Rey de la gula (Pecados 6) 97. Novios, hermanos y zorras antipáticas
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97. Novios, hermanos y zorras antipáticas

NOVIOS, HERMANOS Y ZORRAS ANTIPÁTICAS

Aoife

En un instante, Joey pasó de estar tirado en aquel sendero, con aspecto de tener a la muerte rondándolo, a mantenerse en pie sin ningún esfuerzo.

Lo que fuera que le hubiera dicho su hermana por teléfono había accionado algún interruptor en su cerebro.

Dejando de lado momentáneamente su agitación interior y desprendiendo ira a oleadas, echó la cabeza hacia atrás y rugió con auténtica fiereza mientras salía disparado hacia el aparcamiento pidiéndome las llaves del coche.

—Joe, para un momento, ¿vale? —le grité tratando de seguir tanto su paso como sus cambios de humor—. Habla conmigo, ¿quieres?

—La han agredido —gruñó por encima del hombro—. Me cago en la puta, han agredido a mi hermana, Molloy. —Elevaba la voz a cada palabra que salía de sus labios—. ¡Otra vez!

Se me cayó el corazón a los pies.

—No.

—Las llaves —pidió cuando llegamos a mi coche con la mano extendida—. Necesita que vaya a buscarla.

—No vas a conducir hasta el Tommen tal como estás —le dije con rotundidad—. Quítatelo de la cabeza.

—De acuerdo, conduces tú —concedió dando la vuelta hasta el asiento de copiloto del coche—. Me da igual cómo llegue hasta allí mientras lo haga.

—Vale, pero…

—Por favor, Molloy —dijo con voz ahogada—. Podemos hablarlo por el camino. Vamos, nena. ¡Vamos!

Sabía que era una idea terrible, pero no quería dejar a Shannon en el Tommen después de haber sido agredida, así que abrí el coche y me subí al asiento del conductor.

—Prométemelo, Joe. —Arranqué el motor y salí a toda leche de la plaza de aparcamiento, derrapando las ruedas hasta encontrar mi ritmo—. Prométeme que preguntarás primero.

—¿El qué? —soltó haciendo rebotar nerviosamente las rodillas mientras se roía las uñas con ansiedad—. Han agredido a mi hermana. Lo voy a arreglar.

«Madre de Dios».

—Mantén la cabeza fría —le indiqué accediendo a la carretera principal en dirección al Tommen College—. Nada de peleas, Joe.

—Ya, a la mierda con eso.

—No —razoné—. No me vengas con «a la mierda». Tienes que evitar entrar ahí con el hacha levantada, cariño.

—Mi hermana me llama histérica, diciendo que alguien de su instituto la ha agredido, después de toda la mierda por la que ha pasado este año, ¿y esperas que me quede de brazos cruzados?

—preguntó antes de mover la cabeza hacia los lados con evidente frustración—.

Ni de coña, Molloy. Pero ni de puta coña, ¿me oyes?

Se acabó esta mierda. Paso de seguir dejando que la gente pisotee a mis hermanos.

Se refería a su padre. No estaba pensando con lógica. Esto iba más de su padre que de cualquier otra cosa. Buscaba redimirse por algo de lo que no era culpable.

—Joe, esto no es lo mismo —traté de calmarlo—. Lo que le pasó a Shannon ese día en la cocina…

—No pude evitarlo —dijo acabando la frase por mí—. Pero esto sí que puedo evitarlo, Molloy. Y es lo que voy a hacer.

—No quiero ir —solté reduciendo la velocidad del coche cuando las puertas del Tommen College entraron en mi campo de visión—. No es buena idea.

—¡Molloy! Sigue conduciendo.

—No. —Negando con la cabeza, puse el intermitente y paré a un lado de la carretera antes de apagar el motor—. No te llevo. Al menos mientras estés así de exaltado. Tienes que calmarte y respirar, Joe.

—Vale. —Dejó escapar un furibundo gruñido, se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió la puerta de golpe—. Haré a pata el resto del camino.

—¡No, espera! —traté de decirle, pero era demasiado tarde. Ya había salido corriendo a todo trapo hacia el prestigioso instituto privado de su hermana.

—Mierda —renegué golpeando el volante con la mano—. ¡Me cago en todo, Joey Lynch!

Arranqué el motor de mi viejo amigo e intenté volver a la carretera, pero, por supuesto, acabé detrás de un tractor que transportaba una cisterna de estiércol a la velocidad de una tortuga sedada.

Mierda de vida.

Cuando llegué al instituto, había una gran multitud en el aparcamiento cercano. No hacía falta ser un genio para saber por qué se había formado o por qué todos coreaban «¡Pelea, pelea, pelea!» como una jauría de locos desquiciados.

Para evitarle a Joey una conversación con su hermana para la que no estaba preparado, cogí una de sus sudaderas del asiento de atrás antes de abrir la puerta de golpe y saltar hacia fuera, toda una hazaña teniendo en cuenta que mi panza era cada vez más redonda.

—¡Joey! —grité abriéndome paso entre la gran multitud que rodeaba a…, sí, a mi novio.

Se estaba abalanzando sobre Johnny Kavanagh.

Pero… ¿era Gibsie Gibberson quien lo retenía?

Madre de Dios.

—¿Qué haces, Joe? —Tras apartar a un grupo especialmente escandaloso de chicos adolescentes, me fui hacia él—. Habíamos dicho que nada de peleas.

Era evidente que ya se habían dado alguna hostia. Prueba de ello era la sangre que le goteaba a Johnny del labio partido.

Sin aliento, me apresuré a llegar hasta Joey antes de que se volviera a armar la de Dios. Estaba claro que plantarme en medio de dos machos alfa cargados de testosterona no era buena idea, pero no podía dejarlo solo en la boca del lobo.

«Juntos hasta el final».

—¡Joe! —Empujé al novio de Shannon hacia un lado, me puse delante del mío y le agarré la cara para obligarlo a que me mirara—. Pregunta primero, ¿vale?

Me miró con ojos febriles y salvajes durante un breve instante y luego me reconoció y dejó de oponer resistencia frente a Gibsie, que intentaba sujetarlo.

En favor de Gibsie, cabe decir que no intentaba hacerle daño a Joey ni sujetarlo mientras su colega le daba una paliza, sino que realmente quería apaciguar la situación.

Más o menos como yo.

—Me había olvidado —contestó Joey con ojos desorbitados desviando la mirada hacia Johnny antes de volver a centrarse en mí.

«Eso es —lo persuadí mentalmente sin apartar los ojos de los suyos—. Respira, cariño».

Al darse cuenta de que Joey tenía el mono, Gibsie lo soltó y dio unos pasos hacia atrás guiñándome un ojo. Si él supiera. Si Joey supiera lo mucho que nos había ayudado ese chico.

—¿Qué coño pasa? —preguntó Johnny trayéndome de nuevo al presente mientras se limpiaba un chorretón de sangre del labio.

—Dímelo tú —murmuró Gibsie por lo bajini—. A mí me está entrando dolor de cabeza con tanta confusión.

—Shannon me ha llamado —se apresuró a responder Joey desprendiendo ira a oleadas—. ¡Alguien de este instituto de estirados le ha hecho algo!

—¿Que le han hecho algo? ¿Qué? —Johnny tenía la mirada perdida—. He estado con ella durante la comida. —Miró a su alrededor con evidente confusión—. ¿Qué le han hecho? —Siguió mirando a todos como un loco a la espera de que alguno de sus amigos le respondiera—. ¿Qué cojones está pasando?

Gibsie abrió la boca para responder, pero Hughie se la tapó rápidamente con la mano.

—Ahora viene cuando te callas, tío.

—Cuando descubra quién de vosotros, mamones privilegiados, le ha hecho daño a mi hermana, ¡cumpliré condena por lo que os voy a hacer! —dijo Joey vibrando por la tensión.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó un hombre que supuse que era un profesor del Tommen.

Sin embargo, la velocidad a la que se dispersó la muchedumbre que nos rodeaba me llevó a pensar que ese hombre tenía un rango superior al de profesor.

—Hostia —oí que alguien le decía a un amigo mientras se piraban corriendo—. Es el director.

Genial.

Simplemente genial.

A solas con tres jugadores de rugby del Tommen, su líder y un jugador del instituto público Ballylaggin que sufría un horrible delirium tremens , observé con impotencia cómo el director miraba resignado a Johnny antes de centrarse en nosotros.

—¿Sabéis vosotros dos que no podéis estar en las instalaciones del instituto si no estáis matriculados aquí?

—¡Que te jodan! —Por supuesto, eso lo dijo Joey.

—Joe —mascullé intentando refrenar su imprudente comportamiento—. Es el director.

—¿Y? No es el mío —replicó ya totalmente fuera de sí—. He venido a recoger a mi hermana, ya que tu mierda de instituto no es capaz de controlar a sus alumnos y mantenerlos a salvo.

—¿Y tu hermana es…?

—Shannon Lynch.

El hombre se puso blanco.

—Sí, exacto —se burló Joey concentrando toda su furia en él—. Sabes de quién hablo. Le has hecho todo tipo de promesas, ¿no? Sobre mantener a los estudiantes a salvo. ¡Eres un puto chiste!

—Disculpa. —El señor parecía realmente ofendido—. No tengo ni idea de qué me hablas…

—Hola, Joe.

Todas las cabezas se giraron hacia Shannon, que llegaba empapada hasta los huesos y con aspecto de haberse peleado durante diez asaltos con Rocky.

—Ay, madre del amor hermoso… —murmuré en voz baja aguantándome las ganas de vomitar que me entraron cuando me llegó un olor a leche agria que hizo estragos en mi pobre sentido del olfato, potenciado por el embarazo.

Estaba claro que quien la había remojado en leche agria además había echado sal en la herida garabateándole en la cara algo peyorativo sobre las mamadas. Se notaba que había intentado borrárselo, pero ahí seguía, a la vista de todo el mundo.

Sorbiéndose la nariz, miró al gigante de su novio, y eso le hizo derramar las lágrimas que había estado conteniendo.

—Hola, Johnny.

—¿Qué coño…? —bramó Johnny, el primero en reaccionar, mientras se acercaba a ella y agarraba a su novia antes de que se desplomara sobre el suelo—. ¿Qué te ha pasado en la cara, Shannon?

—Quiero irme a casa. —Con el corazón en un puño, vi cómo se caía contra su inmenso cuerpo y se agarraba a él con fuerza—. Solo quiero irme.

—No pasa nada. —Examinó cada centímetro de su piel como si ella fuera de extrema importancia para él, y vi cómo ese tiarrón quedaba sobrecogido por la emoción—. Chisss, cariño… —Verla herida le había afectado. No, era más que eso. Lo había destrozado—. Cálmate.

—¿Quién te ha hecho esto? —quiso saber Joey entrando en acción mientras se dirigía directamente hacia su hermana—. Shan, ¿qué ha pasado?

—¿Ha sido ella? —preguntó Johnny uniéndose a mi novio en la interrogación—. ¿Qué estoy diciendo? ¡Claro que ha sido ella!

—¿Quién? —preguntó el director—. ¿Quién te ha hecho esto, Shannon?