93. Lágrimas y mensajes de texto
LÁGRIMAS Y MENSAJES DE TEXTO
Aoife
—¿Te encuentras bien? —me preguntó Casey el primer sábado de mayo. Estábamos sentadas en el camino que daba a mi casa, mirando cómo Podge, Alec y algunos otros chicos le daban patadas a un balón en el campo que había enfrente.
—No —respondí sin molestarme en mentir. La fachada de indiferencia que usaba con todo el mundo me dejaba agotada y, tras una larga semana de sonreír como una idiota en el instituto, ya no podía más—. Estoy cansada, me veo gorda y la preocupación me está volviendo loca.
Casey no me preguntó por qué. Sabía cómo se había estado comportando Joey esos últimos meses.
—¿Dónde está ahora?
—Trabajando, en teoría.
—¿No te lo crees?
—Ya no me creo nada de lo que me dice, Case.
«No me lo puedo permitir».
Esa era la cruda verdad.
Con la mirada fija en el partido de fútbol que se desarrollaba en el campo, hice un gestó de negación con la cabeza y me encogí de hombros.
—Papá dice que ha estado cumpliendo con sus turnos, pero… no sé.
—Ay, cariño.
—No me digas eso —le supliqué reprimiendo un escalofrío—. Me harás llorar y de verdad que no quiero llorar más, ¿vale?
—Saldrá adelante, Aoife —dijo—. Ya lo verás.
—Puede —susurré mordiéndome el labio mientras desviaba la mirada hacia mi vientre—. Pero necesito que lo haga ya.
—¿Cuándo tienes la próxima ecografía? —preguntó levantando una mano para acariciarme la panza, que ocultaba discretamente bajo una sudadera extragrande—. La de anomalías será pronto, ¿no?
—No, esa me la hice la semana pasada.
—¿Y cuándo es la siguiente?
—La de la semana veintiocho.
—Mierda, Aoife, no me puedo creer que ya estés a medio camino.
—Ya —suspiré hondo—. Yo tampoco.
—Oye. —Tras ponerse de lado para mirarme, mi mejor amiga tomó mi mano entre las suyas y me la apretó—.
Sé que no quieres hablar de Joe, pero es importante que sepas que su comportamiento no tiene nada que ver con lo que siente por ti y por el bebé.
—Me sonrió con tristeza—. Está hecho un lío, cariño.
Tiene un montón de traumas sin resolver.
Joder, solo con las mierdas de su padre a mí ya me entraría estrés postraumático, imagínate a Joey.
Pero eso no significa que no os quiera a ti y a la criatura.
—Sé que nos quiere —susurré mirando hacia mi regazo con una lágrima a punto de precipitarse—. Pero quiere más a ese veneno que se mete en las venas.
—Las dos sabemos que eso no es verdad —me calmó enseguida—. Pero también sabemos que no va a ponerse mejor sin ayuda profesional. Ha ido demasiado lejos, Aoife, y mentir por él y cubrirle las espaldas no va a hacerle ningún bien a largo plazo.
—¿Qué se supone que debo hacer, Case? —dije con un hilo de voz desviando la atención de nuevo hacia ella—.
No puedo obligarlo a que ingrese en un programa de rehabilitación, y, aunque lo hiciera, ¿cómo iba a pagarlo?
A su madre él le importa una mierda y todo lo que yo gano en el pub lo uso para pagar sus deudas o ahorrar para el bebé.
Porque también tengo que preocuparme por eso.
¿Qué pasa si no está conmigo cuando llegue el momento?
—No pienses esas cosas —razonó estremeciéndose—. Estará ahí, Aoife.
—Pero ¿y si no es así? —insistí obligándome a admitir en voz alta el mayor de mis miedos—.
¿Qué pasa si cae tanto que ya no puedo llegar hasta él?
¿O si tiene una sobredosis? ¿O si se muere?
¿O si lo matan? ¿Qué hago entonces, Case?
—Las lágrimas que intentaba retener acabaron cayendo y me sorbí la nariz—.
¿Qué se supone que debo hacer? Mi madre y mi padre no pueden mantener a ese bebé.
Apenas llegan a fin de mes. Sé lo que Joey necesita, pero…
—Con sentimiento de impotencia, me encogí de hombros—.
No tengo dinero suficiente para hacer que se ponga bien.
—Su hermano mayor tiene un buen trabajo, ¿no?
—Darren puede irse a la mierda —espeté entrecerrando los ojos—. Preferiría pagarme a mí para que abortara antes que hacerlo para solucionar los problemas mentales de su hermano. Además, cada vez pasa más tiempo en Belfast. Case, se habrá largado antes de que nazca el bebé.
—Puedes pedirle que te ayude.
—Lo hice.
—Pídeselo otra vez.
—Por favor, no empieces —le advertí alzando una mano—. Ya tengo a mi madre para que me dé la paliza sin parar y me sermonee sobre todo lo que debería estar haciendo. Por favor, Case, no me hagas tú lo mismo.
—Nunca —me tranquilizó pasándome un brazo por encima del hombro—. En mi humilde opinión, creo que eres una jefaza por llevar todo esto tan bien.
—Me parto.
—Es verdad —insistió—. Eres increíble, Aoife. La definición de una mujer fuerte. ¿Con todas las mierdas que te has comido de los gilipollas del insti? ¿Y lo bien que has manejado la situación? ¿Cómo te levantas cada mañana con la cabeza bien alta? Cariño, eres asombrosa.
—Salvo porque me siento menos mujer que nunca, Case —admití con amargura—. Y más niña perdida.
Me distraje al oír el motor de un coche y ambas nos giramos y vimos un lujoso Lexus parado en el sendero que había frente a la casa de Katie.
—¡Vaya, señorita molona, de copiloto con los niños pijos! —gritó Alec desde el campo silbándole con fuerza—. No me jodas, Podge, nos hemos equivocado de insti. El mejor coche con el que me han llevado a mí a casa es la tartana de Aoife, y en el asiento de atrás.
—Hey, no te metas con Chirriditos, ¿me oyes? —gritó a su vez Casey con una carcajada—. Es mucho mejor que ese sillín de mierda de tu bici en el que me hiciste poner el culo.
—Bici robada —apuntó Podge mientras los dos chicos cruzaban la calle para unirse a nosotras—. No finjas que no fue el paseo de tu vida —se burló Al guiñándole un ojo a mi mejor amiga.
—¿Ah, sí? —Casey hizo como que le costaba recordarlo—. No debió de ser tan memorable, porque no me acuerdo.
—Qué sinvergüenza… —se rio entre dientes y se puso la camiseta sudada sobre el regazo—. Cuando estés listas para la secuela, Tetas de diablesa, solo tienes que decírmelo.
La risa no tardó en morir en mi garganta cuando la puerta del asiento del copiloto del Lexus se abrió de golpe y vi salir a Katie con los ojos llorosos, seguida de un chico que yo sabía que no era su novio.
—¿Katie?
—¡¿Patrick?! —gritó Casey confundida mientras las dos nos poníamos de pie.
—Vale —gruñí yendo directamente hacia mi amiga flanqueada por Casey y los mejores amigos de mi novio—. ¿Quién te ha hecho daño y dónde está?
—Estoy bien, de verdad —contestó Katie con los ojos inyectados en sangre mientras nos esquivaba rápidamente y se iba corriendo hacia su jardín delantero—. Solo qu-quiero irme a c-casa.
—¡Oye! —Casey se acercó a Patrick Feely, le clavó el dedo en el pecho y lo fulminó con la mirada—. ¿Qué coño le ha pasado?
Callado y estoico, Patrick fue mirando uno a uno a mis amigos y negó con la cabeza:
—Preguntadle a ella —fue todo lo que dijo.
—¡Te lo estoy preguntando a ti! —bramó Casey sin ceder ni un centímetro—. Si le has hecho daño…
—No voy por ahí haciéndoles daño a las chicas —contestó mientras sus ojos azules se oscurecían—. Ni rompiendo corazones.
—¡Katie, espera! —grité encaminándome hacia ella, pero parando en seco al oír una voz familiar detrás de mí.
—Molloy.
Reprimiendo un escalofrío, me di la vuelta y vi a Joey cruzando la calle hacia mí, todavía vestido con su mono de trabajo, con las mangas atadas a la cintura y la camiseta blanca que se había puesto debajo manchada de aceite de motor.
Llevaba una gorra de béisbol colocada hacia atrás y la fiambrera colgando entre las manos.
Me lo quedé mirando, pero mirándolo de verdad, y tuve que ahogar un hondo suspiro.
Parecía atormentado.
Tenía las mejillas hundidas.
Ojeras bajo unos ojos inyectados en sangre.
La barba de varias semanas.
Parecía perdido en su propio mundo, ajeno incluso a mí, mientras miraba fijamente a la nada.
Había oído en alguna que otra conversación el término «alcohólico funcional», pero mi novio era más bien un drogadicto funcional.
Daba igual lo que Joey se metiera o lo colocado que estuviera; siempre se presentaba donde correspondía y cumplía a un nivel con el que conseguía que todo siguiera funcionando.
Si no fuera tan descorazonador, podría ser hasta impresionante.
—Vete —me susurró Casey al oído—. Yo me encargo de Katie.
—¿Qué haces aquí? —pregunté encontrándome con él a medio camino para que nuestros amigos no pudieran oírnos—. Son solo las cuatro. —Me crucé de brazos tratando a la desesperada de calmar el dolor que sentía bajo las costillas—. No acabas de trabajar hasta las seis.
Pareció que la pregunta lo había pillado por sorpresa, y frunció el ceño unos instantes hasta que la culpa hizo acto de presencia y le nubló unos ojos sorprendentemente claros.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó.
—Bien.
Escrutó mi rostro con la mirada.
—¿Sí?
No le respondí.
No pude.
Joder, dolía demasiado.
—¿Qué pasa, Joe? —Observé las marcas que tenía en los brazos y me estremecí—. ¿Por qué no estás en el trabajo?
Sin decir una palabra, sacó el teléfono y me lo tendió. Arrugando el entrecejo, lo cogí y desbloqueé la pantalla, donde vi una serie de mensajes entre Joey y ni más ni menos que Johnny Kavanagh.
Kavanagh: Bueno, pues hoy ha pasado una cosa de lo más rara…
Lynchy: ¿Por qué me escribes?
Kavanagh: Porque me he llevado a tus hermanos y están en mi casa.
Lynchy: ¿Por qué?
Kavanagh: No sé.
Lynchy: ¿Tienes pensado devolverlos?
Kavanagh: Supongo.
Lynchy: La has cagado pero bien, Kavanagh.
Kavanagh: Lo sé.
Lynchy: Voy de camino.
—¿Johnny Kavanagh se ha llevado a tus hermanos? —Lo miré boquiabierta—. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Dónde está tu madre?
Joey se encogió de hombros, pero no me respondió.
—¿Y Darren?
Volvió a encoger los hombros.
—Así que te toca a ti deshacer el enredo y recoger los platos rotos. —No era una pregunta. Más bien una afirmación resignada—. Otra vez.
—Sé que llevo tiempo decepcionándote —explicó rascándose los antebrazos con las uñas mientras se centraba primero en mí y luego en el jaleo que había detrás de nosotros—. No tengo a quién pedírselo.
Se me rompió el corazón.
—Claro, yo te llevo —respondí conteniendo la imperiosa necesidad de acercarme a él y estrecharlo entre mis brazos.
Y, en efecto, fui capaz de contenerme. Porque no hubiera cambiado nada. Porque, al final, habría acabado siendo la parte perjudicada. No es que me hubiera rendido con él. Era solo que ahora tenía mis límites.