97. Novios, hermanos y zorras antipáticas #3
—¿Las uñas? —le espeté inmovilizándole hábilmente los brazos a los lados con las rodillas, un talento que había perfeccionado tras innumerables batallas con el gilipollas de mi mellizo—.
¿Crees que con las uñas te vas a librar?
—Levanté el puño y volví a golpearla—. Regla número uno, zorra inmoral, conspiradora y sin límites: ¡si le pones las manos encima al chico de otra, asegúrate de que sabes dar de hostias!
—¿De qué te sirve el dinero ahora, pijito? —oí a Joey burlarse desde algún punto cercano mientras le cascaba al pretendiente de Bella y lo inmovilizaba contra el suelo—. Ser un asqueroso tienes sus beneficios, ¿no?
—¡Voy a llamar a la Gardaí! —oí que exclamaba el director—. ¡Deteneos en este instante o haré que arresten hasta el último de vosotros!
No podía detenerme. La gente gritaba y discutía a mi alrededor, pero yo no entendía una sola palabra. Mi lógica había salido volando por la ventana y ahora funcionaba solo con un ánimo iracundo.
Seis años.
Durante seis largos años había visto a Joey Lynch recibir paliza tras paliza.
Contemplar a Bella poniéndole las manos encima a ese chico había sido la gota que había colmado el vaso.
Además, ella se lo había buscado. Por follarse a los novios de otras chicas a sus espaldas. Por intimidar y molestar a chicas más jóvenes y débiles que ella. Se merecía todo eso y más.
—Molloy… Vamos, nena. —Entonces un par de fuertes brazos me rodearon la cintura, levantándome por encima de mi objetivo y alejándome de la pelea—.
No vale la pena. —Con las manos envueltas protectoramente sobre mi centro y su pecho agitándose contra mi espalda, Joey siguió apartándome de los problemas—. No puedes pelearte en…
—Te ha llamado chusma —expliqué sofocada mientras luchaba por controlar mi ira, que finalmente se había desatado—.
¡No se lo consiento, Joe! —dije con la voz rota antes de inhalar de forma entrecortada sintiendo la necesidad de gritar a pleno pulmón para proyectar la rabia que me invadía por dentro.
—Lo sé, nena. —Jadeando sin aliento, me giró entre sus brazos para mirarme y me tomó la cara entre las manos—. Pero necesito que tengas cuidado.
El corazón me dio un vuelco cuando fui consciente de la situación.
El bebé.
—¡Mierda! —Mi mano se desplazó automáticamente hacia mi abultado vientre, oculto bajo una sudadera enorme, y me hundí contra él—.
Ay, Dios, Joe, ¿qué he hecho? —La repulsión invadió todos y cada uno de los poros de mi piel—.
No he pensado. —Sacudí la cabeza; me sentía impotente y llena de odio hacia mí misma—.
¡Soy idiota! ¿Y si le he hecho daño al bebé?
—No ha sido así. Todo va bien, Molloy —me tranquilizó enseguida apretándome con un brazo—. Tú estás genial y el bebé también, ¿vale?
—Pero ¿y si…?
—¡Todo el mundo al despacho! Voy a avisar a vuestros padres —bramó el director llamándonos a todos la atención mientras ordenaba a Bella y a su pretendiente que fueran hacia el instituto—. ¡A los vuestros también!
—Eso —se mofó Joey todavía abrazándome—. Haz algo.
Con «padres» quería decir «Gardaí».
Y «Gardaí» quería decir «esposas».
La realidad se estrelló contra mí como una bola de demolición, y me sorbí la nariz. Ahora él tenía dieciocho años. La Gardaí de la ciudad no iba a darle más oportunidades.
—¡Joe! —No podía ocultar el miedo en la voz—. Estás sobre aviso.
—Necesito que salgas de aquí, Aoife. —Joey me cogió la mano y me llevó hacia donde había aparcado el coche.
Parecía más centrado de lo que lo había visto en meses—.
No has estado aquí y no has visto una mierda.
—Se detuvo al llegar a la puerta del conductor y, girándose hacia mí, dijo—: ¿Lo has entendido?
—¿Qué? —Lo miré boquiabierta y negué con la cabeza—. No, ni de coña. No te voy a dejar…
—Sube al coche y vete a casa, nena —me ordenó interrumpiéndome—. Ahora.
—Joey, no, ¡no puedo dejarte aquí!
Me agarró la cara con las manos ahuecadas y me lanzó una elocuente mirada:
—Nadie te va a mencionar.
—No, Joe —sollocé con el pecho agitado—. No puedo.
—Aoife.
—Pero te van a…
Con las manos enredadas en mi pelo, se inclinó y me apretó los labios contra la oreja.
—Escucha —dijo lo suficientemente bajo como para que solo yo pudiera oírlo—. Métete en el coche y vete directa al hospital. No te preocupes por mí, ¿vale? Estoy genial. Diles a esos médicos lo que sea necesario para conseguir que te hagan una ecografía y comprueben que nuestro bebé está bien.
—Joe.
—Cuando te den el visto bueno, porque eso es lo que van a hacer, Molloy, quiero que te vayas a casa y te quedes allí. No vayas a buscarme y no te pelees por mí, cariño. Ya me peleo yo por los dos.
—Pero…
—Yo me encargo de todo, ¿vale? —Dejó ir un profundo suspiro y se hundió momentáneamente contra mí antes de volver a enderezarse—. Lo único que quiero que hagas es cuidar de ti y de mi bebé.
—Vámonos de aquí —solté—. Ven conmigo.
—No puedo.
—Tienes que hacerlo. —El corazón me latía a mil por hora mientras se resquebrajaba por el centro—. Si te quedas, te arrestarán.
—Eso no importa.
—Sí que importa —sollocé aferrándome a él—. Tú importas. Tú…
—Estaré bien. Tú vete, y te llamaré cuando pueda —interrumpió dándome un fuerte beso en la frente—. Nos vemos, Molloy —gritó por encima del hombro mientras se iba.
Y después ya no estaba.