101. Demasiado bueno para ser cierto… o seguro
DEMASIADO BUENO PARA SER CIERTO… O SEGURO
Joey
Tras pasar un total de siete minutos delante del juez, John Kavanagh no solo había hecho que desestimaran mi caso, sino que de alguna manera había logrado forzar a un juez (a un puto juez) para que se apiadara de mí lo suficiente como para pedirme disculpas.
Si no me estuviera ahogando en el insoportable dolor de mi última bajona, me habría impresionado muchísimo la capacidad de persuasión de aquel hombre.
Aturdido a más no poder, me senté en el asiento del copiloto de su Mercedes de alta gama una vez acabado el juicio, demasiado abrumado como para ponerme a discutir cuando me volvió a llevar a la mansión.
Necesitaba algo.
Cualquier cosa que me calmara.
La adrenalina que había corrido por mis venas hacía rato que me había abandonado, dejándome el frío impregnado en los huesos y todos los músculos doloridos.
Parecía que no importaba lo mucho que protestara mi mente o se resistiera mi corazón; el dolor físico del mono se me hacía demasiado insoportable.
Me odiaba a mí mismo por no ser lo suficientemente fuerte como para contenerlo, pero era demasiado para mí.
La lucha era demasiado encarnizada.
No podía ganar.
—Joey, siéntate, cariño —me indicó Edel cuando entré en la cocina unos minutos después. Me sentía como un intruso y hubiera preferido estar en cualquier otro sitio—. ¿Cómo estás? ¿Cómo tienes la cara? ¿Qué tal te ha ido en el juzgado? Ay, pobrecito mío, estás todo magullado.
—Dale un poco de espacio, cielo —dijo John siguiéndome hasta la isla—. Siéntate, Joey. Vamos a hablar.
No quería sentarme.
Menos aún hablar.
Pero a ese hombre le debía mi libertad.
Si lo único que quería como pago por haber sacado mi culo de la cárcel era una conversación, estaba encantado de ofrecérsela.
Desplomado sobre uno de los taburetes de la isla, tuve que contenerme para no reaccionar atacando a su mujer cuando me puso las manos en la cabeza.
—Jesús, María y José —gimoteó rebuscando en mi cuero cabelludo como haría una madre para comprobar si su hijo tiene piojos—. ¿Qué te ha pasado en el cráneo? —preguntó retirando mechones de pelo hacia los lados mientras me deslizaba los dedos por la cabeza.
«Mi padre, eso es lo que me ha pasado».
—Edel —dijo John en un tono un poco más rudo—. No es Johnny, cielo. No puedes tocar así al chaval.
—Pero es…
—Cielo.
—Vale, vale. —Afortunadamente, retiró las manos y dio un paso hacia atrás, dejándome así algo de espacio personal—. Perdona, Joey, cariño.
—No hay problema —contesté tratando de calmarla y haciéndole saber que agradecía su extraña intromisión en mi vida. Aunque no pude contener el escalofrío que me recorrió de arriba abajo—. Yo… Eh… Es que… No soy de abrazar.
—No eres de abrazar —repitió como si almacenara esa información en un lugar seguro—. Entendido, cariño. Nada de abrazos.
—Relájate —la tranquilizó John guiñándole un ojo—. Solo sé tú misma, cielo.
—Lo intento —repuso mientras iba de un lado a otro de la cocina como un pequeño torbellino rubio, trayendo tazas y platitos—. Es que estoy nerviosa.
—¿Por qué? —pregunté ya un poco alterado. Miré a John—. ¿Qué ocurre?
—¿Te acuerdas de que antes te he dicho que hablaríamos al salir de los juzgados? —respondió John con inquietante tranquilidad.
Asentí de manera rígida, cada vez más mosqueado.
—Bueno —prosiguió—, mi mujer y yo hemos estado hablando mucho últimamente y queríamos comentarte la posibilidad de…
—¡Queremos quedarnos contigo! —soltó la mujer haciendo que John dejara caer la cabeza entre las manos y gruñera—. Con los cinco —siguió diciendo mientras se acercaba a toda prisa por la isla y me cogía la mano—. Especialmente contigo. —Me sonrió—. Creo que a ti es a quien más quiero.
—¿Qué cojones dices? —espeté con voz ahogada sacando la mano de debajo de la suya—. ¿Qué es lo que…? —Sacudí la cabeza y casi me caigo del taburete en mi intento de escapar de esa extravagante mujer y su naturaleza tocona—. ¿Quieres quedarte conmigo?
—Mano izquierda, cielo… —farfulló John con gesto frustrado—. ¿Dónde está la mano izquierda que íbamos a tener?
—Se me había olvidado… —razonó antes de volver a centrar su atención en mí—. Joey, cariño, sé que eso no ha sonado bien.
—Mira —alcé una mano en señal de advertencia—, agradezco todo lo que habéis hecho por mí.
—Con la espalda pegada a los armarios de la cocina, fui avanzando de lado en un intento de escapar al segundo advenimiento de la madre Teresa—.
Y lo bien que os habéis portado con mi hermana, pero no me interesa nada más, ¿vale?
No necesito que nadie… se quede conmigo. Así que me voy a ir a casa.
—Se refiere a acogeros —explicó John con un suspiro—. Edel, ¿te puedes echar para atrás, cariño, y darle espacio al chaval? No puedes acercarte tanto, ¿te acuerdas? Hay que ir poco a poco.
—Ay, Dios, claro —murmuró colocándose a toda prisa hacia el lado de su marido—. Perdona, Joey, cariño.
—Acogernos. —Me los quedé mirando con perplejidad—. Pero ¿qué cojones…?
—Ya estamos autorizados —espetó Edel—. Hemos sido padres de acogida en otras ocasiones. No es la primera vez, cariño. Y podemos ofreceros estabilidad, seguridad y…
—¡No! —exclamé prácticamente subiéndome por las paredes de espalda debido a mis ansias de fuga—. Por Dios, no. —Presa del pánico, miré a mi alrededor con incertidumbre antes de detener los ojos en John—. Me quiero ir.
—Te puedes ir cuando quieras —me aseguró con una mano firmemente colocada sobre el hombro de su esposa, que parecía a punto de abalanzarse sobre mí—. Ahora mismo, si es lo que deseas.
—Vale.
Exhalando de forma entrecortada, me acerqué con cautela a la puerta del cuarto de lavado que conducía a la puerta de atrás…, pero vacilé cuando agarré la manilla de la puerta.
«No, espera».
«Escúchalos».
«Piensa en los niños».
Por Dios, ¿qué estaba haciendo?
«Vete corriendo, tío».
«Sal de esa puta casa».
—Cuando decís que queréis acogernos… —Me giré y los miré con recelo—. ¿Les estáis ofreciendo un hogar a mis hermanos? —Eché un vistazo a mi alrededor—. ¿Aquí?
—Os ofrecemos un hogar a todos —repuso John—. Sean, Ollie, Tadhg, Shannon y tú, Joey.
—Yo no… —Tragué saliva para bajar el nudo que tenía en la garganta y negué rápidamente con la cabeza—. No.
Observé el rostro afligido de su mujer y me sentí como un capullo.
—Yo no quiero que nadie me acoja —dije lentamente tratando de encontrar las palabras que necesitaba para darle sentido a esa locura—.
Pero creo… —Madre de Dios, ¿por qué era tan difícil, joder?
¿Por qué no podía pensar con claridad?—.
Mis hermanos y mi hermana podrían… Necesitarían… Joder, ¡no soy capaz de decirlo!
—Tómate tu tiempo, cariño —dijo Edel con tono tranquilizador—. Tómate todo el tiempo del mundo.
—No te conozco —espeté agarrándome el puente de la nariz con los dedos mientras reprimía una oleada de náusea—. Y tú no me conoces a mí.
—Nos gustaría llegar a conocerte, Joey —dijo John con calma.
—No. —Moví la cabeza hacia los lados—. A mí no. Yo quedo fuera del debate.
Edel sacudió la cabeza.
—Pero…
—Deja que se explique —la cortó John apretándole cariñosamente la mano—. Te escucho, Joey.
—Estoy fatal —reconocí encogiéndome de hombros con impotencia—. Y me refiero a que estoy fatal de la cabeza, pero de verdad.
—No es cierto.
—Sí que lo es.
—No pasa nada, cariño.
—Sí que pasa —protesté negando con la cabeza—.
No me querríais en vuestra familia. Creedme.
Pero ¿Shannon y los chicos? —Me volví a encoger de hombros completamente desesperado.
La perspectiva de sacar a mis hermanos de la vida de mierda que llevábamos colgaba delante de mí como una pepita de oro.
Vale que no conocía a esa gente, y ni siquiera estaba seguro de confiar en ellos, pero en ese momento, tal y como estábamos, podían ofrecerles a los niños mucho más que mamá—.
Ellos se merecen una vida mejor que la que les ha tocado.
—Tragué saliva con fuerza y me obligué a decir—: Se merecen tener padres.
—Por lo que sé, siempre han tenido uno —contestó John echándome una elocuente mirada—. Has sido un padre increíble, Joey Lynch.
—Pero no lo soy —dije con voz entrecortada—.
No soy su padre, y estoy hasta los huevos de tener que serlo.
—Ahí estaba. Admitido en voz alta. Creo que por primera vez en mi vida—.
No puedo seguir haciéndolo —continué confesando, demasiado exhausto y mentalmente jodido como para ocultarlo—.
No puedo seguir criándolos en ese entorno.
Si alguien no los saca de esa casa, acabarán muertos o, peor aún, se convertirán en mí.
—¿Cuando dices muertos…?
—Me refiero a muertos —confirmé sintiéndome extrañamente liberado al tener por fin a unos adultos que escuchaban mis preocupaciones y me tomaban en serio—.
Nuestro padre aún no ha acabado con nosotros y nuestra madre no es lo bastante estable como para protegernos.
Si se quedan en esa casa, están jodidos, y no quiero eso para ellos.
Así que… Joder, no me creo que esté diciendo esto, pero, si decís en serio lo de acoger a Shannon y a los chicos, yo no me voy a oponer.
—Hice una pequeña pausa para aclarar las ideas y luego les advertí—: Pero Darren sí.
—Ah, sí —suspiró John tamborileando con los dedos sobre la isla de mármol—. Darren.
—No estará aquí a largo plazo —dije tras decidir echarles un cable—.
No fue capaz de quedarse años atrás, así que menos aún va a hacerlo ahora que ha probado la libertad.
Pero es el niñito mimado de nuestra madre y su palabra vale oro.
Los dos son uña y carne, así que aceptará tu oferta para conservar su puesto como la mano derecha de mamá.
Cruzándome de brazos, los miré con severidad tratando de tomarles las medidas antes de ofrecer mi opinión.