Rey de la gula (Pecados 6) 84. La señora Kavanagh
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84. La señora Kavanagh

LA SEÑORA KAVANAGH

Joey

No estaba seguro de cómo había conseguido volver a oscuras a la casa de Johnny, pero supongo que lo hice, porque a la mañana siguiente me desperté sobre el borde de una taza de váter de porcelana. También se oía a una mujer perdiendo los papeles al otro lado de la puerta.

Sintiéndome un poco mejor que el día anterior, me puse en pie y comprobé rápidamente si había hecho algún destrozo en el baño.

Aliviado al no encontrar ninguno, decidí hacer de tripas corazón y salir de allí; quería sacar el culo de la mansión del Señor Rugby y volver con la madre de mi hijo enseguida.

Decir que sentía asco por mí mismo era quedarse corto.

«Odio» tampoco era una palabra lo bastante fuerte.

Lo que había hecho.

Mi comportamiento.

Cómo la había abandonado.

No podía permitirme pensar en ello, porque si lo hacía me quería morir.

Con una mueca por el dolor que me rebotaba en la sien, que era una reacción directa a la luz solar que entraba por la ventana, abrí la puerta del baño y salí al pasillo.

Veía perfectamente a quien suponía que era la madre de Kavanagh, que le estaba echando una buena bronca a su hijo.

Con los brazos en jarras y de espaldas a mí, la rubia bajita dialogaba desde la puerta de otra de las numerosas habitaciones de su fortaleza de la prosperidad.

Al oír la voz de mi hermana, enseguida di un respingo:

—Ya me voy. Ahora mismo, lo prometo.

Jodido o no, conocía ese tono. Su pánico me atraía como una sirena.

Cayendo de nuevo en el viejo hábito de comerme el marrón de mi hermana, grité:

—¡Gracias por la cama, Kavanagh! ¿Me puedo llevar prestada una sudadera?

Porque yo podía soportar cualquier cosa que esa señora pudiera echarnos en cara por habernos metido en su casa.

Su desdén.

Su ira.

Sus acusaciones.

A mí no podía hacerme daño porque nada de eso me importaba como a Shannon.

La madre de Kavanagh me lanzó una rápida mirada antes de volverse hacia su hijo y seguir con el rapapolvo.

Me pareció normal.

Tampoco es que pudiera culparla por reaccionar así.

Cuando acabó de cantarle las cuarenta a su hijo y se volvió a centrar en mí, yo ya estaba preparado para la batalla, pero no fue ira lo que vi en sus ojos.

Tampoco era miedo.

Era tristeza.

Y, joder, de alguna manera eso fue peor.

—Hola.

—Hola.

—¿Cómo te llamas, cariño?

—Joey. —Observándola con recelo mientras caminaba hacia mí, retrocedí para apartarme de su camino y me apoyé contra la puerta del baño—. Lynch.

—Joey Lynch —repitió sin detenerse hasta que la tenía justo delante—. Yo soy Edel. —Me tendió la mano—. Edel Kavanagh.

—Vale —contesté mirando su mano extendida.

No me moví.

Solo la miré y esperé.

Era su territorio.

Yo era un intruso.

Le tocaba a ella hacer el siguiente movimiento.

—Dame la mano, cariño —me indicó—. Es una cuestión de buenos modales.

Con el ceño fruncido, me obligué a aceptar el apretón de manos.

—A ver. —Me dio la mano con suavidad y me sonrió—. ¿Tienes hambre, Joey Lynch?

—Eh… —Confundido, la miré y negué lentamente con la cabeza—. No.

—¿No? —Sus cálidos ojos marrones me observaron y elevó las comisuras de los labios—. ¿Me estas mintiendo, cariño?

Desconcertado de cojones, volví a negar con la cabeza.

—No, es que…

—¿Es que qué, cariño?

—Me tengo que ir —me oí decirle, todavía la hostia de confundido ante esa diminuta mujer—. Yo… Eh… Ni siquiera me hubiera quedado, pero no pude trepar la verja para irme.

—Es muy alta —repuso con una sonrisa cómplice—. Yo también tuve que treparla un par de veces en mis tiempos.

«Joder, anda que no».

—Parece que ahí hay una historia…

—No te la creerías —sugirió con una pícara sonrisa antes de encaminarse hacia el pasillo—. Sígueme, Joey, cariño. Ningún niño se va de mi casa sin la tripa bien llena.

—No soy ningún niño —respondí siguiéndola a regañadientes.

—Vale, ¿qué te parece «ningún amigo de mi hijo se va con el estómago vacío»? —me gritó por encima del hombro guiándome hasta la cocina—. Sea hombre, mujer o niño. ¿Mejor así?

Desde la puerta de la cocina, la observé mientras se ocupaba de poner los cubiertos en la isla.

—Tampoco soy su amigo.

—Bueno, pero desde luego tu hermana sí lo es.

—Ya, bueno, decir que mi hermana y su hijo son amigos es bastante ingenuo, además de una idea anticuada.

—Intuitivo… —musitó—. ¿Sabes qué, Joey, cariño? Creo que podrías estar en lo cierto.

—Su hijo podría haberse conformado con mucho menos —me oí decir poniéndome inmediatamente a la defensiva mientras la veía colocar un montón de bollos en una fuente. Bollos. Estaba haciendo bollos y té en una puta tetera de verdad—. Pero no podría aspirar a nadie mejor que mi hermana.

Se le dibujó una sonrisa.

—¿Ah, sí?

—Solo lo dejo caer. —Encogí los hombros y me crucé de brazos—. No hay que juzgar un libro por la cubierta.

—Yo podría decirte lo mismo.

—¿Por qué?

—Bueno, ¿no estás haciendo lo mismo conmigo?

Me sonrió por encima del hombro y luego se fue a por la tetera.

—Con todos mis respetos, señora…

—Edel.

—Edel —corregí con desgana—. No te ofendas, Edel, pero la que tiene una mansión eres tú. Creo que es justo decir que tu historia se explica sola.

—Te sorprenderías, Joey, cariño.

—Bueno, vale, escucha… Ya sé que te han contado lo de mi familia.

—No tenía sentido negarle nuestra situación.

Su hijo lo sabía todo sobre nosotros. Además, ella tenía ojos en la cara.

Había visto las marcas de mi hermana. En cualquier caso, yo pasaba de fingir.

Se habían acabado las tonterías—. Tu hijo lleva tanto tiempo metiendo las narices en nuestros asuntos que ya se ha dado cuenta de que en casa aguantamos muchas mierdas, lo que significa que tú también lo sabes.

Pero no quiero que juzgues a mi hermana por historias que escapan a su control.

Ella no podría ser más diferente del resto de nuestra familia.

—Parece que te incluyes en esa afirmación.

—Porque así es. —Con picores en la piel y el cuerpo helado, asentí forzadamente con la cabeza—. Shannon es la mejor persona que conozco.

—Joey, cariño… —Me clavó unos ojos marrones cargados de compasión—. ¿Por qué me da la sensación de que Shannon diría lo mismo de ti?

Inquieto por la forma en que me miraba y con la madre de todos los dolores de cabeza atacando mis sentidos, me sujeté el puente de la nariz y me recliné contra el marco de la puerta.

—¿Te encuentras bien, cariño? —La preocupación se reflejaba en su rostro—. ¿Necesitas sentarte?

—No, no, estoy genial —murmuré sintiendo que lo que necesitaba era estar en cualquier sitio menos ahí. Esa mujer me estaba descolocando, un logro impresionante teniendo en cuenta que mi vida ya pendía de un hilo—. Mira, te agradezco mucho que me ofrezcas desayunar, pero tengo que irme.

—Cariño, ¿por qué no te sientas primero y te tomas un té? —dijo en tono persuasivo mientras iba a la isla de mármol y me sacaba un taburete para que me sentara—. Después yo misma te llevaré a la ciudad.

No me moví. No podía.

Me sentía agotado y al límite.

¿Esa mujer? Pero si no la conocía. No sabía por dónde cogerla.

—Tengo cosas que hacer.

—No con el estómago vacío.

—Mi novia me está esperando.

—Seguro que no le importa que primero comas algo.

—No tengo hambre.

—Hazlo por mí, cariño.

Tiré de las mangas de la sudadera que llevaba puesta, perteneciente a su hijo, y decidí tratar de comprender de qué palo iba.

—De acuerdo, yo… Eh… Me tomaré un té… Por favor.

Se le iluminaron los ojos.

—Buen chico.

—Y, si no es mucha molestia, ¿podrías…? Bueno, quizá… —Lancé un suspiro y me rasqué el mentón antes de lograr decir unas palabras que me hicieron odiarme más de lo que me odiaba—. ¿Tienes algo para el dolor?

—¿De la cara, cariño?

«No, del corazón».

—Sí. —Asentí—. Yo… me he dejado la medicación en casa.

—Ahora te saco algo del armario de las medicinas —repuso dirigiéndose hacia un armario que había en el otro extremo de la cocina—. ¿Eres alérgico a algo?

—No —contesté forzándome a no moverme ni un centímetro—. Puedo tomar de todo.

—Veamos… Hay algún ibuprofeno…

Mierda.

—Sí. —Temblando, dejé ir un suspiro de abatimiento y asentí con hastío—. Sería genial, gracias.

—Ay, espera… —Sin dejar de rebuscar, sacó un pastillero blanco de plástico—. Queda algo de Solpadol de la operación de Johnny de diciembre.

«Bingo».

Me invadió una repentina oleada de alivio y no pude evitar ir hacia ella.

—Qué bien. Es lo que me dieron en el hospital.

—Aquí tienes, amor. Te traeré algo de beber.

—Gracias —respondí aceptando con agradecimiento las pastillas que dejó sobre la palma de mi mano antes de tomarme el vaso de agua que me ofrecía.

No servirían de mucho, pero me sacarían del aprieto hasta que pueda recuperarme.

Recuperarme.

Menudo puto chiste.

«El chiste eres tú, gilipollas».

«No eres mejor que él».

—A ver, háblame de esa novia tuya…

—¿Hum?

—Tu novia.

Entrecerré los ojos con suspicacia.

—¿Por qué?

—¿Prefieres que hablemos de cómo te has hecho esos moratones? —fue su cortante respuesta—. Porque podemos ir por ahí, si quieres…

—Se llama Aoife. —Vacié el contenido del vaso, lo enjuagué en el fregadero antes de colocarlo en el escurridor y volver a rondar con incomodidad cerca de lo que supuse que era la puerta de atrás—. Yo… Eh… Trabajo para su padre.

—¡Ah!

—Sí. —Asentí—. Él… Eh… Dirige un pequeño taller mecánico en la ciudad.

—¿Cuál?

—El Free-Wheeler, al final de Plunkett’s Road, frente al mercado.

—¿Os conocisteis allí?

—No, vamos a la misma clase en el instituto.

—Novios de instituto. —Sonrió con complicidad—. Ay, divina juventud.

—Supongo.

—¿Lleváis mucho tiempo juntos?

—Sí —musité sintiéndome del todo confuso ante esa mujer—. Así es.

—No eres mucho de contar tus cosas, ¿verdad, Joey, cariño?

—¿Por qué iba a hacerlo? —repuse—. No te conozco.

Se me quedó mirando un buen rato y luego movió la cabeza a los lados y me brindó otra cálida sonrisa.

—¿Sabes, cariño? Estoy segura de que me suena ese taller. Llevaré el coche allí la próxima vez que haya que arreglarlo.

—¿En serio? —Fruncí el ceño y el dolor de cabeza remitió lentamente—. No tienes por qué hacerlo.

—Me gustaría. —Volvió a sonreír—. ¿Cuánto hace que trabajas allí?

—Desde que tenía doce o trece años. —Me encogí de hombros otra vez—. Estoy en nómina desde tercero.

—¿Tan joven?

—Necesitaba el dinero.

—¿Y te gusta? —insistió, aún ocupada preparando comida y haciendo té—. La mecánica, quiero decir. ¿Te interesaría seguir con eso cuando acabes el instituto?

La Virgen, ¿de qué iba esa mujer con tanta pregunta? No había tenido que aguantar un interrogatorio así desde la última vez que me subí a la parte de atrás del furgón policial. O quizá desde la última vez que me las tuve que ver con Molloy.

Ahora que lo pensaba, esa pequeña mujer desprendía una seguridad en sí misma muy parecida a la que emanaba mi novia a mares. Era confuso y no sabía si me gustaba.

—Está bien pagado.

—Bueno, creo que tiene mucho mérito, Joey Lynch. —De algún modo, me gané otra deslumbrante sonrisa de la madre del Señor Rugby—. Trabajar todas esas horas después del instituto… Y en el año de los preparatorios para la universidad… Deberías sentirte orgulloso de ti mismo.

Si me conociera, si me conociera de verdad, no tardaría en cambiar de opinión.

Me apreté la sien, dolorido de los putos pies a la cabeza mientras intentaba aclarar las ideas y centrarme en esa mujer.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué, cariño?

—Nada. —Joder, tenía que dejar de caer en sus trampas de conversación y largarme de allí—. Da igual.

—No lo creo. —Se giró hacia mí y me prestó toda su atención. El concepto era preocupante de cojones, teniendo en cuenta que no la conocía—. Di lo que ibas a decir, cariño. Te escucho.

Y era cierto. Lo cual resultaba de lo más inquietante. Me estaba escuchando de verdad.

Joder.

—Yo… Eh…

En ese momento, la puerta de la cocina se abrió y posé los ojos en mi hermana y en Kavanagh. En cuanto vi la cara de Shannon, me quise morir.

Quise ahogarme.

Escapar.

Joder, la culpa me paralizaba.

Me sentía inútil e insignificante, pero estaba decidido a ser un hombre y a mantenerme firme, a no acobardarme por la vergüenza de haber dejado que le sucediera algo así.

De haberla vuelto a decepcionar.

«Una vez más».

—¿Qué tal, Shan? —Mi voz sonaba dura y rota a causa de una emoción que no me veía con ánimos de ocultar—. ¿Cómo va? —Me obligué a asimilarlo todo. Cada moratón. Cada una de las putas promesas incumplidas con las que juré protegerla—. ¿Estás bien?

—Hola, Joe.

Me clavó sus ojos azules y sentí cómo su cuerpo rezumaba dolor. Con una sonrisa minúscula, asintió una vez con la cabeza y apretó la mano del chico al que se aferraba. Y con ese gesto tan sutil me hizo saber que todo estaba bien y que podíamos confiar en esa gente.

Quizá ella pudiera, pero yo no.

—¿Y tú?

—Todo bien —logré balbucir rompiendo enseguida el contacto visual… Me sentía demasiado mal por esa niñita a la que me había pasado la vida tratando inútilmente de proteger—. Kavanagh —saludé después centrándome en el tío al que estaba soldada—. Gracias otra vez.

Por estar ahí para ella.

Por cuidarla cuando yo no había podido.

—Joey. —Sus ojos azules como el acero se detuvieron en mi rostro—. Cuando gustes.

Esperaba que lo dijera en serio. Porque, por mucho que me odiara a mí mismo por pensarlo, en el fondo sabía que yo no tenía nada más que ofrecerle a mi hermana.

Estaba vacío.

Acabado.