98. El rock de la cárcel
EL ROCK DE LA CÁRCEL
Joey
Me empujaron hacia la parte de atrás del coche patrulla y me llevaron directamente a comisaría, donde me registraron, me desnudaron y me trataron a manotazos bajo las órdenes de ni más ni menos que el padre del gilipollas de Paul.
Todo eso antes de que me tiraran dentro de un calabozo para aislarme mientras esperaba a que llegara el abogado de oficio y me escoltara al juzgado.
Sin sentir ningún remordimiento por lo que había hecho, acepté el castigo con estoicismo, decidido a no mostrar mis emociones y a no sentirme mal por defender a mi hermana.
Porque esos capullos del Tommen se podían ir a la mierda.
Todo el puto mundo se podía ir a la mierda.
De lo único que me arrepentía ese día era de haber arrastrado a mi novia conmigo. Porque Molloy no habría estado allí si no hubiera sido por mí, y, joder, tengo clarísimo que no se habría peleado si no hubiese sentido la necesidad de defenderme.
Su rostro me persiguió hasta bien entrada la noche mientras permanecía sentado sobre una losa de hormigón que hacía las veces de cama en la celda donde me tenían retenido. Luchaba contra mi conciencia y contra mi cuerpo, que se estremecía a causa del síndrome de abstinencia.
El meadero de acero inoxidable que había en la esquina de mi celda había visto más vómitos de los que me importaba admitir, puesto que no dejaba de expulsar el contenido de mi estómago.
Pringue negro.
Bilis verde.
Coágulos de sangre.
Joder, estaba vomitando veneno.
Había sido tan ingenuo como para usar la llamada que me habían concedido con una mujer que ni siquiera se dignaba cogerme el teléfono.
A mi madre yo no le importaba.
Nunca le había importado.
Por Dios, si casi era más probable que fuera el viejo quien viniera a buscarme.
«Eso ya lo sabes, gilipollas, ¡así que deja de preocuparte por ella!».
Asqueado conmigo mismo por ser tan débil, rechacé la oportunidad de hacer otra llamada, porque, sinceramente, tampoco es que tuviera a nadie a quien llamar.
La bronca que había tenido con Darren hacía que prefiriera cumplir una condena de dieciocho meses por agresión antes que arrastrarme de rodillas hasta él para pedirle que me ayudara. Porque Darren podía irse a la mierda.
La única persona a la que podía llamar, la única que no se había rendido conmigo por completo, era la única a la que debía proteger. La persona que más me importaba en el mundo.
Sabía que Molloy contestaría. Sabía que vendría a buscarme. Que lucharía por mí a toda costa.
Ese era el puto problema.
Tenía que parar todo aquello y dejar de ponerla en peligro.
—En pie, Lynch —ordenó un agente de la Gardaí mientras desbloqueaba y abría la puerta metálica que me retenía—. Te llevaremos ante el juez en veinte minutos.
Genial.
De puta madre.
Sin molestarme en discutir, acaté sus órdenes y me quedé quieto como una estatua mientras me esposaban. Sí, estaba claro que la cosa no iba a acabar bien para mí.
«Puede que esto sea algo positivo —pensé mientras me conducían hasta el furgón celular que me esperaba—. Puede que el juez decida enviarme a prisión preventiva y me trasladen a la cárcel de Cork. Al menos entonces, Molloy y el bebé estarán a salvo de mí».