Rey de la gula (Pecados 6) 91. Me está esperando
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91. Me está esperando

ME ESTÁ ESPERANDO

Aoife

El padre de mi futuro hijo era un adicto a la heroína. Resultaba doloroso admitirlo. Dolía tanto que apenas podía respirar.

Durante años, me había creído cada palabra que había salido de su boca. Estaba demasiado enamorada para ver las señales de alerta que bailaban delante de mis ojos. Sin saberlo, había llevado mi propia confianza atada al cuello como una soga, hasta que finalmente acabó estrangulándome.

Incluso en ese momento, mientras lo veía reptar por la ventana de mi cuarto y avanzar a trompicones hasta mi cama en la oscuridad, no me salía del corazón echarlo.

Porque lo quería.

Al chico que solía ser.

Al hombre en el que se había convertido.

A todas sus versiones.

Las quería a todas.

El colchón se hundió y allí estaba él, temblando y estremeciéndose junto a mí.

—Molloy.

Cerrando los ojos con fuerza, me obligué a resistir, a recordar al chico que seguía dentro del fantasma que yacía a mi lado en la cama.

—Joe.

—Tengo mucho f-frío.

—Ven aquí —susurré moviéndome instintivamente mientras me ponía de lado mirando hacia él y le pasaba un brazo sobre el pecho.

—Siento m-mucho f-frío —balbuceó castañeando los dientes con violencia mientras se aferraba a mi antebrazo con las dos manos—. Lo s-siento m-mucho.

Sabía que era verdad.

Me lo decía a diario.

Y me lo demostraba.

El problema era que después seguía repitiendo el ciclo.

Seguía ahogando el dolor de la peor forma posible.

Siempre volvía a ver a Shane.

—¿Aún me quieres? —preguntó temblando salvajemente, y me di cuenta de que estaba con la bajona de un subidón de campeonato. También me di cuenta de que, cuando se estrellara contra el suelo y ardiera, iba a ser horrible—. Porque n-no te culparía s-si así fuera.

—Aún te quiero, Joe —le aseguré sintiendo que el corazón se me desangraba del dolor que me producía todo aquello—. No puedo parar.

—No puedo dormir —confesó poniéndose de lado para mirarme—. Y estoy la hostia de c-cansado, reina.

—¿Por qué no?

—Porque, cuando cierro los ojos, él m-me está esperando.

—¿Quién, Joe? —pregunté limpiándole una lágrima de la mejilla—. ¿Quién te está esperando?

—Mi padre.

—No, cariño, él no te está esperando —susurré acercándome a él y fundiendo mis labios contra los suyos. No podía evitarlo. Quería tenerlo cerca—. Ya no puede hacerte daño, Joe.

—Viene a por mí —susurró contra mi boca; luego sentí que sus lágrimas se mezclaban con las mías—. Viene a por t-todos nosotros. Vamos a morir en esa casa, Molloy.

—No es verdad. No digas eso, Joe.

—No va a dejarla en paz. N-nunca lo hará.

—¿A tu madre?

Asintió con tristeza.

—La matará antes de permitir que lo a-abandone. —Sorbiéndose la nariz, añadió—: Lo conozco, Aoife. Conozco a ese cabrón mejor que nadie. Está esperando su oportunidad.

—Joe, me estás asustando —reconocí presa del pánico—. No va a pasar nada, ¿vale? Son solo las drogas, cariño. Te están jugando una mala pasada.

—Es verdad. Lo presiento —dijo sofocado—. Pero no quiero irme así —razonó débilmente acercándose para rozarme la nariz—. Si voy a morir, quiero que sea a mi manera, no a la suya.

—No te vas a morir, Joe —le advertí aferrándome más a él—. Porque me prometiste que no me ibas a dejar sola en esto.

—Nadie me ve —murmuró—. Nadie me oye. Nadie me escucha… Pero tengo r-razón. Ya viene. Tengo una c-corazonada.

—¡Joey, por favor, me estás asustando!

—Si me pasa algo, quiero que s-sigas adelante —musitó dándome un beso en la curvatura del cuello—. Quiero que s-seas fuerte por n-nuestro hijo.

—Joe, no va a pasarte nada. —Cogí aire; odiaba cada segundo de esa conversación—. Y no sabemos si va a ser un niño.

—Lo será. —Llevó una temblorosa mano entre nuestros cuerpos y la puso sobre mi abultado vientre—. Vas a criar a mi hijo.

—¿Sabes? Si aciertas el sexo del bebé, te llevo al circo —intenté bromear para aligerar la atmósfera mientras lo empujaba para tumbarlo boca arriba y me subía a horcajadas sobre su regazo—. Porque eso significaría que tienes una intuición alucinante y podríamos forrarnos con tus predicciones.

—Quiero al bebé, Molloy —masculló llevando las manos a mis caderas mientras me miraba con los ojos entrecerrados—. Sé que estoy fatal de la cabeza, pero te juro que es verdad. Quiero tener este bebé contigo.

Y allí estaba.

Mi Joey.

Seguía allí.

Su corazón aún latía bajo aquella coraza.

—Vamos a conseguirlo, Joe —le susurré inclinándome para darle un beso—. Vas a ponerte mejor y tendremos una vida larga y feliz juntos. Me niego a aceptar menos que eso.

—Espero que tengas razón —contestó afligido—. Porque tengo la horrible sensación de que es demasiado tarde para mí.