94. Creo en ti
CREO EN TI
Joey
Molloy puso la calefacción a tope en el coche de camino a casa de los Kavanagh y yo me alegré de que lo hiciera.
Joder, tenía tanto frío que no había manera de entrar en calor.
Me calaba los huesos. Cuando sacó una sudadera del asiento de atrás y me pidió que me la pusiera, la obedecí sin rechistar.
En el equipo sonaba «When You’re Gone», de los Cranberries, el grupo favorito de Molloy, pero era incapaz de centrarme en la letra. Porque quería hablar con ella. Quería encontrar las palabras que necesitaba que le dijera, pero ya no existían en mi cerebro.
Durante esa época sentía muy pocas cosas, pero todas y cada una de mis emociones aludían, se dirigían o apuntaban a ella.
La quería, y eso no podía cambiarlo ninguna puta droga.
Como tampoco podía cambiar la depresión que me carcomía por dentro.
Porque era depresión, ¿no? Querer morirse no era algo con lo que fantaseara un chaval de dieciocho años.
—Estás pensando en eso, ¿verdad? —preguntó Molloy rompiendo el silencio que nos rodeaba.
Tenía el cerebro demasiado confuso y el corazón demasiado agitado como para comprender o interpretar sus palabras. Así que metí la mano en el bolsillo del mono y saqué la cartera.
—Tengo tu dinero —le dije dividiendo el fajo de billetes de mi sueldo por la mitad—. Aquí lo tienes.
—Ese dinero no es mío, Joe —contestó afligida negándose a coger la pasta, igual que la semana anterior—. Es tuyo.
—No —musité dejando los billetes en la guantera del coche antes de que me diera por cometer alguna imprudencia con él—. Es el dinero del bebé.
Porque ambos sabíamos que sería capaz. Si no lo alejaba de mí, desaparecería y no se lo podría dar.
—No soy tu madre —me dijo con la atención puesta en la carretera que teníamos delante mientras conducía por un estrecho camino rural—. No te quiero por tu dinero.
—Siento haberme perdido la ecografía —me oí decirle más o menos por millonésima vez—. Siento todo lo que te he hecho.
—Ya lo sé, Joe —repuso con un pequeño bufido, todavía evitando mirarme—. Ya lo sé.
—Te quiero —añadí haciendo rebotar las rodillas sin cesar mientras me mordía las uñas—. Más que a mi vida.
—Ya —contestó emocionada—. Yo también te quiero.
Nunca entendería cómo podía decir eso y que fuera verdad. ¿Cómo podía seguir queriéndome?
Yo no valía la pena.
—Voy a arreglarlo —solté inclinándome hacia ella para colocarle una temblorosa mano sobre la tela vaquera que le cubría el muslo—. Lo voy a solucionar, Molloy. Pronto. Te lo prometo.
—Vale, Joe —repuso con tono melancólico mientras me cubría la mano con las suyas—. Lo que tú digas.
La ansiedad y el pánico me roían las entrañas.
—Me crees, ¿verdad?
Molloy se quedó callada un buen rato antes de mirarme de reojo y decir:
—Creo en ti.
Cuando aparcamos frente a la casa de Kavanagh y salimos del coche, un ejército de perros, niños y un jugador de rugby con cara de sentirse la hostia de culpable nos tendió una emboscada.
—¡Joe! —gritaron Ollie y Tadhg antes de salir corriendo en la dirección opuesta con dos golden retriever que parecían dementes.
—Hola —dijo Kavanagh rodeando el coche con mis hermanos pegados a los talones—. Yo… Eh… —Mientras las palabras se desvanecían, alzó una mano para rascarse la nuca con cara de cordero degollado—. Lo siento.
—¿Sientes haber secuestrado a sus hermanos? —se burló Molloy apoyando la cadera contra el capó del coche mientras se agachaba y le acariciaba la cabeza a un labrador con aspecto de veterano—. Un comportamiento muy extraño, Señor Rugby. Muy extraño, la verdad.
—¡O-ui! —chilló Sean lleno de gozo con los brazos alzados mientras corría hacia mí—. ¡O-ui!
—¿Cómo está mi niño? —dijo cogiéndolo en brazos—. ¿Eh? ¿Has ido a dar una vuelta con Johnny?
Asintiendo con solemnidad, Sean me puso la mano, llena de babas, sobre la mejilla y luego se acurrucó en mi cuello.
—Quero O-ui.
—Bien dicho, chaval —le susurré al oído mientras me envolvía los brazos alrededor del cuello y apretaba—. Yo también te quiero.
—O-ui.
Desvié la atención hacia mi novia, que mantenía una animada conversación con el novio de mi hermana, y pregunté:
—¿Qué ha pasado?
—Los encontré solos —contestó Kavanagh mirándonos alternativamente a Sean y a mí—. Él estaba solo.
—¿Ella no estaba? —preguntó Molloy antes de que yo pudiera hacerlo.
—Al parecer, se hallaba en la cama —le dijo Kavanagh, y vi cómo se cruzaban una cómplice mirada.
—Mierda —musité sintiendo cómo aumentaba mi ansiedad, junto con el dolor de estómago—. ¡Me cago en la puta!
—No pasa nada, Joe —se apresuró a apaciguarme mi novia, colocándose a mi lado—. Parece que los chicos se lo han pasado en grande en la mansión.
—¡Joey Lynch! —gritó una mujer, y tardé unos segundos en darme cuenta de que era la madre de Kavanagh. Poco después, apareció en la puerta principal flanqueada por un hombre imponente—. Volvemos a encontrarnos.
—Eso parece —contesté observándola con recelo mientras se aproximaba.
—Hay tres pequeñas copias de ti —musitó sin detenerse hasta ocupar de nuevo mi espacio personal—. Qué familia tan preciosa.
No sabía qué decirle, así que me quedé callado, con los ojos fijos en el hombre que la acompañaba. Olía la ley a kilómetros de distancia, y ese cabrón, que vestía demasiado bien para ser un policía, apestaba a autoridad.
Y a dinero.
«Y a poder».
—John Kavanagh —dijo presentándose con una agradable sonrisa y la mano extendida—. El padre de Johnny.
No mordí el anzuelo.
Pero mi novia sí.
—Aoife Molloy —intervino dándole la mano cuando se hizo evidente que yo no iba a hacerlo. Luciendo una de sus famosas sonrisas, se echó el pelo hacia atrás y se mostró muy alegre ante los Kavanagh—. La novia de Joey.