Rey de la gula (Pecados 6) 100. Llamadas sin respuesta y salvavidas inesperados
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100. Llamadas sin respuesta y salvavidas inesperados

LLAMADAS SIN RESPUESTA Y SALVAVIDAS INESPERADOS

Joey

Ataviado con el uniforme escolar del Ballylaggin y las oscilantes esposas, los agentes de la Gardaí me escoltaron hasta una sala de espera privada situada en la parte posterior del juzgado para que me reuniera con mi abogado de oficio a esperar mi turno ante el juez.

Lo más chocante de toda la experiencia fue el hombre bien vestido que me esperaba en la sala de espera.

—Joey Lynch. —John Kavanagh me miró desde la mesa en la que estaba sentado y me sonrió—. Volvemos a encontrarnos.

«Pero ¿qué coño…?».

—¿Qué haces aquí? —pregunté hundiéndome en la silla que había frente a él—. No eres mi representante legal.

—Hoy sí —musitó rebuscando entre una pila de papeles en la que supuse que estaba mi expediente. Joder, con mi suerte, igual toda la puta pila estaba dedicada a mí—. Si me aceptas.

—Estoy sin blanca —decidí puntualizar—. Y, no te ofendas, pero por la mansión en la que vives y el traje de marca que llevas, no parece que trabajes gratis.

—En realidad soy abogado litigante; puedo defenderte ante el juez.

—Más caro aún. —Me encogí de hombros, confuso—. Mira, John, te lo agradezco, pero no podría permitirme tus servicios ni aunque trabajara durante todo un año, así que voy a probar suerte con el representante legal de oficio gratuito.

—Exijo reunirme urgentemente con su superintendente para que me explique de forma detallada por qué mi cliente presenta claros indicios físicos de haber recibido una violencia excesiva por parte de sus colegas —dijo para mi sorpresa desviando su mirada azul como el acero hacia el agente que merodeaba cerca de la puerta—.

Algo que, antes de que intente excusarse, estoy más que dispuesto a que confirme un profesional médico.

—A su cliente lo detuvimos por pelearse. Los moratones son de…

—Mi cliente es un muchacho de dieciocho años con un terrible y detallado historial de violencia doméstica.

Hay montones de informes en los que se explicita que fue víctima de un atroz maltrato infantil a manos de sus cuidadores.

Eso por no hablar de su historial más preocupante: el del abandono que sufrió tanto por parte del Estado como por parte de la Garda Siochana de esta ciudad —intervino John con frialdad—.

Francamente, me sorprende que sus superiores hayan tenido el valor de llevar a este chico ante un juez.

Cuando acabe de dejarlos en evidencia a ellos, me centraré en la larga lista de miembros de la Gardaí, trabajadores sociales y figuras de autoridad que le fallaron a mi cliente y a su familia.

—Recostándose en la silla, John jugó distraídamente con el bolígrafo entre los dedos mientras miraba con frialdad al agente—.

Bien, cuando esté listo, mi cliente y yo necesitamos la sala.

Con la cara roja y echando chispas, el policía se dio la vuelta y se largó, dejándonos solos en la habitación.

—No veas —murmuré impresionado de mala gana—. Le has enseñado quién manda, ¿eh, John?

—Siempre va bien practicar un poco.

—Seguro que sí.

Sonrió con satisfacción.

—Entonces ¿quieres que te represente?

—¿Tengo otra opción?

—No, a no ser que quieras ir a la cárcel.

—Mierda. —Alzando las manos, que seguían esposadas, me rasqué la nariz y señalé a la pila de papeles que tenía delante—. ¿Todo eso es sobre mí?

—Todas y cada una de las páginas —repuso empujando la pila hacia el frente—. Por delante y por detrás.

Hundí los hombros y, derrotado, me recliné contra el respaldo de la silla y lo estudié.

—¿Por qué me ayudas?

—¿Por qué le pegaste a ese chico, Ryan?

Me encogí de hombros.

—Se lo buscó.

—Inténtalo otra vez.

Me encontré con su implacable mirada antes de soltar una exhalación y murmurar:

—Está claro que ya sabes por qué.

—Compláceme, anda.

—Porque, si no lo hubiera hecho yo, lo hubiera hecho tu hijo, y él tiene mucho más que perder —dije sin rodeos—. ¿Te ha complacido lo suficiente?

No pareció en absoluto sorprendido por mi confesión.

Porque era un hombre listo.

Joder, era más listo que el hambre.

—Tú has protegido el futuro de mi hijo y yo he venido a proteger el tuyo —explicó por fin cruzándose de brazos—. A mí me parece un trato de lo más justo.

—Salvo porque yo no tengo uno de esos.

—Seguro que mi mujer te rebatiría esa afirmación. —Sonrió con pesar antes de añadir—: Te has ganado una admiradora, Joey Lynch.

—Tu mujer —contesté impávido reprimiendo las ganas de gruñir cuando una repentina e intensa punzada de dolor y hambre atacó mis sentidos. Joder, no iba a desaparecer nunca—. No sé por qué, si tu mujer no sabe una mierda sobre mí.

—Y está claro que tú no sabes una mierda de ella, perdón por la expresión —replicó con una sonrisilla—. Has despertado algo en ella.

Entrecerré los ojos, sospechando al instante.

—Le he despertado algo.

Asintió.

—Quiere ayudarte.

Me puse recto.

—No quiero su ayuda.

—Ya, ¿pero la necesitas?

—¿Puedes ir al grano? —le pregunté directamente lleno de confusión—. No me gusta estar mareando la perdiz. Dime qué quieres.

—Primero, voy sacarte de este lío —dijo poniéndose en pie—. Y luego ya hablaremos.