92. Llegas tarde… otra vez
LLEGAS TARDE… OTRA VEZ
Joey
Tarde.
Llegaba tarde otra vez, y no lo estaba haciendo lo suficientemente bien. Era un desgraciado. Lo supe por la mañana, al despertarme sobre mi propio vómito en el colchón, y lo sabía en ese momento, mientras intentaba orientarme en el laberinto de pasillos que era el hospital materno-infantil.
Soportando los horrores de una bajona de las más duras, usé la manga para limpiarme el sudor frío de la frente mientras esperaba mi turno en el mostrador de la recepcionista.
—¿Sí?
—Busco la unidad de ecografías —murmuré tratando por todos los medios de mantenerme bajo control y parecer más o menos presentable—. Yo… Eh… Mi novia tiene visita.
—¿Nombre?
—Joey Lynch.
—No, cariño. Necesito el nombre de tu pareja.
—Mierda, claro. —Tragué saliva con dificultad, moví la cabeza hacia los lados y dije—: Aoife Molloy.
La mujer que estaba detrás del mostrador pulsó unas teclas en el ordenador antes de confirmar:
—Ya le han hecho la eco de anomalías. Ahora está esperando al médico. Todo recto por el pasillo. Última puerta a la izquierda.
—Gracias.
Reprimiendo un escalofrío por todo el cuerpo cuando me atacó una oleada de náuseas, me apresuré a dirigirme hacia donde me había indicado aquella señora.
Tras probar con algunas puertas, por fin encontré la estancia correcta y me metí dentro. Y allí estaba, sentada sola en la sala de espera del médico. En cuanto la puerta se cerró a mis espaldas, Molloy desvió su atención hacia mí.
—Llegas tarde —anunció con tono acusador y lágrimas centelleando en sus ojos.
—Lo sé. —La culpa me hizo revolverme por dentro—. ¿Puedo pasar?
—¿Para qué? —soltó amargamente—. Luego no te vas a acordar de nada.
Mierda.
Me pasé las manos por el pelo, me acerqué a ella y me incliné para besarla.
—¡No! —Se apartó y el corazón se me partió en dos—. Vas colocado y apestas.
—No voy colocado —dije tratando de convencerla—. De verdad, Aoife, te lo juro…
—Déjalo, Joe —soltó alzando una mano en señal de advertencia—. Déjalo.
—¿Cómo ha ido la ecografía? —pregunté hundiéndome en la silla que había junto a la suya—. ¿Está bien el bebé? —Tragué otra bocanada de bilis y me obligué a mirarla a los ojos—. ¿Y tú?
—El bebé está bien —contestó con la voz cargada de emoción—. ¿Dónde estabas? Esta prueba era importante, Joey.
—Lo sé —mascullé sintiéndome como un trozo de mierda mientras me llevaba la mano a la frente—. Me he quedado dormido.
—O sea, que anoche te pusiste hasta las trancas con Shane y tus amigos y te olvidaste de nosotros —me espetó apoyándose una mano en la barriga.
Las dos partes de mi corazón estallaron en mil pedazos.
—Cuando entre el médico, no quiero que digas ni una palabra —me indicó con voz entrecortada—. Tú solo… estate callado y deja que yo me ocupe, ¿vale? No necesito otro informe en contra.
—Joder, Aoife, lo siento mucho.
—No —me advirtió cuando fui a cogerle la mano—. Aquí no, Joe —soltó parpadeando para enjugarse las lágrimas—. No puedo hacer eso aquí.
Tragué saliva con fuerza, me metí las manos en el bolsillo delantero de la sudadera e intenté sentarme recto y no tambalearme.
—Mírate —dijo mientras las lágrimas le resbalaban libremente por las mejillas—. Abre los ojos de una vez y mira cómo estás, ¿quieres?
Me puse rígido en la silla e intenté que sus palabras no me consumieran por completo.
—Te quiero. —Presa del pánico porque no me respondía, volví a acercar una mano hacia ella—. Aoife, ¿me has oído?
—Sí, pero sé que quieres más a esa mierda que te inyectas en las venas—. Me apartó la mano—. Y no quiero tener nada que ver con ese tipo de amor. Quédate con tu querencia por las drogas.
—¿Qué quieres que diga? —pregunté sintiéndome perdido y completamente destrozado—. Me pediste que viniera y aquí estoy.
—¡No quiero palabras, Joey! —gritó—. Quiero acciones.
—Estoy aquí, ¿verdad?
Negó con la cabeza.
—No soy como ellos, ¿sabes? Yo nunca voy a rendirme contigo. —Sorbiéndose la nariz, añadió—: No lo olvides, Joe.
—¿Por qué me dices eso? —pregunté la hostia de desconcertado por sus palabras.
Se me quedó mirando y dijo:
—Para que dejes de decepcionarme.