86. El linaje familiar
EL LINAJE FAMILIAR
Joey
Nuestra vida era un desastre.
En la puerta de la cocina, tras convencer a los más pequeños de que se fueran a jugar al yerbazal de enfrente, me quedé mirando mientras los miembros más mayores de mi familia vociferaban y se abroncaban entre ellos.
Parecía una escena salida de una de esas telenovelas que Molloy me obligaba a ver con ella, pero estaba contento porque por una vez no era yo el instigador del drama.
No, sin duda ese título recaía sobre nuestra madre, que había cometido el fatídico error de acusar al hijo de una ricachona de violar a una menor.
O sea, ¿en serio?
Qué puta vergüenza.
El único violador que había entre nosotros, lo recogiera o no la ley, era el hombre con el que ella llevaba metiéndose en la cama todas las noches durante los últimos veinticuatro años.
Menuda hipócrita de mierda.
Ver cómo la madre de Kavanagh se había lanzado antes a por la mía en el jardín delantero me había resultado extraño.
Nunca había visto a una madre defender así a su hijo.
Pero Edel Kavanagh lo había hecho, y, en algún lugar de mi mente, tuve la sensación de que Molloy haría justo lo mismo por el nuestro.
Por Dios.
Deseando estar en cualquier lugar menos otra vez en esa casa, me quedé mirando cómo Shannon y mamá se disputaban el título al gritón más escandaloso de Ballylaggin. Mientras tanto, Darren el consolador intentaba ondear una bandera blanca entre ellas.
Vaya un puto imbécil.
No iba a conseguir nada apoyando a mamá. Se había equivocado de mujer. Joder, hasta el pequeño Seany, con tan solo tres años, sabía que Darren estaba predicando en el desierto con nuestra madre.
Puede que yo estuviera mal de la cabeza, pero hablaba en serio cuando dije que no quería saber nada más de ella. No me salía volver a perdonarla, y menos aún después de lo que había pasado aquella noche en la cocina. Todavía me atormentaba recordar el cuerpo casi sin vida de mi hermana.
«¿Él o nosotros, mamá?».
—Joey tenía razón —sollozó Shannon haciendo que volviera a centrarme en la bronca que tenía lugar frente a mí—. No nos haces bien.
Casi me pongo a aplaudir, agradecido de que alguien más viera lo mismo que yo.
—Venga, Shannon. —Darren, el experto en huir de su familia, tuvo que meter baza—. Chillar e insultar no sirve de nada.
—Pues deja de estar ahí parado y haz algo —replicó mi hermanita plantándole cara e intentando que nuestro hermano mayor hiciera algo de lo que no era capaz: ayudarla—. Sabes que esto no está bien. Que lo que hizo fue horrible, y aun así la dejas que se salga con la suya.
Shannon lo había clavado.
Mamá les había soltado unas mierdas horribles a los Kavanagh, y Darren no hacía más que dar pie a sus tonterías consintiéndole su crisis emocional. Tal vez yo estaba como para que me encerraran, pero desde luego mamá debería ir reservando una puta celda acolchada junto a la mía.
—No es verdad —dijo Darren intentando calmarla—. Ella sabe que hizo mal, ¿a que sí, mamá?
Si esperaba una respuesta coherente de la mujer que nos había traído al mundo, se llevaría una gran decepción. Eso no iba con ella. Era incapaz de pensar más allá de la versión de esa chica de catorce años a la que habían arrojado a la maternidad. Su cerebro había dejado de crecer a esa edad.
Esa mujer no estaba bien de la cabeza.
«Igual que yo».
—Mamá, dile a Shannon que sabes que te equivocaste. —De haber sido yo una buena persona, habría sentido compasión por él. Pensaba que la madre que había dejado atrás hacía más de media década seguía dentro de la cáscara, sentada en la mesa de la cocina—. Mamá. Contesta.
Con aspecto cansado, Shannon movió la cabeza hacia los lados y se apartó de mamá. Darren, sin embargo, siguió mirando a nuestra madre como si esperara algún tipo de intervención divina.
—No te molestes —me oí decirle al niño bonito de la casa—. Está hecha polvo. Ya te darás cuenta.
—Joe. —Lanzándose hacia mí como un potrillo inestable, nuestra hermana me puso los brazos alrededor del cuello y se aferró a mí—. Haz que pare.
Quería hacerlo. Aún quedaba una parte viva en mi interior que quería arreglar aquello por mi hermana. Por los chicos. Pero, joder, estaba totalmente exhausto.
La cabeza ya no me funcionaba bien. No sabía qué me había hecho el viejo aquella tarde en la cocina, pero me había destrozado. La cuerda que me unía el corazón a la cabeza había sido seccionada. Me la habían arrancado a golpes.
—Esto es lo que querías, Darren. Que ella estuviera en casa con nosotros —le dije a nuestro hermano—.
Una gran familia feliz. —Rodeé con un brazo a la temblorosa chica que se me había colgado al cuello y contemplé al hombre que se había creído más sabio que nosotros—.
Espero que hayamos cumplido con tus expectativas.
No respondió. Retiró la silla hacia atrás y se puso en pie. Echó una última mirada a nuestra madre, dio media vuelta y se marchó.
—Ya no sé ni por qué me sorprendo —murmuró Shannon.
El sonido que hizo la puerta al cerrarse a sus espaldas fue la única confirmación que necesitaba para saber que yo estaba en lo cierto.
Su regreso había sido temporal. No iba a quedarse. Ya fue incapaz de hacerlo la primera vez. Esta no sería diferente.
Con la madre de todos los dolores de cabeza y el cuerpo bajo el síndrome de abstinencia, pasé junto a Shannon y me dirigí a la cocina. Mamá podía irse y Darren podía huir, pero aún había cuatro bocas a las que alimentar en esa casa.
Luchando contra los temblores de mis manos, preparé un cazo de pasta y lo puse al fuego antes de centrarme en la mujer de la esquina.
—Levanta de ahí y dúchate. Voy a darles de comer a los chicos y no quiero que te vean así.
No movió ni un pelo. La verdad es que no me sorprendió. Ni me afectó en absoluto. Me sentía completamente muerto por dentro mientras caminaba hacia ella, le arrancaba el cigarrillo de los labios y lo apagaba en el rebosante cenicero.
—Levántate. Apestas a humo y alcohol.
Nada.
Dejé el cenicero y su taza de café usada en el escurridor y volví a su lado.
—Levántate.
No necesitaba esa mierda. Ya había sido suficiente. Y tenía a Molloy, joder.
—Joey. —Fue la primera señal de vida que dio e hizo que algo muriera en mi interior—. Joey. —Alargó el brazo, me cogió una mano entre las suyas y sollozó—: Joey.
Desprendía un fuerte olor a alcohol. A whisky. Reconocería ese hedor en cualquier parte. Reprimiendo un escalofrío, me acerqué a mi madre y la ayudé a ponerse de pie. Necesitaba sacarla de en medio antes de que los chicos volvieran de jugar y ella les metiera más mierdas en la cabeza.
—Échale un ojo a la cena, Shan —dije por encima del hombro mientras ayudaba a mamá a salir de la cocina y a subir las escaleras para llevarla a su habitación. Cuanto más lloriqueaba y se reclinaba contra mí, más sofocado me sentía.
La necesidad de traspasar las paredes de esa casa y escapar era tan fuerte que casi podía saborearla. Pero eso no iba a ocurrir nunca. No podía romper físicamente las cadenas que me ataban a ese lugar.
A los niños.
A esa mujer.
El único indulto que podía conseguir era el que yo me diera a mí mismo.
—Venga, mamá —musité sintiendo el peso de su cuerpo contra mí mientras intentaba subirla por las escaleras—. Tienes que poner de tu parte.
No lo hizo.
No podía.
Porque mi madre estaba tan muerta por dentro como yo.
Pese al total agotamiento que sentí al llegar al descansillo, la cogí en brazos y la llevé hasta su habitación.
La de ellos dos.
«También es su habitación, ¿recuerdas?».
«Desgraciado».
Ignorando todos los músculos de mi cuerpo, que protestaban a gritos, logré llegar a su cuarto sin desplomarme. La dejé sobre el colchón, me arrodillé junto a la cama y le quité las zapatillas antes de ponerla de lado, mirando hacia la ventana.
—Lo siento, Joey —sollozó con sus pequeñas manos colocadas bajo la mejilla—. Lo siento mucho.
Oí sus palabras, me dio la impresión de que esa vez quizá las decía en serio, pero no sentí nada.
—Tienes que comportarte —repuse hastiado mientras me hundía junto a ella al borde de la cama y revolvía el cajón de la mesita de noche—. Puede que estés fatal de la cabeza, pero no hace falta que esos niños lo vean.
—Darren —gimoteó suavemente apretándome el antebrazo—. Quiero a Darren.
—Ya, bueno, pues Darren se ha largado —musité centrándome en los innumerables blísteres de pastillas mientras iba quitando los botes de medicamentos vacíos—. Joder, mamá, ¿qué te has estado tomando?
—Mira quién fue a hablar —sollozó enterrando la cabeza en la almohada—. Tengo dolores.
Yo también.
—Toma —dije decidiéndome al fin por un bote de pastillas que contenía algunos Valium—. Trágate un par de estas. Te aliviarán.
—¿Y si vuelve?
—¿Quién? —pregunté escuchándola solo a medias mientras seguía buscando lo que quería. Sabía que estaban ahí. «Joder, lo sabía»—. ¿Darren?
—No —murmuró engullendo las pastillas que le había dado—. Tu padre.
—Ya sabes lo que pasará, mamá —musité destensándome mentalmente cuando encontré un bote lleno de clonazepam—. Dejarás que se quede —añadí deslizándome el bote en el bolsillo—. Y el mundo de Marie Lynch volverá a ser el de siempre.
—Soy tu madre —lloriqueó balbuceante—. ¿Por qué me odias tanto?
—Soy tu hijo —le contesté con sus mismas palabras—. ¿Por qué me odias tanto?
—Porque eres él —dijo arrastrando las palabras y girándose para no verme.
—Sí —respondí sin emoción levantándome, sin sentir nada—. Yo soy él, y tú eres peor.
—Joey, espera —gritó mientras me dirigía hacia la puerta—. Lo siento. Lo siento, cariño… Por favor, no me dejes.
—Duérmete, mamá —sentencié negándome a permitir que me convirtiera en su saco de boxeo personal hasta que se quedara sobada—. Tengo mierdas que limpiar y niños, los tuyos, a los que dar de comer.