102. No tardo nada
NO TARDO NADA
Aoife
—Ay, gracias a Dios —musité cuando el nombre de Joey parpadeó en la pantalla de mi teléfono poco después de las nueve de esa misma noche—. ¿Joe? —Temblando, me llevé el teléfono a la oreja y ahogué un sollozo—. ¿Cómo estás?
—Molloy. —Al oír su voz al otro lado de la línea, me desplomé sobre la cama con el cuerpo inundado de gratitud—. ¿Te encuentras bien? ¿Conseguiste que te examinaran en el hospital? ¿Te hicieron la ecografía? ¿Está a salvo el bebé?
—Sí, y todo va bien —le dije con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho—. No hay ningún problema, Joe. Nuestro bebé está sano como un roble.
—Dios… —Lo oí lanzar un enorme suspiro de alivio—. Menos mal, joder.
—Joe, ¿dónde narices estás?
—Voy de camino a tu casa —repuso—. Igual tardo un poco. —Me llegó el ruido del tráfico, que avanzaba a toda velocidad—. Estoy volviendo a la ciudad desde la casa de Kavanagh.
—¿Johnny Kavanagh? —Confundida, fruncí el ceño—. ¿Qué hacías allí? ¿Qué ha pasado con la Gardaí?
—La verdad es que es una larga historia, reina —contestó—. Te lo explicaré todo cuando llegue.
—Iré a buscarte —me apresuré a decir buscando las llaves por mi cuarto—. Quédate ahí y conduciré hasta…
—No, nena, espérame en casa —me dijo—. Estoy a veinte minutos como mucho. Tú relájate y descansa, ¿vale? No tardo nada.
—Joe. —Sospeché de inmediato y dije—: Dime que no lo has hecho.
—No lo he hecho.
—Júramelo.
—No lo he hecho, te lo juro.
Hundí los hombros aliviada; sentía cierto recelo, pero necesitaba creerlo.
—Ven aquí directamente, ¿vale? No te desvíes. —«No la cagues»—. Te estaré esperando.
—Te quiero, Molloy.
—Yo también te quiero
—Te veo en veinte minutos.