Rey de la gula (Pecados 6) 83. No te lo vas a llevar
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83. No te lo vas a llevar

NO TE LO VAS A LLEVAR

Aoife

Tenía problemas. Muchos.

El mayor de todos, además de la inminente maternidad y la drogodependencia de mi novio, era mi incapacidad para dejar de luchar.

Mucha gente calificaría esa lealtad a la hora de amar como un rasgo positivo de la personalidad, pero, cuando era el motivo de que volviera a meterme en la boca del lobo, sabía que se trataba de un puto hábito imprudente.

Aun así, aparqué el coche en la zona exterior de esa horrible casa llena de grafitis y me bajé dispuesta a presentar batalla.

Sujetando las llaves del coche en el puño como medida de protección, salí disparada hacia la casa y aporreé la puerta con la mano que me quedaba libre. Cuando por fin se abrió y la grotesca cara de Shane me dio la bienvenida, sentí que el fuego de mil volcanes se acumulaba en mi interior.

—¿Vuelves a por más?

—Antes de que empieces, sé que él ha estado aquí contigo. Así que dame su teléfono, su cartera y todo lo que le hayas robado —solté con frialdad mirándolo a los ojos—. Ponte gallito y te las haré pasar putas.

Hizo una mueca con los labios.

—¿En serio?

—Ponme a prueba, gilipollas. —Me crucé de brazos—. Te reto.

Shane, que esa noche parecía más entretenido conmigo que enfadado, movió la cabeza hacia los lados y soltó una risita.

—¿Quieres las mierdas de tu novio? Entra tú misma a buscarlas. No soy su criada.

El corazón me dio un vuelco, pero mantuve la compostura y pasé junto al gángster fumado.

—Ya sabes en qué habitación se queda —gritó Shane girando la cabeza hacia mí mientras desaparecía hacia la sala de estar, diría que bastante satisfecho por la recaída de mi novio—. Toda tuya, princesa.

Tragándome la rabia, me dirigí hacia la escalera y no me detuve hasta estar plantada frente a la puerta de la habitación en la que lo había encontrado el año anterior.

«Respira hondo».

«Puedes hacerlo».

Empujé la puerta, contuve la respiración y me metí dentro.

Evitando hacer una mueca al ver el colchón ensangrentado en el que sabía que había dormido Joe, pasé por encima de algunas jeringuillas usadas y varios trozos de papel de aluminio mientras me sentía morir un poco más a cada paso que daba.

Decir que el decrépito estado de la habitación era inmundo sería quedarse corto, y el hecho de saber que ese era su santuario me ponía enferma.

Con cuidado de no tocar nada por miedo a enfermar o a coger una infección, porque a saber quién más se había quedado en ese puto agujero, recogí una sudadera que me resultaba familiar.

La sudadera de Joey.

Yo misma se la había comprado el año pasado.

Temblando con violencia, metí la mano en el bolsillo delantero y me destensé al rozar su teléfono y su cartera con los dedos.

En silencio, introduje ambos objetos en mi bolsillo, me enrollé la sudadera bajo el brazo y eché otro rápido vistazo a aquella carnicería antes de encaminarme hacia las escaleras.

—Dile a tu novio que me debe dinero —gritó Shane desde la sala de estar cuando yo aún bajaba—. Tiene una semana para conseguir el dinero o si no tendrá que trabajar para mí.

Incapaz de contener mis emociones ni un segundo más, salí corriendo escaleras abajo y entré a toda prisa en el salón.

—Aléjate de él, Shane —gruñí sin preocuparme por los otros cuatro hombres apoltronados en los sofás de ese agujero de mierda que él llamaba casa—. Lo digo en serio, gilipollas. ¡Mantén tus putos vicios asquerosos lejos de mi novio!

—¿Mis vicios asquerosos? —se rio desde el sofá en el que se encontraba—. Querrás decir los vicios asquerosos de Lynchy.

—Me pone enferma la gente como tú —le espeté fulminándolo con la mirada—. Atrapas entre tus garras a personas vulnerables. ¡Eres repugnante!

—Palabras… —se rio haciéndome burla con la mano—. Lárgate de aquí, princesa, y dile a tu amorcito que tengo un trabajo para él. —Me recorrió el cuerpo con la mirada y, cuando llegó a la mitad, levantó las cejas—. ¿O debería llamarlo papaíto?

—¡No se va a ir contigo! —grité con firmeza—. ¡No pienso dejar que lo alejes de nosotros!

—Ya se ha ido, chica —dijo otro hombre—. Desaparece tú también antes de que te arrastre con él.

Sería incapaz.

Ese era el problema.

Sería incapaz de dejarlo.

—¿Cuánto te debe? —me oí preguntar sin despegar los ojos de Shane—. Joey. ¿Cuánto debe?

—Seiscientos —murmuró arqueando una ceja—. ¿Llevas tanto dinero suelto encima, princesa?

No lo llevaba. No ganaba eso ni en un mes de trabajo. Mis padres apenas cubrían pérdidas, así que no tenían ahorros. Igual que todos mis amigos.

«Mierda».

Sonriendo con maldad, Shane inclinó la cabeza hacia la puerta.

—No te preocupes, tengo mucho trabajo para él.

—No va a hacerte de camello.

—Qué sabrás tú, princesa…

—Lo sé —dije temblando—. Conozco a Joey. Nunca traficaría con drogas.

—Entonces lo pagará con sus brazos —bromeó uno de los hombres.

—Y con sus piernas —se rio otro.

Presa del pánico, me devané los sesos buscando una solución al problema en el que se había metido mi novio.

—Puedo conseguirte el dinero.

—Ahora empezamos a entendernos.

—Pero eso es todo —le advertí—. Yo te doy el dinero y tú lo dejas en paz.

Todos los hombres que tenía alrededor volvieron a reírse como si fuera lo más gracioso que habían oído en su vida.

—No estoy de broma —espeté—. Pagaré lo que debe, pero tienes que alejarte de él, ¿me oyes?

—Tráeme lo que debe, y ya hablaremos —repuso Shane con los ojos centelleando de la diversión.

Sabía que me la estaba jugando. Sabía que esos hombres no tenían ninguna intención de cumplir mis deseos, pero ¿qué iba a hacer? ¿Largarme sabiendo lo que tenían planeado para mi novio?

Nunca.

Cuando llegué al coche estaba temblando. Me hundí en el asiento del conductor y cerré todas las puertas mientras esperaba a que mi nuevo amiguito cogiera el teléfono.

—¿Ha llamado, señora de Joey el hurler?

—¿Gibsie? —Presionándome la frente con la parte inferior de la mano, exhalé un suspiro entrecortado—. Necesito un favor.

Un rato después, un Ford Focus gris aparcaba detrás de mi coche. Con la respiración agitada, contemplé en el retrovisor cómo Gibsie se bajaba de su vehículo y avanzaba hacia la puerta del copiloto del mío.

—Sé que no tengo ningún derecho de pedirte nada —le solté en cuanto se sentó en el asiento de al lado—. Apenas nos conocemos, y seguramente pienses que estoy loca por presentarme antes en tu puerta, y por llamarte, pero es que estoy desesperada y él…

—¿Dijiste seiscientos? —preguntó Gibsie interrumpiéndome mientras se sacaba un fajo de billetes del bolsillo del abrigo y lo ponía sobre mi regazo—. Ahí los tienes.

—Gracias. —Dejé caer los hombros en señal de culpa y de alivio, y asentí desganada—. En serio, muchísimas putas gracias, Gibsie. Sé que te he pedido demasiado, y te prometo que te pagaré hasta el último centavo. Puede que tarde un poco, pero te lo devolveré con intereses…

—Tranquila, me da igual el dinero —dijo girándose en el asiento para mirarme—. Es tuyo. No me debes nada.

—No, no puedo —protesté de inmediato—. Te lo devolveré, lo juro.

—Puedes intentarlo, pero no lo voy a coger —repuso con calma—. El hecho de que lo necesitaras tanto como para acudir a mí como primera opción es lo que más miedo me da. —Me clavó la miraba durante un buen rato antes de decir—: Lynchy está hundido en la mierda, ¿verdad?

Pensé en mentirle, pero ¿cómo iba a hacer eso?

A sabiendas o no, ese chico le había ahorrado a mi novio otra estancia en el hospital. O, peor aun, una muerte prematura.

—Muy hundido, Gibs —solté con el corazón a mil—. Y yo intento… —Me tragué el nudo que tenía en la garganta—. Intento salvarlo con todas mis fuerzas, pero cada vez me resulta más difícil…

—¿Cómo de hundido?

—Ha consumido heroína —confesé con voz ahogada limpiándome rápidamente una lágrima rebelde de la mejilla—. Y oxicodina y cocaína y lo que sea que pueda aspirar por la nariz o inyectarse en las venas.

—¿Y el dinero?

—Es para su camello —admití apretándome las sienes—. Si no le pago, hará que Joe trabaje para él o quizá algo peor.

Gibsie lanzó un hondo suspiro.

—Mierda.

—Ya —acordé desmoralizada y exhausta—. Además, está muy mal. Físicamente, quiero decir. Todos le prestan atención a Shannon, y lo entiendo, de verdad, pero ¿qué pasa con Joe? —Negando con la cabeza, ahogué un sollozo—. También podría haber muerto en la cocina ese día.

—No lo sabía —contestó Gibsie en voz baja.

—Porque toda su familia lo trata como si no existiera —gimoteé—.

Y no, no me refiero a Shan ni a los niños.

Me refiero a su madre, a su hermano mayor y a su…

—Me detuve antes de sufrir un ataque de nervios e inhalé varias veces para calmarme antes de volver a intentarlo—.

Solo necesito que esté bien, Gibs. Solo… necesito a ese chico.

—¿Porque va a venir la cigüeña?

—¿Qué? —Me quedé de piedra, con la frente arrugada—. ¿Cómo lo has…?

—No te preocupes, también sé guardar secretos —me sorprendió diciendo—. Un consejo. Yo empezaría a llevar tallas más grandes de esas sudaderas enormes si no quieres que la gente se dé cuenta, porque, y te lo digo de buen rollo, estás floreciendo.

—Buah, mierda.

—Supongo que Shannon no lo sabe, ¿verdad? —musitó—. Lo que significa que Johnny no lo sabe, porque, si Johnny lo supiera, yo también lo habría sabido.

—No, y aún no se lo puedes decir porque…

—Como he dicho, puedo guardar un secreto —afirmó guiñándome un ojo—. Yo te cubro, señora de Joey el hurler.