata de debajo del sofá—. Solo intento salir adelante.

—Mientras tu versión de salir adelante no implique dar nombres o vender a tus viejos amigos, todo en orden —replicó pasándome una bolsita de pastillas—.

Pero, en cuanto siquiera se te pase por la cabeza largar, date por acabado, chaval.

Iré a por ti con más fuerza de la que tu padre haya usado nunca. Recuérdalo.

Cuando logré volver a casa, parecía como si todos los muros de mi mundo se estuvieran cerrando sobre mí y la presión me asfixiaba.

Mamá.

Papá.

Darren.

Molloy.

Shane.

El bebé.

Los Kavanagh.

Los niños.

Las matonas que acosaban a Shannon.

Joder, no podía respirar.

Con el cuerpo hecho añicos y la mente aturdida, me costó sacar la llave de la puerta principal cuando Shannon vino corriendo hacia mí como un rayo.

—¡Has vuelto! —Me abrazó mientras su cuerpecito no dejaba de temblar—. Gracias a Dios.

Estaba cansado. Joder, estaba tan agotado que los brazos de mi hermana parecían rocas de hormigón que me empujaban con su peso hacia lo más profundo de la oscuridad.

—No pasa nada, Shan. Todo va bien —dije para calmarla, porque no había drogas ni abismos de abatimiento que pudieran acabar con el amor que sentía por esa chiquilla.

Aunque ya no era una chiquilla.

Era una mujer joven, y eso me dio esperanzas.

Esperanzas de que sobreviviera a lo que yo no pude.

A lo que yo hice mal.

Había una familia esperando para acogerla.

Para acogerlos a todos.

Porque había algo en mi interior, en las partes que aún funcionaban, que me aseguraba que podía confiar en los Kavanagh.

Eran las mismas partes de mí que se habían aferrado con fuerza a Aoife Molloy.

Aunque fuera lo único que hiciese en este mundo, iba a conseguirlo.

Conseguiría sacar a esos niños del puto agujero en el que vivíamos, joder.

—¡Espera! —Shannon me agarró del brazo cuando intenté pasar a su lado y tiró de mí para tenerme delante—. Mírame.

Sin nada que ofrecer ni que perder, hice lo que me pidió.

—Joe. —Cogió aire con fuerza—. ¿Por qué?

—Déjame en paz, Shan —contesté demasiado jodido como para enfrentarme a nadie más, mucho menos a ella. Sabía por qué estaba enfadada, pero ya no podía seguir ocultándolo—. Estoy bien.

—¡Joey! —gritó mamá cuando entré en la cocina con mi hermana pisándome los talones—. Ay, gracias a Dios.

¿Gracias a Dios?

«Pues sí, joder».

—Mamá, ¿te encuentras bien?

—¿Qué te pasa? —preguntó Darren acercándose a toda prisa hacia mí—.

¿Por qué tiemblas? —Cuando puso sus manos sobre mí, tocándome e inspeccionándome la cara, tuve que tirar de todo el autocontrol que había en mi cuerpo para no reaccionar—.

¡Joey, por el amor de Dios! —bramó en cuanto llegó a la misma conclusión que Shannon antes de darme un empujón para que saliera de su vista—. ¿Qué cojones te pasa?

«De todo». Me entraron ganas de reírme. «De todo, puto gilipollas».

—¿Qué pasa? —dijo mamá.

De nuevo, tenía muchísimas ganas de ponerme a reír como un poseso.

Como si a ella le importara.

—¿Que qué pasa? —exclamó Darren—. ¡Pues que tu hijo ha vuelto a tomar drogas!

—¿Es eso cierto, Joey?

Aguantándome las ganas de partirme de risa en sus putas caras, me hice un sándwich y cogí un refresco de la nevera.

—No he vuelto a tomar drogas.

—Claro, porque nunca las has dejado, ¿no?

«Que te jodan, niñito de mamá».

—Estáis exagerando.

—Estás colocado. —Darren entrecerró los ojos—. Otra vez.

«Venga, que empiece la puta fiesta».

—Y tú estás gilipollas —espeté—. Otra vez.

—¿Qué estás haciendo, Joey? —Mamá decidió dar su opinión—. ¿Por qué te vuelves a meter eso en el cuerpo?

¿Me encontraba en una dimensión paralela? ¿En qué momento supuso que había dejado de hacerlo? Ella sabía cómo iba la cosa. Joder, vaya si lo sabía. Todo ese percal era un espectáculo montado en beneficio de Darren.

—Mira quién habla —me reí—. La que se ahoga en Prozac y Valium.

—Me los prescribe un médico. No los macarras del barrio.

—Vale, mamá. —Entorné los ojos y le di un bocado al sándwich—. Lo que tú digas.

—¿Es Shane Holland? —me preguntó—. ¿Vuelve a andar husmeando por ahí?

—Madre de Dios, ¿a ti qué te importa? —le solté ya cansado del puto interrogatorio—. ¡Dejadme todos en paz, hostia!

—No, yo no voy a dejarte en paz —intervino el mismísimo niñito de mamá—.

Has vuelto a tomar drogas, te han expulsado del instituto, estás fuera del equipo de hurling y estás…

—Se detuvo justo antes de decir «a punto de ser padre».

Sabía que lo tenía en la punta de la lengua—. ¡Te estás jodiendo la vida!

—¡Pero si no tengo vida! —rugí perdiendo la bendita paciencia con él—. ¡Nunca la he tenido!

—Bueno, con vida o sin ella, si sigues así, acabarás convirtiéndote en él. Acabarás convirtiéndote en lo que más odias.

—¡Cállate, Darren! —me defendió Shannon al instante mientras venía a toda prisa hacia mí—. Joey, chisss, chisss, no pasa nada. No le escuches, ¿vale? No es verdad. Te pondrás bien.

—Deja de decir eso, Shannon, joder. ¿Cómo que no pasa nada?

¡Claro que pasa! —mascullé sintiendo que daba un paso en falso.

Que la máscara que llevaba para proteger mis sentimientos se caía—.

¿Sabes? Me pasé horas en esa celda, pensando por qué me había pasado eso a mí.

Por qué había acabado siendo como soy. Mentalmente destrozado.

Y luego te llamé. —Se me quebró la voz y me obligué a señalar hacia mi madre—.

Te llamé para que vinieras a ayudarme y no cogiste el teléfono.

Y entonces lo supe. —Sorbiéndome la nariz, levanté las manos con sensación de desamparo y soledad—.

Me dije a mí mismo: «Por eso». Por eso me convertí en lo que soy.

—Entornando los ojos hacia la mujer que me había dado la vida, le solté—: ¡Porque tú me destrozaste!

—Eso no es verdad —dijo mamá entre sollozos negando con la cabeza—. Retíralo.

Era verdad. Era la mayor verdad que había salido de mi boca, joder.

—Me jodiste la cabeza mucho más que él. Él usaba los puños, pero tú…

Tú me desquiciaste —admití ya sin poder parar mientras el dolor y el veneno brotaban de mis labios—.

Me destruiste mentalmente. —Me golpeé la parte baja de la mano contra la sien, desesperado por recalcarle a esa mujer el tremendo daño que me había hecho—.

Ya no funciono bien, ¡y es porque tengo tu voz metida en la cabeza!

¡Lo único que oigo son tus llantos y tus súplicas para que te ayude!

—Joey…

—Cada vez que cierro los ojos, ahí estás. Dentro de mi cabeza. Llorando para que vaya. Rogándome. Gritando «¡Sálvame, Joey, sálvame!».

—Joey, para…