Rey de la gula (Pecados 6) 101. Demasiado bueno para ser cierto… o seguro #2
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101. Demasiado bueno para ser cierto… o seguro #2

—Yo creo que los más pequeños están pidiendo un cambio a gritos.

Les apetece estar en esa casa con nuestra madre igual de poco que a mí.

El problema es que nunca se les ha propuesto una alternativa más segura.

—«Hasta ahora»—. Los cuatro se replegarán como una baraja —agregué—. Si les dicen que pueden hacerlo.

—Alguien a quien admiren —acabó de atar cabos John—. Alguien en quien confíen. Alguien como tú.

—Me pides que me la juegue por ti y por tu mujer.

Me pides que haga algo que hasta ahora no había sido capaz de hacer.

Algo que estaba programado para no hacer nunca.

—Volví al taburete que había abandonado, me hundí de nuevo en él y dejé caer la cabeza entre las manos con los codos apoyados sobre la encimera de mármol mientras luchaba contra mis miedos e intentaba hacer lo correcto.

Lo correcto de verdad. No la versión inventada que me habían inculcado desde la infancia—. Quiero ayudar.

—¿Sí?

Con la voz de mi hermano gritando «¡No, no, no!» en la cabeza, me obligué a asentir y apreté los dientes.

«Hazlo por ellos».

«Puedes salvarlos».

«Sácalos de ahí».

«Confía en esta gente».

—Os voy a apoyar. Os respaldaré con los trabajadores sociales.

Seré sincero en mi declaración a las autoridades.

Pondré al descubierto todas las mierdas de mis padres y los expondré como los desgraciados negligentes que son, si eso implica que esos niños no acaben como yo, pero si me jodéis…

Si les hacéis daño… —Lanzando una temblorosa exhalación, dirigí la mirada hacia John Kavanagh—.

Si alguna vez se te ocurre ponerles las manos encima a mis hermanos, me da igual el dinero que tengas o los costosos títulos de abogado que cuelguen de las paredes de tu despacho.

Iré a por ti y no va a poder salvarte ni el mismísimo Jesucristo.

—No esperaría menos de ti —contestó John con tranquilidad sin tomarse a pecho la amenaza—. No voy a prometerte nada, porque está claro que eres un hombre de acción.

Asentí, agradecido por el hecho de que no intentara mentirme o engatusarme con promesas vacías.

El estridente sonido de un teléfono móvil llegó a nuestros oídos y John se puso en pie al instante.

—Debe de ser del instituto —concluyó dirigiéndose hacia el pasillo—. Por favor, disculpadme.

—¿Cuándo fue? —preguntó Edel mientras su marido salió de la estancia.

—¿El qué?

—¿Cuándo te abandonaste?

—El día en que nací.

Sus ojos se llenaron de tristeza.

—¿Y las drogas?

Me puse rígido.

—No estoy ciega, cariño —dijo con tono gentil inclinando la cabeza hacia mis mangas, que me había subido hasta los codos—. Yo tampoco vengo de un hogar seguro, así que reconozco las señales cuando las veo.

Avergonzado, me bajé las mangas y clavé la mirada en la encimera.

—¿Cuándo fue la última vez que te chutaste?

Me quedé callado; sabía que no había respuesta adecuada para esa pregunta.

—¿Un día? ¿Dos como mucho? —Su voz sonaba amable y comprensiva cuando preguntó—: ¿Te pica tanto la piel que te gustaría arrancártela?

¿El frío te ha calado tan hondo que sientes que nunca volverás a entrar en calor?

¿Y los sudores fríos y las náuseas? ¿Has llegado al punto en el que preferirías morir a seguir como estás?

—Lo tengo controlado.

—¿Sí? —suspiró pesadamente—. ¿O es a ti a quien tiene controlado?

—No me conoces.

—¿Cómo empezó, cariño? ¿Con cannabis? ¿Con fármacos prescritos por el médico? ¿Con benzos? ¿Con drogas estimulantes? ¿Hum? ¿Cuánto tiempo fue eso suficiente hasta que te pasaste a algo más fuerte como la coca o el fentanilo? ¿Cuándo saltaste al vacío?

—¿A ti qué cojones te importa? —le solté sintiendo cómo se me erizaba el vello mientras trataba de defender lo inexcusable—. No le hago daño a nadie.

—Joey, cariño, tú también te mereces una vida mejor —insistió—. Todo lo que quiero para Shannon y tus hermanos también lo quiero para ti.

—Yo tengo dieciocho años.

—Cariño, por mí como si tuvieras veinte —dijo—. Seguiríamos queriendo lo mismo para ti.

—Bueno, pues yo no quiero eso para mí —contrapuse—. No quiero que me cuiden como una madre y no necesito una figura paterna. Ya soy demasiado mayor para esas mierdas.

—Nunca somos demasiado mayores para que nos quieran, Joey.

—Mi infancia se acabó hace mucho.

—No tiene por qué ser así.

—Es demasiado tarde para mí.

—Nunca es demasiado tarde, Joey.

—Aoife está embarazada —decidí soltar, ya sin nada que perder—. Yo mismo voy a ser padre dentro de unos tres meses y medio, así que gracias por la oferta, pero la única familia de la que me interesa formar parte es la que he creado con ella.

—¿Embarazada? —Los ojos de Edel se abrieron como platos—. No haces las cosas a medias, ¿eh, Joey, cariño?

Mi respuesta fue encogerme de hombros, porque, la verdad, ¿qué otra puta cosa podía hacer?

—¿Y dónde encaja ese pequeño hábito que tienes con tu novia y el bebé?

—Está claro que no encaja —le espeté, molesto porque había dado en el clavo—. Lo arreglaré.

—Mírate —dijo con los ojos llenos de lágrimas—. Mira qué elocuente eres. Qué listo. Qué valiente. —Sonrió tristemente—. Sabes que esto se te queda grande, cariño. —Se inclinó sobre la encimera y cubrió mi mano con la suya—. Deja que te ayude.

—No. —Con la mandíbula apretada, negué con la cabeza—. No necesito tu ayuda.

—Joey, cariño…

—No —repetí apartando de golpe la mano—. No me hables de eso, ¿de acuerdo? Para mí es un puto límite que no debes sobrepasar.

—Porque sabes que es un problema, cariño.

—Porque no es de tu incumbencia —le respondí—. No es cosa tuya, ¿vale? Así que déjalo estar.

—Pero es importante, Joey, y tú también eres importante.

—Te equivocas —le solté esperando que esa mujer me dejara en paz—. Así que olvídalo.

—Has recorrido un camino muy largo, cariño. Quizá ha llegado el momento de que descanses esos pies y permitas que alguien lleve la carga. —Me imploraba que la escuchara con la mirada—. Déjame que te ayude. Déjame que te salve, Joey.

—No puedes. —¿Qué parte de eso no entendía?—. No hay nada que salvar, Edel, así que para ya.

Cuando su hijo entró en la cocina un momento después, podría haber besado el puto suelo que pisaba.

—Ah, cariño, ya estás en casa. —Poniéndose en pie como un resorte, Edel se fue enseguida hacia su hijo, por fortuna llevándose con ella los abrazos y los arrumacos—. ¿Cómo ha ido el entrenamiento?

—Genial —contestó Kavanagh aceptando el beso que su madre le dio en la mejilla—. ¿Qué pasa?

—¿Tienes hambre, Johnny? He hecho carne asada con salsa a la pimienta.

—Joder. —Sentándose en el taburete que su padre había dejado vacío, lanzó un silbido y señaló mi cara—. Cormac te ha dejado fino.

«No, el padre del exnovio de mi novia me ha dejado fino».

—Ya, y yo te he dejado fino a ti —opté por decir sintiéndome como una mierda por haberle cascado—. Perdona —ofrecí encogiéndome de hombros—. No me comunico muy bien.

«El eufemismo del siglo».

—¿Y ahora qué va a pasar?

—Estoy con la mierda un poco al cuello —sentencié—. Eso es lo que va a pasar.

—Ya, de eso me he dado cuenta —repuso con serenidad, de forma inquietantemente parecida a como lo había hecho su padre hacía un momento—. ¿Te van a acusar de algo?

—No lo van a acusar de nada —contestó su madre por mí mientras le revolvía el pelo—. Tu padre se ha asegurado de eso.

Kavanagh levantó las cejas.

—¿Te has librado?

—Eso parece. —Volví a encoger los hombros—. Según tus padres.

—¿Dónde está tu madre? —Madre de Dios, era tan charlatán como su progenitora—. ¿Fue a sacarte de comisaría?

Sí, igual.

—Está trabajando —dije impertérrito, consciente de que un tío con unos padres como los suyos en la vida sería capaz de entender mi situación.

Podía intentarlo. Podía empatizar. Podía escuchar todas las desgracias de mi hermana.

Pero no podía pillarlo de verdad. Nadie podía.

A menos que hubieran pasado por lo mismo—.

No he podido hablar con ella por teléfono.

—Era el director Twomey —anunció John volviendo a la cocina con el teléfono en la mano—. El consejo escolar ha celebrado una reunión de emergencia esta noche.

—¿Y?

—Y Bella no va a volver al Tommen para acabar el año escolar.