Rey de la gula (Pecados 6) 90. Cada día una canción
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90. Cada día una canción

CADA DÍA UNA CANCIÓN

Joey

La mente me jugaba malas pasadas. O puede que fuera mi cuerpo el que lo hacía.

En cualquier caso, ya no entendía nada. La confusión se había instalado en lo más hondo de mi torrente sanguíneo y me encontraba perdido.

Sabía que físicamente estaba allí, de nuevo en aquella casa que tanto odiaba, rodeado de personas a las que no podía mirar a los ojos.

Pero, aun así, parecía como si me viera a mí mismo desde arriba.

Como si fuera un espectador que contempla todas las mierdas que se despliegan a su alrededor, pero es incapaz de detenerlas.

Había ido demasiado lejos; me daba cuenta. El hambre que me comía por dentro, el dolor de mis venas… En ese momento eran muy necesarios. Estaban demasiado arraigados en mí como para intentar luchar contra ellos.

No quería luchar.

Estaba cansado.

A la hora de la verdad, cuando venían mal dadas, Molloy era lo único que me aliviaba el dolor. Quería alcanzarla. Deseaba con todas mis putas fuerzas coger la mano que ella me tendía, pero eso significaba que podía arrastrarla conmigo, y no iba correr ese riesgo.

Ignorando el ruido que había a mi alrededor y centrándome en poner un pie delante del otro, entré a clase. ¿A cuál? No tenía ni puta idea, pero eso me permitió verle la cara, que destacaba ante mí como un faro de luz en la oscuridad.

Odiándome con todo mi ser, dejé que mi palpitante corazón me guiara hasta ella.

«Hasta casa».

Oía que a mi alrededor decían mi nombre, pero… no podía centrar el cerebro en nada que no fuera ella. Me desplomé en la silla que había junto a la suya, dejé que el familiar aroma de su perfume invadiera mis sentidos y me estremecí.

—Molloy.

—Joe.

«Te necesita —gritó algo muy dentro de mí—. ¡Despierta de una puta vez!».

Vi su vientre abultado.

El bebé que yo le había metido en el cuerpo.

Ya no se podía ocultar.

Haciendo rebotar nerviosamente las rodillas, traté de luchar contra los temblores que atravesaban mi cuerpo, pero no me resultaba fácil. Solo logré sobreponerme cuando ella metió la mano por debajo del pupitre y agarró la mía.

—Bonitas piernas.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y se apresuró a apartar la mirada, pero no me soltó la mano, sino que me la apretó más fuerte, atemperando mi frialdad.

Sin decir una sola palabra, acercó su silla a la mía y me puso con cuidado un auricular en la oreja.

Lo llevaba haciendo todos los días desde las vacaciones de Semana Santa.

Nos habíamos instalado en una extraña rutina que consistía en que, cada mañana en el instituto, Molloy me pasaba un auricular para que me hiciera una idea de cómo se sentía.

Cada día una canción.

Cada día era el presente.

Eso era todo lo que me daba, y se convirtió en el motivo por el que me levantaba por las mañanas. Era la mejor parte del día. Antes de que todo se volviera demasiado duro y las ganas de chutarme se llevaran lo mejor de mí.

Lo hicimos durante semanas.

«Somewhere Only We Know», de Keane.

«Fade into You», de Mazzy Star.

«Unwell», de Matchbox Twenty.

«Picture», de Sheryl Crow y Kid Rock.

«White Flag», de Dido.

«Underneath Your Clothes», de Shakira.

«I’m with You», de Avril Lavigne.

«Don’t Let me Down», de los Beatles.

«The Drugs Don’t Work», de The Verve.

«Wherever You Will Go», de The Calling.

Todos los días entraba en clase, justo antes de que mi voluntad se quebrara y me precipitara hacia el infierno, y la buscaba. Seguía persiguiendo a la chica del muro. La seguía queriendo más de lo que quería vivir.

Eran las pequeñas cosas que hacía, como continuar llevando el colgante que le había regalado. O, algunos días, cuando comía en clase, colocar su último Rolo delante de mí en el pupitre.

Tardé un rato en reconocer la canción de esa mañana, «Lightning Crashes», de LIVE , y aún más en comprender lo importante que era para nosotros. Giré la cabeza hacia delante: me sentía demasiado expuesto y culpable.

Me dolía.

Joder, me quemaba y me abrasaba.

Sabía qué intentaba conseguir poniéndome esa canción, pero no podía volver ahí. Aun así, incapaz de contenerme, dejé que me cogiera la mano por debajo del pupitre. Me permití absorber la sensación de su piel sobre la mía, de su luz alejando temporalmente la oscuridad.

No estaba bien, tan solo la hería aún más, pero necesitaba esa pequeña muestra de afecto. Necesitaba sentirla un poco más de tiempo. Paralizado, me dejé hacer. Al fin y al cabo, yo le pertenecía.

Entrelazó sus dedos con los míos y me dio un apretón, y, aunque no se lo devolví, no pude evitar recorrerle los nudillos con el pulgar.

Sabía que lo que hacía podía herirla hasta el punto de alejarla de mí para siempre, pero ya no podía contenerme.

No podía volver a salir del agujero en el que había caído.

Peor aún, buena parte de mí no quería hacerlo.