Rey de la gula (Pecados 6) 99. Volviéndome loca
70%

99. Volviéndome loca

VOLVIÉNDOME LOCA

Aoife

Lágrimas.

No podía contenerlas.

Era ridículo porque siempre me había tenido por una chica fuerte, pero últimamente parecía que no hacía más que llorar. Y mentir.

Sí, llevaba un tiempo mintiendo como una condenada.

Hacía un rato, al llegar al hospital materno-infantil, había mentido con toda la intención y le había dicho a la enfermera encargada de las admisiones en Urgencias que un coche que iba marcha atrás se había chocado con el mío y necesitaba que me echaran un vistazo.

O sea, ¿en serio?

Demasiado nerviosa como para pensar con claridad, me senté sola en la sala de espera mientras lloraba a mares y esperaba a que me llamaran para hacerme una ecografía. La que debía confirmarme lo que Joey me había asegurado: que al bebé no le pasaba nada.

Consciente de que no podía volver a casa en ese estado, logré llegar hasta el piso de Casey totalmente abrumada por el arrepentimiento y la decepción que sentía hacia mí misma. En cuanto abrió la puerta, me lancé a los brazos de mi mejor amiga llorando como una Magdalena.

—Lo han detenido.

El mensaje de texto que me había enviado Shannon lo confirmaba.

—Mierda, ¿qué ha hecho esta vez? —masculló Casey sorprendida envolviéndome entre sus brazos y llevándome hacia dentro—. Espera, te refieres a Joey, ¿no?

—Sí, Case —le solté con el pecho agitado—. Evidentemente.

—Claro —convino acompañándome hasta el sofá—. Vale, siéntate y empieza a explicarme, que yo voy poniendo la tetera.

—No quiero que hagas té —sollocé dejando caer la cabeza entre las manos—. Quiero que me ayudes a sacarlo.

—¿De la cárcel? —Levantó las cejas—. ¿Cómo?

—No sé, pero no puedo dejarlo allí.

—¿Qué te parece si me cuentas por qué lo han encerrado y luego elaboramos un plan?

Inhalé de forma entrecortada y me sumergí de lleno en los acontecimientos que habían tenido lugar en el Tommen sin dejarme nada.

—Venga, Aoife, que estamos hablando de Joey —intentó tranquilizarme Casey cuando acabé de contarle mis penas—. Es como un gato con siete vidas. Le darán un tirón de orejas y enseguida estará fuera.

—No. —Sorbiéndome la nariz, negué con la cabeza—. No lo entiendes. Ahora ya tiene dieciocho años.

—Hostia, es verdad —concedió mi mejor amiga dejándose caer junto a mí en el sofá—. La Gardaí de esta ciudad lleva años soñando con esto. Lo van a empurar.

—No me estás ayudando.

—Ya, perdona, me acabo de dar cuenta. —Se dio una palmada en la frente, se giró hacia mí en el sofá y me ofreció un abrazo solidario—. Mira, sé que da un miedo de la hostia, pero debes hacerle caso a Joey. —Me apretó más fuerte—. Tienes que cuidar a ese bebé.

—¿Y quién va a cuidar de Joey?