96. Llámame e iré corriendo
LLÁMAME E IRÉ CORRIENDO
Joey
Alérgico. Esa era la única palabra que describiría cómo me sentía al entrar por la puerta principal del instituto público Ballylaggin el lunes por la mañana.
Llegaba tarde porque Shannon y mamá habían tenido un enfrentamiento épico sobre el hecho de que Kavanagh la recogiera para ir al instituto y después yo mismo me había peleado a grito pelado con Darren.
Cuando entré en el aula diez minutos después de que sonara el timbre y mis ojos se detuvieron en Molloy, que estaba sentada en nuestro pupitre, sentí que se me tensaban todos los músculos del cuerpo por la ansiedad que me producía el temor.
¿Sería ese el día en el que ella me diría «basta»?
¿Sería ese el día en el que finalmente me mandaría a la mierda?
Porque, tenía que afrontarlo, ambos sabíamos que yo ya estaba en tiempo de descuento con ella.
Sin embargo, pasar juntos el sábado por la noche me había cambiado.
Había avivado un fuego en mi interior que me había ayudado a soportar el día siguiente.
De alguna manera, no estaba demasiado seguro de cómo, me las había arreglado para mantenerme alejado de Shane y sobrevivir con un par de porros.
Tenía la cabeza hecha añicos y el cuerpo aún peor, pero veía las cosas con claridad y pensaba de un modo algo más racional.
Tampoco es que fuera nada del otro mundo, pero era un comienzo.
Había que empezar por algún sitio.
«Y esa chica era todos mis sitios».
—Gestión del tiempo, Joseph —me espetó la señora Lane echándome la mirada maligna que se reservaba especialmente para cuando yo esperaba que acabara de rellenar mi libro rojo—. Última advertencia.
Como si me importara una mierda.
Estaba ahí por dos motivos.
La rubia de mi pupitre y el bebé que llevaba en su barriga.
Ignorando a Podge y a Alec, que trataban de captar mi atención, me dirigí directamente a mi asiento sin detenerme hasta que estuve sentado a su lado con mi rodilla rozando la suya.
—Molloy.
—Joe —contestó con la vista fija en el cuaderno que tenía abierto delante en el pupitre.
Sin mediar palabra, cogí el auricular que había preparado para mí y me lo puse.
La canción «Fast Car», de Tracy Chapman, resonó en mis oídos y, joder, fue como si me echaran sal en las heridas abiertas. Como siempre, me cogió la mano por debajo del pupitre, pero, cuando entrelacé sus dedos entre los míos y le devolví el apretón, se giró sorprendida para mirarme.
—Hola, semental.
—Hola, reina.
—Bonita camiseta.
—Bonitas piernas.
Sorprendida, abrió los ojos como platos.
Le guiñé un ojo.
—¿Eres…? —susurró analizándome con recelo—. ¿Tú?
—No. —Contuve el impulso de agachar la cabeza por la vergüenza que sentía, me mantuve firme y me obligué a sostenerle la mirada—. Pero… lo estoy intentando.
Para darle a esa chica lo que necesitaba.
Lo que se merecía.
Era demasiado… Ella, el momento, mis sentimientos, cómo hacía que me latiera el corazón… Joder, es que de verdad que era demasiado. Y, aun así, me quedé completamente inmóvil, dejando que ella se sintiera colmada.
—Joe. —Apretó sus dedos alrededor de los míos—. Joe…
—Solo tengo que conseguir aguantar hora a hora, ¿verdad?
Con los ojos llenos de lágrimas, asintió rápidamente y me sonrió con amargura.
—Así es.
Luchando por concentrarme en lo que se decía a mi alrededor durante la comida, me puse a temblar en mi silla mientras el más horrible de los sudores fríos me chorreaba por la piel. Los chicos hablaban de hurling, las chicas, de bebés, y yo me ahogaba en la pesadilla de tener que pasar el mono.
—Necesito algo —admití girándome en mi asiento para mirar al único motivo que tenía para no tirar la toalla y acabar con el dolor—. Molloy, necesito algo.
—Por Dios, Joe, estás ardiendo… —respondió Molloy limpiándome una gota de sudor de la frente—. ¿Estás…?
—No, estoy helado —le aseguré cogiendo su pequeña mano entre las mías—. Pero necesito algo o me voy a poner fatal.
Sus ojos se llenaron de pánico.
—No puedes.
—Tengo que hacerlo.
—No. —Negó con la cabeza—. Hora a hora, ¿te acuerdas? Puedes aguantar otra hora, Joe.
—Me estoy muriendo —reconocí acercándome para que me oyera solo ella—. Ayúdame.
—No puedo —dijo con un hilo de voz apretándome la mano—. Puedes hacerlo, Joe. Sé que puedes. Ya lo has hecho antes. Simplemente deja que el veneno salga de tu organismo, cariño, y te sentirás mucho mejor.
—Te digo que me voy a morir si no consigo algo —mascullé—. Lo puedo sentir. —Dejé ir un suspiro entrecortado—. Me va a explotar el corazón.
—Entonces vámonos —propuso para calmarme—. Vámonos a casa.
—Si me levanto de esta silla, no será para irme a casa precisamente —contesté esforzándome por ser sincero con ella—. Lo siento muchísimo.
—No, no, no —replicó—. No lo sientas, porque aún sigues aguantando.
No era cierto. Estaba a segundos de arrancarme la piel a tiras. El ansia era demasiado poderosa. La necesidad era demasiado fuerte. El hambre era demasiado incontrolable.
—No puedo hacerlo, Molloy.
—Sí que puedes.
—No, de verdad que no.
—Un canuto te calmaría un poco, tío —intervino Alec con una ternura inusual mientras me ponía una mano en el hombro—. Tú dímelo y yo te lo arreglo.
Molloy desvió la mirada hacia mí y, tras unos segundos de vacilación, asintió a regañadientes.
—Ayúdalo.
Me levanté de la silla y me puse en marcha de inmediato, moviéndome más rápido que nunca, mientras las ansias que atormentaban mi cuerpo me revolvían el estómago en señal de protesta.
—Eso es, tío —me elogió Al cuando llegamos a la parte de atrás del pabellón de Educación física y eché las rabas sin contemplaciones—. Saca toda esa mierda y luego nos encenderé una hierba de primera, tronco.
—Me cago en mi vida —gimoteé en medio de mi desgracia mientras vomitaba bilis y veneno. Me dolía físicamente respirar. Cada vez que me latía el corazón, la sangre que me corría por las venas ardía y me abrasaba—. Me estoy muriendo.
—No te estás muriendo. Es solo que no puedes hacerlo de un día para otro —me animó mi amigo poniéndome un porro liado con esmero entre los dedos—. Dale una calada, tío. Te sentirás mejor.
Agitándome con violencia, le di una calada profunda llenándome los pulmones hasta el punto del dolor y no solté el humo hasta que sobrevino el mareo.
—Eso es —dijo Alec apretándome el hombro para reconfortarme—. Tío, planta ahí el culo y deja que haga su efecto.
Temblando, conseguí sentarme en el sendero de la parte posterior del pabellón y di otra calada.
—Hostia puta… —dije exhalando lentamente una nube de humo.
—Ya sabes que soy el último que debería juzgarte, porque bien sabe Dios que yo mismo soy un puto desastre a mi manera —dijo agachándose para sentarse junto a mí—. Pero necesitas ayuda, Joe.
—Al, tío, por favor, no quiero oír eso ahora mismo.
—Pues vas a tener que hacerlo, Joe. Tienes novia y un bebé en camino, y yo sería un pésimo amigo si no diera un paso al frente e intentara al menos hacerte entrar un poco en razón —continuó—.
Has estado tonteando con las peores mierdas.
La heroína no es algo que la gente deje de un día para otro.
Si así fuera, no harían falta clínicas de metadona ni centros de rehabilitación.
Es algo muy serio, tío. Y tampoco te alejas de peña como Holland tan fácilmente. Ya lo sabes.
—No sé qué hacer —admití sintiéndome destrozado—. Sé que ella me necesita.
—Aoife sigue ahí, hombre —me animó dándome un toquecito con el hombro—. Sigue al pie del cañón por ti, lo que significa que aún hay esperanza. Hay una pequeña familia esperando a que te pongas bien. Puedes ponerte bien, Joe, pero tienes que querer. Tienes que luchar.
—Es que… no sé si me quedan ganas —reconocí en voz baja—. Estoy cansado, Al. Sobre todo, la cabeza. Tengo la puta mente agotada.
—Hola, semental. —El aire me trajo la reconocible voz de Molloy e hizo que todo mi ser se pusiera en modo de alerta. Apareció por uno de los laterales del pabellón y se sentó en la pared que había delante de mí, manteniéndose alejada del humo—. ¿Estás mejor?
Indignado conmigo mismo por haberme convertido en una criatura tan decrépita, asentí de manera forzada mientras sucumbía al peso de mi vergüenza.
—Se pondrá bien —se apresuró a intervenir Al con su habitual tono guasón—. El amigo Lynchy solo necesita volver a los orígenes.
En ese momento, el teléfono decidió tocarme los huevos y se puso a sonar a todo trapo en mi bolsillo. Le di otra calada al canuto, se lo pasé a Alec y cogí el aparato.
La preocupación se apoderó de mí cuando vi el nombre de mi hermana parpadeando en la pantalla.
Desde la llegada del Señor Rugby, sus llamadas eran menos frecuentes, y ya nunca necesitaba ponerse en contacto conmigo durante el horario escolar.
El hecho de que me estuviera llamando evidenciaba que algo iba mal.
—¿Shan? —pregunté acercándome el teléfono a la oreja—. ¿Qué pasa?
—Joey —sollozó al otro lado de la línea. Apenas podía distinguir su voz con ese volumen de llanto. Al instante, enderecé la espalda y la sangre se me convirtió en lava—. N-necesito que v-vengas a por mí.