95. Madres y padres buenorros, y drogadictos
MADRES Y PADRES BUENORROS, Y DROGADICTOS
Aoife
La madre de Johnny Kavanagh parecía caída del cielo, mientras que su padre parecía estar esculpido en oro. En serio, a ese chico le corrían unos genes magníficos por las venas. Era casi tan afortunado en el tema del aspecto físico como iba a serlo el pequeño matón que crecía en mi vientre.
«Casi».
—Así que este es el célebre Joey Lynch —dijo John Kavanagh ofreciéndole a mi novio una amable sonrisa. El hombre tuvo mérito por no añadir «tristemente» antes de «célebre»—. He oído hablar mucho de ti.
Inmóvil, Joey lo estudió; parecía un poco acorralado y muy a la defensiva. Decidí intervenir en su lugar y di lo que esperaba que fuera un discreto paso hacia delante, consciente de que él necesitaba unos segundos para coger aire y no reaccionar por instinto.
—Parece que este pequeñín se lo ha pasado en grande en vuestra casa —apunté girándome para alborotarle los rizos a Sean—. Tenéis un hogar precioso.
—Tus hermanos estaban solos —afirmó Edel Kavanagh dejándose de tonterías, sin apartar los ojos de Joey en ningún momento—. Johnny no podía dejarlos así.
Leía a Joey como a un libro abierto, y me rompió el corazón saber que todos sus instintos le gritaban «peligro».
Como en esos momentos no le funcionaba bien la cabeza, era todavía más impredecible.
Desvié la mirada hacia Johnny, que parecía estar pensando lo mismo que yo y había dado un paso hacia su madre.
Entrecerré los ojos y lo miré duramente como diciendo «sí, encima».
Él se encogió de hombros sin el menor rubor.
—Lo siento —contestó Joey para mi sorpresa, centrando toda su atención en la mujer—. Estaba trabajando.
La falta de ímpetu en su respuesta me partió el alma, porque no hacía más que ratificar lo que yo ya sabía: que no era él mismo.
La pena se reflejó en los ojos marrones de la mujer, que le lanzó una mirada de preocupación a su marido antes de negar con la cabeza:
—No, Joey, cariño, no estaba insinuando que hubieras hecho nada malo.
—En cualquier caso —repuso Joey encogiéndose de hombros mientras rodeaba el coche por el lado del copiloto con su hermanito en brazos y abría la puerta—, no volverá a pasar.
—No hace falta que os vayáis ya, cariño —protestó Edel rápidamente al ver que mi novio acomodaba a Sean en el asiento de atrás y le ponía el cinturón—. Quedaos a cenar. Todos. Será un placer.
—No, ya nos hemos quedado demasiado rato —fue todo lo que Joey contestó mientras volvía a enderezarse y buscaba a los otros por los alrededores—. ¡Chicos! —gritó antes de emitir un agudo silbido—. ¡Vamos tirando!
Tan leales a su hermano como aquellos perritos a la madre de Johnny, Ollie y Tadhg corrieron a toda prisa hacia Joey y no se detuvieron hasta que estuvieron junto a él.
—Dadles las gracias a Johnny y a sus padres por haber cuidado hoy de vosotros —indicó Joey con tranquilidad.
—Gracias —repitió como un lorito Tadhg, más interesado en despedirse de los perros que de los humanos, antes de subirse al asiento de atrás con Sean.
—Gracias, Dellie —canturreó Ollie girándose hacia la mujer rubia y rodeándole la cintura con los brazos—. Me lo he pasado zuperbién .
Claramente sorprendida, le devolvió el abrazo con fuerza.
—Ven a verme pronto, cariño.
—Lo haré —respondió Ollie, que tardaba demasiado en soltarla. Cuando por fin lo hizo, dio un paso atrás y miró con recelo a su marido tendiéndole la manita—. Adiós, John.
—Adiós, Ollie —contestó el hombretón con voz calmada aceptando el apretón de manos—. Recuerda lo que te he dicho.
—Ajá. —Asintió Ollie con vivacidad antes de esbozar una sonrisa—. Entiendido , John. No lo olvidaré.
—Se dice «entendido», no «entiendido» —arremetió el Pequeño Alfa desde el asiento de atrás—. Aprende a hablar, gilipollas.
—¡Cierra el pico! —le advirtió Joey mientras conducía a Ollie hacia el interior del coche junto a sus hermanos. Hasta que no los tuvo a todos sentados y con los cinturones de seguridad puestos no se giró hacia los Kavanagh—. Gracias por todo. No volverá a suceder.
—¿Y tu madre?
—No tiene por qué enterarse.
Con aspecto derrotado, Joey se subió al asiento del copiloto y cerró la puerta, dejándome sola con los tres miembros de la familia Kavanagh mirándome expectantes.
—Todo va a ir bien —murmuré—. Estarán bien.
—¿Estás segura? —preguntó Edel igual de convencida que yo.
«No».
Haciendo un esfuerzo por no llorar, le brindé la mejor sonrisa que pude improvisar y asentí:
—Ajá.
En el corazón de mi novio se gestaba una tormenta.
En silencio y dándole vueltas a la cabeza durante todo el camino de regreso a la urbanización Elk, Joey tamborileaba con los dedos sobre la rodilla.
Miraba por la ventana del copiloto mientras los chicos se reían y bromeaban en el asiento de atrás, felizmente ajenos al caos interno al que se enfrentaba su hermano.
Sin embargo, en cuanto aparqué delante de su casa, Joey salió del coche y entró en la vivienda con paso airado.
—Mierda, está que trina —conjeturó Tadhg mirándome por el retrovisor.
—No deberías dicir palabrotas —lo regañó Ollie mientras intentaba desabrochar su cinturón de seguridad y el de Sean—. Es de mala educación.
Tadhg puso los ojos en blanco.
—Ollie, me importa tres pares de co…
—Vale —intervine antes de que Tadhg les enseñara a los más pequeños los aspectos más coloridos de la lengua—. Será mejor que entremos, chicos.
Con la pegajosa manita de Sean en la mía, seguí a los niños dentro de la casa, pero nada más entrar me estremecí al oír unos gritos procedentes del piso de arriba.
—Vaya, tenéis una tele nueva.
—Nos la ha compado Darren —explicó Ollie con un resoplido.
—¿Por qué no ponéis los dibujos? —sugerí acompañándolos a los tres a la salita antes de dirigirme hacia la escalera—. Yo vuelvo enseguida.
—¡Vale, pero no pienso ver dibujitos de mierda! —gritó Tadhg por encima del hombro—. ¡Hay un partido en la tele pública!
Dejé a los chicos peleándose por el mando a distancia y seguí los gritos que había oído escaleras arriba sin detenerme hasta llegar a la puerta de la habitación de sus padres.
—¿Cuántas putas veces vamos a tener que pasar por esto? —preguntaba Joey mientras abría las cortinas de un tirón para inundar la oscuridad del cuarto con luz vespertina—. ¡No puedes dejar solo a Sean así!
Con el corazón a mil, desvié la mirada hacia la mujer que estaba hecha un ovillo en la cama.
Marie.
—Vete, Teddy —balbuceó aferrándose a la almohada mientras se le escapaba un sollozo sobrecogedor tras otro sollozo—. Estoy cansada.
—Soy Joey —dijo sofocado—. Por Dios, ¿qué te has tomado?
—Como si tú pudieras juzgarme…
—No te estoy juzgando. ¡Lo que te digo es que te levantes y seas una madre para tus hijos, joder!
—Estoy muy cansada.
—¿Y yo no? —preguntó mi novio pasándose las manos por el pelo con evidente frustración—.
No puedes hacer esto, mamá. No puedes pasar de ellos —le soltó—.
Querías quedártelos. Querías que tu familia estuviera contigo.
Ese era el objetivo principal que teníais tú y Darren, ¿no?
Que los niños no se fueran. Para venderle la moto a Patricia y a los otros trabajadores sociales.
Bueno, pues conseguido. Felicidades. Porque los chicos están abajo.
Pero están solos, mamá. Sin una madre o un padre que los cuide.
¡Así que deja de compadecerte de ti misma y asume tu puta responsabilidad!
—¡He dicho que te vayas! —gritó lanzándole la almohada—. No te quiero aquí.
—¡Ah, que no me quieres aquí! —bramó Joey alzando las manos—. Bueno, pues ya tenemos algo en común, ¡porque yo tampoco quiero estar aquí!
—Joe. —Instintivamente, me fui hacia él. «Como si fuera una costumbre de toda la vida»—. No te preocupes.
—¿Te das cuenta? —dijo con voz ahogada temblando de forma violenta mientras señalaba a su madre—. ¿Qué coño se supone que debo hacer?
Nada. Porque ya había hecho suficiente por ella y encima se lo habían echado en cara. Lo único que debía hacer era mirar por él, pero no podía escucharme.
Se había ido muy lejos.
Igual que su madre.
—Mírame… Oye, oye…, mírame. —Le cogí la cara entre las manos y lo obligué a entablar contacto visual conmigo—. Pasa de ella, ¿vale?
—Pero yo…
—Chisss, chisss… —Le tiré de la cara hacia mí, le di un beso en la frente y volví a centrarme en sus ojos—. Todo va bien.
No era verdad. Nada iba bien. Pero ese chico necesitaba algo a lo que agarrarse.
—Es que… —Respirando de forma entrecortada, buscó mi mano y dejó que sus hombros se desplomaran en señal de derrota—. Ya no puedo más.
—Lo sé. —Le cogí las manos, lo conduje fuera de la habitación y cerré la puerta a nuestras espaldas—. Escúchame —dije con tono persuasivo encaminándonos hacia el cuarto de baño—. Yo voy a bajar a encargarme de los chicos y tú vas a darte una ducha.
El dolor y la confusión le centelleaban en los ojos.
—Pero…
—Tú solo respira, Joe —le indiqué acompañándolo hasta el baño—. Tómate tu tiempo, ¿vale? Dúchate y cámbiate esa ropa de trabajo. Yo me quedaré un rato con los niños.
—No puedo hacerlo, Molloy —repitió con una voz tan rota como su aspecto—. No puedo.
Una horrible mezcla de miedo y temor hizo que se me parara el corazón.
—Puedes pasar una noche más —repuse acariciándole la mejilla—. Te lo prometo.
—No quiero dejarlo morir.
—¿Qué? —fue lo único que conseguí decir.
—Nosotros —contestó—. No voy a dejar que se muera. No puedo hacer esto sin ti.
Las palabras se le escaparon de los labios como una confesión desgarrada. Como si le doliera decirlas. Como si solo entendiera su impacto una vez que salían de su boca.
—Y no quiero —susurró dejando caer la cabeza—. No quiero una vida en la que no estés tú.
Admitir eso lo partió en dos, y no pude hacer otra cosa que envolver su escuálido cuerpo entre mis brazos y atraerlo hacia mí.
—Sigo aquí, Joe.
—No bajes —musitó rodeándome la espalda con un brazo y acercándome hacia él—. Quédate conmigo.
—Joe…
—Solo quédate conmigo —me rogó dejando caer la cabeza sobre mi hombro—. No tienes que hacer nada, te lo juro. Yo… —Soltó un suspiro entrecortado y dijo—: Solo abrázame, Molloy.
—Vale —fue todo lo que le respondí, y mientras tanto el corazón se me partía por la mitad—. Me quedaré contigo, Joe.
«Para siempre».
Tras convencer a Joey de que se diera una ducha, me dirigí al piso de abajo para ver cómo estaban los chicos y me encontré con que seguían discutiendo por el mando a distancia.
Les hice zanjar las diferencias, repartí unos tentempiés y luego volví al cuarto de Joey y me lo encontré recién duchado.
Llevaba una toalla envuelta alrededor de sus estrechas caderas y estaba sentado al borde de la cama, con los hombros caídos y la cabeza entre las manos.
—¿Qué pasa? —pregunté cerrando la puerta de la habitación detrás de mí—. Pareces triste, Joe —advertí colocándome delante de él—. A decir verdad, pareces destrozado.
—Es que… Eh… —Sacudió la cabeza y se esforzó en mirarme cuando dijo—: Pensé que te habías ido.
Mi pobre corazón se estampó contra la caja torácica.
—No, me temo que vas a pasar la tarde conmigo.
Soltó otra temblorosa exhalación, me puso las manos sobre las caderas y me acercó a él hasta que mi vientre le tocó la nariz.
—Bien.
—Joe.
Sin decir una sola palabra, me cogió el bajo de la sudadera y tiro de él hacia arriba para dejar al descubierto mi barriga.
—Te quiero. —Me dio un largo beso en la tripa—. Os quiero a los dos.
Se me hizo un nudo en la garganta y no pude evitar entrelazar mis dedos en su pelo.
—Nosotros también te queremos, Joe.
—Voy a solucionarlo —siguió susurrando mientras me besaba por todo el abdomen—. Te lo prometo, voy a arreglarlo todo.
Y no me hizo falta más.
Un destello del chico del que me había enamorado fue suficiente para que me quitara la ropa y me tumbara debajo de él.
Temblando cuando movía sus labios por mi piel mientras sumergía su cara entre mis muslos, me agarré a las sábanas y parpadeé para alejar las lágrimas.
Sentía por ese chico más de lo que debía.
—Joe —le susurré con voz ronca mientras se movía entre mis piernas—. Tienes que ponerte un condón, ¿te acuerdas?
Se quedó quieto unos segundos y vi cómo la desolación se apoderaba de él antes de asentir avergonzado y abrir el cajón de la mesita de noche para sacar un preservativo.
Irónicamente, habíamos decidido empezar a usar protección durante el embarazo. Podía contar las veces que habíamos intimado desde el ataque de su padre con los dedos de una mano, y todas ellas yo había tenido la prudencia de protegerme.
—Ya sé que no has estado con nadie más —me apresuré a tranquilizarlo mientras observaba cómo se ponía el condón torpemente en el miembro con manos temblorosas—. Es solo que… Acuérdate de que el médico dijo que debía protegernos a mí y al bebé por si acaso.
—No hay problema —contestó con la voz resquebrajada y las manos apoyadas sobre los muslos—. Lo entiendo.
—Joe. —Me levanté sobre un codo, le pasé un brazo por el cuello y lo atraje hacia mí—. No pasa nada. Ven conmigo.
—Lo siento —balbuceó introduciéndose muy dentro de mí—. Nunca sabrás cuánto.