85. No te rindas con mi hermano
NO TE RINDAS CON MI HERMANO
Aoife
—Julie, te juro por Dios que, si me dejas tirada a la hora de comer, haré de tu vida un infierno —gruñí mirando a la pelirroja camarera que cogía sus cigarros de debajo de la barra—. Un infierno, te lo advierto.
—Ay, tranquilízate, princesa —farfulló mientras agarraba el paquete y se dirigía a la entrada que había en el extremo opuesto de la barra—. Llevo sin fumar toda la mañana. Vuelvo en cinco minutos.
—Zorra —mascullé, más bien en alto, mientras cubría de nuevo el puesto de mi compañera de trabajo.
Una vez que hube tomado y servido todos los pedidos de bebidas de mi zona, me trasladé a regañadientes a la zona de Julie y empecé a tirar pintas y a saciar la sed de los clientes. Hasta que llegué al final de la barra no reconocí unos familiares ojos marrones que me devolvían la mirada.
—Tadhg. —El corazón me dio un vuelco—. ¿Qué haces aquí?
—Tengo que hablar contigo —respondió con tono áspero mientras se sentaba en un taburete alto y me miraba fijamente con determinación—. Es importante.
Ya, me imaginaba que debía de serlo si se había molestado en cruzar la ciudad para encontrarme.
—Tadhg, ya sabes que no puedes estar en el bar sin que te acompañe un adulto.
—Te tengo a ti, ¿no?
—Claro. —Me recorrió una gran emoción y asentí—. Supongo que sí.
—Ha vuelto.
Se me paró el corazón.
—¿Joe?
El jovencito Lynch asintió con rigidez y yo ahogué un enorme suspiro de alivio.
Dejar a Joey en aquella verja la noche anterior había sido lo más difícil que había hecho en mi vida, pero lo hice porque sabía que, si yo no podía llegar hasta él, Shane Holland tampoco.
Lo había apaciguado temporalmente con el fajo de billetes que me había prestado un chico al que apenas conocía, pero no era tan tonta como para creer que Shane no iba a volver.
En esos momentos, «temporalmente» era lo único a lo que podía aspirar.
—¿Está bien?
—No.
El corazón se me partió en dos.
—¿No?
—Ha habido una pelea tremenda entre mamá y la señora rubia del coche pijo que trajo a Joey y a Shannon a casa —me dijo el Pequeño Alfa con vehemencia, como siempre—. Shannon lloraba por el hijo de la pija, mamá se estaba volviendo loca y Darren se piró enfadado.
—¿Y Joe?
—Después de meter a mamá en la cama y dar de comer a los chicos, se encerró en su cuarto.
«Por Dios».
Con el corazón a mil por hora, miré a mi alrededor en el bar, desesperada por dejar todo lo que estaba haciendo e irme con él, pese a que aún quedaban otras cuatro horas para que acabara mi turno.
Pero entonces pensé en la ausencia de fondos de mi cuenta bancaria y en el intruso que crecía en mi vientre y me detuve.
No podía permitirme perder ese trabajo. Si me largaba, me despedirían, y nadie iba a contratarme en mi estado.
Joder, necesitaba el dinero.
—Por cierto, sé lo del bebé —dijo Tadhg dejándome de piedra—. Mi hermano te ha preñado.
Se me heló la sangre.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Nadie —respondió con firmeza—. Oí una conversación entre mamá y Darren.
—Vale. —Me aclaré la garganta, abrí a toda prisa una botella de Coca-Cola y se la puse delante junto con un par de bolsas de patatas fritas con sabor a queso y cebolla—. Mira, me toca descanso en veinte minutos. ¿Puedes esperar aquí hasta entonces?
—No te preocupes. —Asintió con la cabeza, abrió una de las bolsas de patatas y empezó a engullirla—. No me iré a ningún sitio.
—¿Sabe tu madre que estás aquí? —pregunté sentándome en un viejo barril de la zona de fumadores—. Porque, Tadhg, no sé si te has dado cuenta de que tu madre no es precisamente mi fan número uno. No creo que se alegrara demasiado si supiera que estás aquí conmigo.
—¿Tengo pinta de que me importe una mierda lo que ella piense? Además, ya te he dicho que se ha vuelto a meter en la cama —respondió en tono amargo mientras se sentaba en el barril de cerveza vacío que estaba frente al mío y se pulía su cuarta bolsa de patatas—. He venido por mi hermano.
Suspiré hondo.
—Venga ya, Tadhg, los dos sabemos que Joe no te ha enviado.
—No he dicho eso —repuso estrujando la bolsa de patatas vacía y metiéndosela en el bolsillo de su chándal azul marino—. Mira, no soy idiota. Todos me tratan como si fuera como Ollie y Sean, pero no es así. No soy un bebé, Aoife. Yo también entiendo las cosas, ¿vale?
Sí, eso estaba claro. Entendía cosas que ningún niño de su edad debería entender ni sufrir.
—He venido por Joey, porque sé que ahora mismo está hecho polvo de la cabeza —siguió diciendo Tadhg dándole otro trago a la botella de Coca-Cola—.
Se lo vi en los ojos ese día en la cocina.
Vi cómo se iba. Sé que ya no está aquí. Papá le destrozó los pulmones a Shannon, pero a Joey le rompió el alma, y mamá lo ayudó a hacerlo.
—Sigue aquí, Tadhg —contesté con voz entrecortada reprimiendo un escalofrío al ver lo bien que ese chico había calado a su hermano.
—No es verdad —dijo el pequeño, desafiante—. Se ha ido y tú también lo sabes. —Me miró con crudeza y añadió—: Pero mi hermano puede ponerse mejor. Sé que puede, y no debes rendirte con él.
—Tadhg… —Me quedé sin aliento e inhalé de forma entrecortada, preguntándome cuánto sabía.
Le faltaban un par de días para cumplir doce años, y ser consciente del nivel de intuición y conciencia que tenía respecto a su familia era estremecedor—.
No voy a rendirme con tu hermano. —Tragué saliva y le ofrecí lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora—. Nunca lo haré.
—No lo va a poner fácil.
—Nada que merezca la pena lo es.
—Y va a estar peor antes de empezar a mejorar.
—Lo sé muy bien.
Me observó durante un buen rato, claramente tomándome las medidas, y luego asintió con su rubia cabeza.
—Vale. Porque tú no vas a ser mejor que él.
—Ya lo sé.
—En serio —insistió poniéndose a la defensiva—. Joe es el único padre que recuerdo haber tenido, así que créeme cuando te digo que tu criatura… —Hizo una pausa para señalar mi vientre antes de añadir—: Va a tener un padre de la hostia.
Inhalé sus palabras como haría un adicto a la cocaína porque, en ese momento, lo dijera o no en serio, Tadhg Lynch me estaba dando todo lo que necesitaba.
Creía en su hermano como yo lo hacía. Daba igual que aún no hubiera cumplido ni doce años; lo importante era que lo entendía.
Veía a la misma persona que yo y estaba dispuesto a luchar por él. Me dio esperanza. Me reconfortó.
—Voy a ir en cuanto acabe mi turno —le dije, incapaz de disfrazar la emoción que destilaba mi voz.
—Van a intentar echarte —dijo Tadhg poniéndose de pie, al parecer dando la conversación por concluida—. Mamá y Darren. —Me volvió a mirar con dureza y luego añadió—: No dejes que lo hagan. No te rindas con mi hermano.
—No te preocupes —respondí—. No lo haré.
—Vale.
—¿Quieres quedarte por aquí mientras acabo de trabajar? —pregunté observando cómo se dirigía hacia la pared de la zona de fumadores—. Te llevaré a casa.
—Para eso tengo las piernas.
—Pero tu padre sigue por ahí.
—Mi padre puede irse a la mierda —gritó el Pequeño Alfa sobre el hombro mientras se subía a un contenedor con ruedas y saltaba sin esfuerzo por encima de la pared de piedra que rodeaba la zona de fumadores—. Más bien sería él el que debería rezar por no encontrarse conmigo.
—Tadhg, espera…
—Nos vemos —dijo lanzándome un medio saludo de visera antes de desaparecer detrás de la pared.