Rey de la gula (Pecados 6) 103. De tal palo, tal astilla
73%

103. De tal palo, tal astilla

DE TAL PALO, TAL ASTILLA

Joey

Después de hacer un poco de autostop aquí y allá y luego acabar corriendo durante el resto del trayecto hasta la ciudad, me encontraba doblando la esquina de la calle de mi novia en Rosewood Estate cuando vi una lúgubre figura saliendo de un callejón.

Sobresaltado, porque es que no me jodas, me tambaleé hacia un lado y fui a dar contra una hilera de contenedores, dejando que se me cayera el móvil.

—¿Qué mierda haces, tío? —gruñí cabreado e inquieto mientras me agachaba para recuperar el aparato, que se me escapó por un segundo—. Me debes un puto teléfono, imbécil —mascullé observando consternado cómo el mío se caía entre los listones metálicos de una alcantarilla.

—Me imaginé que te encontraría rondando por estos lares. —El reconocible tono de su voz hizo que todos los músculos de mi cuerpo se tensaran con pavor—. Calma, chaval, solo quiero hablar contigo.

Presa del pánico y fuera de mí, me puse en pie rápidamente, preparado para los problemas. «Y el dolor».

—¿Qué cojones quieres?

—Hablar —contestó mi padre arrastrando las palabras, con una mano alzada y la otra agarrada a una botella de su veneno preferido. «Whisky»—. Solo quiero hablar, chaval. Eso es todo.

—No tenemos nada de qué hablar —sentencié dando un paso hacia atrás para alejarme de él por seguridad y luego odiándome a mí mismo por haberlo hecho.

Joder, ese hombre me ponía los pelos de punta. El familiar olor de ese exclusivo alcohol en particular me revolvía el estómago. Hacía tanto que no lo veía que casi había olvidado el terror que podía evocar en mí.

«Casi».

—No voy a hablar contigo —le advertí alzando una mano cuando trató de acercarse.

—¿Has leído mi carta?

—A la mierda tu carta —le solté recordando vagamente el puto rollo de mierda que había escrito en un papel para hacernos sentir lástima por él. Pero, claro, buena parte de los últimos meses no eran más que un borrón en mi cabeza—. Y a la mierda tú.

—Tienes que hacer una cosa por mí —dijo situándose de forma que mi cuerpo quedaba acorralado en la entrada del callejón y el suyo me bloqueaba la salida—. Tienes que hablar con tu madre. Ella te escucha. Me dejará volver si hablas con ella.

—¿Dejarte volver? —Me reí sin ganas—. ¿Estás mal de la puta cabeza? No vas a volver, viejo. Casi matas a tu propia hija. Vas a ir a la cárcel, gilipollas, no a casa con tu mujer.

—No voy a ir a la cárcel, chaval —contestó tan seguro de sí mismo que me dio mala espina—. Pero tú irás al infierno si no me ayudas con esto.

—Pues allí nos vemos —le espeté determinado a no doblegarme ante ese gilipollas, por mucho que me pusiera de los nervios.

Por extraño que parezca, su maltrato me resultaba familiar.

A diferencia de lo que ocurría con mi madre, con él sabía a lo que atenerme.

Eso me daba una especie de consuelo enfermizo frente al miedo.

Sabía que no tenía sentido, pero así me sentía…

las pocas veces que cometía un desliz y me permitía sentir algo.

Su crueldad era como estar en casa. No conocía nada más. Soportaba sus ataques porque los veía venir. Con mamá nunca se sabía…

Joder, me sentía como un puto loco. Con los pelos de la nuca erizados, observé cómo me miraba. Sus ojos fríos y muertos estaban clavados en los míos, provocándome un escalofrío que me hizo estremecer de arriba abajo.

—Te crees que lo sabes todo, chaval —dijo dando un amenazante paso hacia mí—. Te crees más listo que yo, pero ya verás. En cuanto esa novieta buenorra tuya tenga a la criatura, vas a ver. Entenderás lo que es sentirse atrapado.

—No hables de ella, joder —le advertí con el vello cada vez más de punta—. Lo digo en serio.

—Vas a saber lo que se siente —continuó provocándome mientras se acercaba un paso más—. Por fin entenderás lo que se siente siendo yo.

—Nunca voy a ser como tú —le solté retrocediendo un poco—. ¡Antes me corto las putas venas!

—¡Ya eres como yo! —rugió acaloradamente—. Siempre lo has sido, chaval. Mírate —insistió acercándose a mí y poniéndome su fornida mano sobre el hombro—. No puedes dejarla, igual que yo no puedo dejar a tu madre. ¿No te parece prueba suficiente?

Me quedé helado. Sus palabras me sacudieron por dentro. Porque estaba diciendo en voz alta mis miedos más profundos. Peor aún, estaba diciendo la verdad. Porque era verdad. No podía dejar en paz a Molloy.

El parecido era asombroso e hizo que mi mente entrara en espiral.

—No es lo mismo —repliqué sofocado sintiendo que mi cuerpo se arqueaba a causa de la presión mientras me alejaba de él, mientras me ahogaba en la comparación—. Yo a ella nunca la lastimaría como tú has lastimado a mamá.

—Eso pensaba yo —repuso—. Yo también solía pensar que nunca iba a lastimar a tu madre como mi viejo lo hizo con la mía.

Lo creas o no, la he querido toda la vida.

Recuerdo cómo era al principio. Lo especiales que nos sentíamos.

Lo mucho que la adoraba. Me juré a mí mismo que nunca iba a repetir los errores de mi padre.

—Soltó una mordaz carcajada—. Y mírame ahora, chaval.

—Mi madre era una adolescente vulnerable, y tú te aprovechaste —afirmé temblando—. ¡Eres un puto monstruo!

—¿Crees que nací así, chaval? —preguntó dándole otro trago a la botella—. Soy un producto de cómo me han criado. Igual que tú.

—No soy como tú —concluí—. Me niego.

—No puedes evitarlo, Joey —contestó usando mi nombre para conseguir un mayor efecto.

Funcionó. Me hizo temblar—. No puedes ir contra tu naturaleza.

—Le dio otro trago al whisky—. La única manera de cambiar el final de la historia es alejarte de esa chica y de su criatura, y ambos sabemos que nunca lo harás.

—Movió la cabeza hacia los lados en señal de derrota—. Bien sabe Dios que yo no fui capaz.