87. Hemos encontrado el amor en un lugar sin esperanza
HEMOS ENCONTRADO EL AMOR EN UN LUGAR SIN ESPERANZA
Aoife
Tomándome unos segundos para recomponerme, bajé el panel de visera y comprobé mi aspecto en el espejito.
Tras aplicarme una nueva capa de color cereza oscuro, me presioné los labios y practiqué mi mejor sonrisa antes de lanzar un suspiro tembloroso y volver a ajustar la tapa del pintalabios.
«Puedes hacerlo».
«Sigue siendo tu Joey».
«Sigue ahí».
«Tráelo de vuelta».
Me solté el pelo, me lo ahuequé sobre los hombros, tiré la goma en el asiento del copiloto y luego salí del coche.
Lista para enfrentarme a los problemas, rodeé el muro pintado de grafitis que delimitaba su jardín delantero, ignorando la maleza y las malas hierbas habituales, mientras me dirigía hacia la puerta principal con el puño en alto para llamar.
Sin embargo, la puerta se abrió antes de que pudiera hacerlo, y fue Shannon quien me dio la bienvenida.
—Ay, Dios. —El alivio se reflejaba en sus ojos, y rápidamente me cogió la mano y me arrastró hacia dentro—. Aoife.
—Hola, colegui —contesté emocionada mientras tiraba de su flacucho cuerpecito hacia mis brazos y la apretaba con más fuerza de la debida.
No pude evitarlo. La última vez que la había visto, había temido que fuera la última.
Volver a verla caminando por su propio pie, abatida y magullada, pero con una sonrisa en la cara, me había disparado las hormonas—. Joder, estaba muy preocupada por ti.
—Muchas gracias por lo que hiciste por mí —dijo con un hilo de voz devolviéndome el abrazo—. Llevarme tan rápido al hospital… Los médicos me dijeron que me habíais salvado la vida. No lo habría conseguido si hubiera llegado más tarde.
—El responsable fue tu hermano —me apresuré a explicar—. Joe fue quien tomó la decisión.
—Siempre me está salvando —susurró dejándome ir—. Espero poder hacer lo mismo por él.
«Sí, yo también».
—¿Dónde están los chicos?
—En su cuarto, jugando —contestó enseguida—. Mamá está en la cama.
—¿Y Darren?
Su expresión se volvió tormentosa.
—Ni lo sé ni me importa.
—¿Y Joe?
—Está arriba. —Me sonrió con tristeza y señaló la escalera que tenía a su espalda—. Después de meter a mamá en la cama y organizar a los niños, se fue a su cuarto y aún no ha salido.
«Gracias a Dios».
«Sigue aquí».
«Sigue a salvo».
—¿Y cómo se encontraba? —pregunté siguiéndola hasta la cocina, que afortunadamente estaba vacía—. Me refiero a cuando lo llevasteis a casa de Johnny.
Nerviosa, se mordió el labio; estaba claro que no quería traicionar la confianza de su hermano.
—Venga, Shan —dije con tono agotado. Ya no hacía ninguna falta fingir—. Soy yo.
—Creo que ha vuelto a… Bueno, las… Eh… Ya sabes.
Drogas.
Se refería a las drogas.
—Cuando lo encontré, acababa de salir dando tumbos del coche de Shane Holland y estaba tirado en la carretera —añadió dirigiéndose hacia la tetera—. No era… Eh… No era él mismo.
No me digas.
Ese cabrón había atrapado entre sus garras a un tío vulnerable con una conmoción cerebral de grado tres, varios traumatismos en el cráneo y toda una vida de maltrato a sus espaldas.
—¿Cómo de mal estaba? —me obligué a preguntarle.
—¿Un té?
—No, gracias. Volvamos a Joe. ¿Cómo de mal estaba?
—No muy…
—Shan, no me mientas respecto a él.
Tras una larga pausa, Shannon tiró la empapada bolsita de té en el fregadero y dejó ir un suspiro entrecortado.
—Nunca lo había visto tan mal.
Ya lo sabía, pero, de alguna manera, oírla admitirlo hizo que fuera mil veces peor.
Porque Joey era el maestro del disimulo.
Les había ocultado todo a sus hermanos (el miedo, el dolor, la tristeza…) tratando desesperadamente de protegerlos.
Si tanto Shannon como Tadhg habían visto las grietas en el mundo que con tanto cuidado escondía Joey, eso es que eran tan grandes como el Gran Cañón.
«Mierda».
—Vale. —Mientras me arrastraba un tsunami de miedo y preocupación, me di la vuelta de golpe y me dirigí hacia la puerta—. Voy a subir.
—Espera. —Shannon corrió hacia mí con lo que parecía un sándwich de jamón en un platito y me lo puso entre las manos—. ¿Le puedes dar esto? —Con un reflejo de pánico irrefrenable en los ojos, se encogió de hombros, impotente—. Cenó algo hace un rato, pero es que parece tan… demacrado.
No sabía qué decirle para que se sintiera mejor (Joe era el único al que había visto conseguir que su hermana controlara la ansiedad), así que le sonreí con desánimo y me fui hasta la escalera. Ignorando mi pulso, que me retumbaba en los oídos, subí al piso de arriba y me dirigí hacia su cuarto.
—¿Joe? —dije llamando con suavidad antes de empujar la puerta y entrar.
La habitación estaba oscura, con las cortinas echadas, y había ropa tirada por todas partes, algo poco habitual en él. Siempre mantenía su cuarto sorprendentemente impoluto pese a las circunstancias, pero en ese momento parecía una pocilga.
—¿Joe? —balbuceé sintiendo que se me aceleraba el corazón cuando lo vi tumbado boca abajo en la litera inferior de su cama. Solo llevaba unos bóxers negros, de modo que todos los moratones, las cicatrices y las marcas de su cuerpo estaban a la vista—. ¿Joe?
No era tan ingenua como para creer que el cansancio lo había sumido en un sueño tan profundo.
Con el corazón hecho trizas y la esperanza colgando de un hilo, cerré la puerta detrás de mí, dejé el plato en la cómoda y saqué su teléfono y su cartera de mi bolso.
Coloqué la cartera sobre la cómoda y conecté el teléfono al cargador antes de dirigirme hacia la cama.
Reprimí un escalofrío cuando el inconfundible olor a vinagre y hierba invadió mis sentidos, y me tumbé de lado, frente a él.
—Vuelve aquí conmigo, Joe —le susurré alzando la mano para acariciar su magullada mejilla—. Sé que sigues ahí.
Se puso rígido cuando mi mano entró en contacto con su piel y observé cómo un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
Se le escapó un terrible grito de dolor de entre los labios, entreabiertos e hinchados, y gimió con somnolencia en el colchón mientras su cuerpo se tensaba y se estremecía a cada suave caricia de mi pulgar en su mejilla.
«Putos monstruos».
«Los dos».
Nos encontrábamos muy lejos el uno del otro, pese a estar tumbados a escasos centímetros con un bebé que habíamos hecho juntos creciéndome en el vientre.
Pero yo sabía que él seguía ahí.
Mi Joey seguía en el interior de esa persona tendida a mi lado.
Y lo quería lo suficiente como para continuar luchando por él.
Aunque él ya se hubiera dado por vencido.
—No te preocupes. —Sorbiéndome la nariz, no me molesté en evitar que las lágrimas me resbalaran por las mejillas mientras contemplaba la carnicería, consciente de que las heridas de su cara palidecían en comparación con las de su corazón—. Nada va a hacerte daño, cariño.
—Mol… —Haciendo un esfuerzo inmenso, se puso de lado para mirarme y abrió un ojo—. Loy.
Sonreí con tristeza.
—Hola, semental.
—Lo… siento. —Arrastraba las palabras, tenía los ojos inyectados en sangre y las pupilas dilatadas—. Lo siento… mucho.
—Lo sé, Joe. —Se acercó, ahuequé la palma de la mano sobre su mejilla y me incliné hacia él—. Lo sé.
—El… bebé.
—Sigue haciéndose. —Le di un ligerísimo beso en la punta de la nariz—. ¿Qué te has hecho a ti mismo, eh?
Respondió con un gruñido.
—Iba a… encontrarme contigo, lo juro. Pero me…
—Te liaste —le respondí rompiendo de paso mi propio corazón—. Sí, ya lo veo, Joe.
«Y ya está —pensé para mis adentros—. Este es el futuro que te espera».
«Este es el chico al que le has entregado tu corazón».
—Tienes que levantarte, Joe. —Llorando en silencio, le retiré el pelo de la cara y le di un beso en la frente—. Estoy aguantando, cariño, luchando por los dos, pero necesito que te vuelvas a poner en pie.
—Es que estoy tan… cansado.
—Ya lo sé —convine sintiendo que se me partía el alma—. Pero necesito que sigas luchando.
—No… soy bueno… para ti.
—Eso no es verdad.
—Ya no siento nada.
—Claro que sientes, Joe —susurré aferrándome a su tembloroso cuerpo—. Solo tienes que recordar quién eres.
—Intenté advertirte —balbuceó—. No me quisiste escuchar y ahora estamos los dos jodidos.