88. Nuestra nueva realidad
NUESTRA NUEVA REALIDAD
Aoife
Las semanas siguientes se sucedieron en una horrible espiral de engaños, pena y promesas rotas. La recaída de Joey en la adicción había sobrevenido tan rápidamente como el peso que no dejaba de perder.
Estaba casi irreconocible. Con marcas en los brazos y moratones en las venas, seguía anestesiando su dolor mientras yo lo observaba impotente. Mi novio había vuelto en carne y hueso, pero el chico del que me había enamorado años atrás ya apenas hacía acto de presencia.
A medida que crecía la criatura que llevaba en el vientre, también lo hacía el abismo que nos separaba. Era como si yo ya no pudiera llegar hasta él. Daba igual lo que dijera o hiciera; él no me escuchaba.
Definitivamente, Joey había dejado de lado la vida.
Era mi mejor amigo y sentía su ausencia allá donde fuera, en todo lo que hacía. Su abstinencia llegaba a los rincones más profundos de mi corazón.
Se había tirado de cabeza a los viejos hábitos, y allí estaba yo con él, repitiendo errores del pasado. Dejándoselas pasar y haciendo la vista gorda ante cosas que sabía que estaban mal. Cosas que podían destruirlo. Porque el miedo a perderlo era demasiado grande.
Enamorarme había evidenciado mi punto más débil, porque mi corazón no me permitía alejarme de él, por desesperanzado que pareciera el panorama.
Frágil y con la moral por los suelos, contemplaba a diario cómo hacía añicos su mundo y el mío, porque sabía que mi Joey seguía estando bajo ese fantasma en el que se había convertido.
De vez en cuando, veía destellos ocasionales del chico que me había robado la vida. Veía a la persona que solía ser y me recreaba en ello. Me daba esperanza saber que aún estaba ahí, en alguna parte.
Con su padre en rehabilitación, escondiéndose de la ley, su madre derrumbándose por la casa y la súbita reaparición de su hermano, sabía que mi novio estaba sometido a una presión insoportable.
Pero eso no quitaba que el tiempo seguía corriendo y había un bebé en camino.
No quitaba que en pocos meses me vería obligada a actuar con determinación.
Si Joey no tomaba las riendas de la situación, iba a tener que darle un ultimátum.
Tan solo de pensar en lo que podría ocurrir cuando llegara ese día se me marchitaba por completo el corazón.
Porque no podía hacerlo sin él, pero me negaba a repetir los mismos errores.
No quería que nuestro bebé pasara por el mismo calvario al que había estado sometido su padre.
No me iba a convertir en Marie Lynch.
Mi bebé iba a ser lo primero.