89. Recuerda mi cara
RECUERDA MI CARA
Joey
—¡Molloy, espera! —Me impulsé contra la pared que había fuera de la consulta del médico, en la que llevaba apoyado los últimos veinte minutos, y me fui corriendo tras ella.
—¡No puedo! —gritó sobre su hombro, que mantenía muy rígido, mientras se subía la capucha del chubasquero, miraba rápidamente hacia los lados y cruzaba la calle—. ¡Llego tarde al instituto!
Sí, los dos íbamos tarde al instituto, pero yo era el gilipollas que había llegado tarde a su visita.
Tragándome el odio que sentía hacia mí mismo, apreté la mandíbula y salí disparado tras ella.
—¿Cómo ha ido? —pregunté siguiéndole el ritmo en cuanto estuve a su altura—. ¿Todo bien con el…? Eh… —Me metí las manos en el bolsillo delantero de la sudadera y me concentré en el camino mientras hablaba—. ¿Estás bien?
—¿Que si estoy bien? —Se paró en seco y soltó una carcajada dolorida—.
¿Que si estoy bien? —repitió girándose para mirarme—.
Hum, vamos a ver, un médico que me conoce desde cría se acaba de tirar una hora regañándome por los riesgos a los que me he expuesto, porque, a diferencia de las embarazadas que esperan junto a sus maridos que les den buenas noticias, yo soy la idiota que se pone en peligro.
—¿En peligro? —El pánico se apoderó de mí—. ¿Por qué?
—¡Estoy en peligro —espetó— porque fui la puta imbécil que se abrió de piernas ante un consumidor de drogas intravenosas que la mitad del tiempo no puede ni recordar cómo se llama!
Bastante humillante, ¿no te parece, Joe?
—preguntó al borde del llanto—. Ser esa chica.
—Entrecerró los ojos—. Ser la novia de ese tío.
Tardé un rato en procesar sus palabras. La niebla de mi cabeza hacía que concentrarme fuera una puta misión imposible. Pero, cuando lo logré, el corazón se me partió en dos.
—Dios mío… —dije con voz ahogada—. No te he pegado nada, ¿verdad? —Acojonado, solté—: Nunca te he puesto los cuernos.
—Ya lo sé, Joey. —Sorbiéndose la nariz, negó con la cabeza—. Los resultados de las pruebas han salido bien.
El alivio invadió mi cuerpo.
—Lo siento muchísimo, joder…
—Ya, bueno, supongo que debería agradecerte que hayas venido —convino dando media vuelta—. Mejor tarde que nunca, ¿no?
—Me he quedado dormido.
—Claro. Seguro que lo que tomaste te dejó noqueado.
—¡Lo siento, Aoife! —grité cuando salió disparada—. Puedo hacerlo. Puedo cuidaros a ti y al bebé…
—¡Ni siquiera puedes cuidarte a ti mismo! —Volvió a subirse la capucha cuando el viento se la bajó—. Estás enfermo, Joe. Tanto que ni lo ves.
—No estoy enfermo —la contradije acelerando el paso tras ella—. Solo estoy pasando por una situación de mierda.
—¡Eres un drogadicto! —gritó con voz áspera mientras se giraba para mirarme—. ¡Te estás matando a ti mismo y me estás matando a mí!
—No. —Moví la cabeza hacia los lados tratando desesperadamente de refutar sus palabras—. Todo va a ir bien.
—¡Mira lo que ha pasado en tu vida! —chilló con todas sus fuerzas—. Te han echado del equipo de hurling. Estás suspendiendo en el instituto. Estás siempre ido. Te has abandonado, Joe. Me prometiste que te ibas a quedar, pero ya no estás aquí. Seguro que ni siquiera sabes qué día es hoy.
—Es jueves —logré decir, temblando—. Y me importan una mierda el instituto y el equipo de hurling.
—¿Y yo? —sollozó—. ¿Y nuestro bebé? ¿Te importamos?
—Sois lo único que me importa —afirmé echándome el pelo hacia atrás—. Joder, sois lo único que me ha importado nunca, Molloy. Lo sabes perfectamente.
—Entonces lucha, Joey Lynch —me suplicó cerrando la mano en un puño sobre la parte frontal de mi sudadera—. Lucha contra esto.
—Ya lo hago.
—Mentiroso —dijo en tono acusador mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas—. Has tirado la toalla. Te has rendido, joder; los dos lo sabemos.
—¿Qué quieres que haga? —repliqué intentando controlar la rabia—. Por el amor de Dios, Molloy, estoy haciendo todo lo que se me pide. ¡Todo, hostia!
—Lo único que te pido es justo lo que te niegas en redondo a hacer —razonó agitada—. Quiero que estés limpio.
—Aoife…
—¡No lo pillas! —gritó—. No ves lo bajo que has caído, Joey.
He tenido que rogar y pedir dinero prestado para que Shane Holland y esos monstruos te dejaran en paz, ¡y tú no paras de volver con ellos!
Le debo pasta a Gibsie. Le debo pasta a Podge.
Le debo pasta a Casey, y a ella no es que le sobre.
Estoy haciendo todo lo que puedo para mantenerte con vida, ¡pero tú no quieres ayudarte a ti mismo!
—Estoy bien —espeté—. Todo va bien. —Al ver que no respondía, le alcé la barbilla con delicadeza para que me mirara—. Te quiero.
—Solía creer que eso era verdad —dijo llena de lágrimas—. Pero empiezo a pensar que no sabes lo que significa querer a alguien.
—Molloy…
—Mira bien mi cara, Joe —me pidió, y así lo hice.
Vaya si lo hice—. Refleja cómo es hacerle daño a la persona que más te quiere del mundo.
—Se sorbió la nariz; las lágrimas le caían por la cara, igual que a mí—.
Recuerda este momento —añadió con calma—.
Recuerda mi aspecto el día que me rompiste el corazón.