Rey de la gula (Pecados 6) 82. Volando alto, cayendo bajo
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82. Volando alto, cayendo bajo

VOLANDO ALTO, CAYENDO BAJO

Joey

Sangre en las paredes.

En el suelo.

Ojos azules vacíos.

Ojos marrones aterrorizados.

Ojos verdes decepcionados.

Rostros de seres queridos a los que continuaba decepcionando se proyectaban frente a mis ojos en la oscuridad, elevando mi ansiedad a niveles con los que no me podía enfrentar.

Temblando de pies a cabeza, me quedé mirando ese techo desconocido con el frío calándome tan profundo en los huesos que durante unos segundos me planteé si estaba al borde de la muerte. Aún oía cómo el corazón me retumbaba en el pecho, pero me sentía entumecido y con los miembros sin vida.

Cubierto de oscuridad, me rasqué los brazos hasta desgarrarlos, desesperado por librarme de la insoportable picazón que sentía bajo la superficie de la piel.

Consciente de que el hambre que amenazaba con comerme desde dentro hacia fuera tenía poco que ver con la comida, me puse de lado y me tragué una bocanada de bilis.

«Levántate, joder».

«No, quédate tumbado».

«No te atrevas a quedarte ahí tirado».

«Vete al baño, busca una cuchilla, córtate las putas venas y acaba con esta puta pesadilla».

«No te preocupes, Peter Pan. Yo seré tu Wendy».

«Piensa en el bebé».

—Molloy… —Me pasé la lengua por los labios agrietados e hice un esfuerzo por permanecer de costado; luego, cuando vi que la postura no me hacía echar las rabas, apoyé las manos y me incorporé lentamente hasta sentarme al borde de la cama.

Dolor.

Lo sentía por todas partes.

En los brazos.

En los ojos.

En las costillas.

En el corazón.

No había ni un centímetro de mi cuerpo que no me doliera.

En medio de la locura y el dolor, me ahogaba en la vergüenza, porque sabía que esa vez había ido demasiado lejos. No había manera de regresar del infierno en el que había caído. La montaña que tenía que escalar para volver era demasiado alta.

Su cara.

Era lo único que veía en ese momento.

Como un faro de luz en la oscuridad, guiándome a casa.

«No te quiere».

«¿Quién coño iba a quererte?».

«Vuelve junto a mí, Joe…».

Con piernas vacilantes, me puse de pie y fui palpando a ciegas por la habitación hasta que mis dedos tocaron un interruptor.

En cuanto la estancia se llenó de luz, pensé que me desmayaba.

El dolor que sentía en la puta cabeza era insoportable.

Aferrándome a una cómoda de madera, intenté calmar la respiración y no desmayarme de dolor mientras entrecerraba los ojos y enfocaba lentamente la vista.

Seguía ahí.

En la mansión.

«Señor Rugby».

—Mierda.

Lanzando un angustioso suspiro, me obligué a mirar mi propio reflejo, que me observaba desde el espejo que había sobre la cómoda. Con la cara deformada por los moratones y la hinchazón, y barba incipiente de un par de semanas, tuve que hacer verdaderos esfuerzos para reconocerme.

Ya no parecía yo.

No parecía nadie que hubiera conocido.

Con una mano todavía agarrada a la cómoda para mantener el equilibrio, me pasé los dedos de la otra por el amarillento hematoma inflamado de la cara. Acercándome para apreciar mejor los daños, traté de enfocar la mirada y estudié mis ojos, inyectados en sangre.

Ya no se veían partes blancas.

Habían sido reemplazadas por vasos sanguíneos reventados.

Presa del pánico y la confusión, me aparté de golpe del espejo, incapaz de mirarme ni un segundo más. Porque despreciaba a la persona que me devolvía la mirada.

Joder, odiaba a ese pedazo de mierda.

Tardé una cantidad absurda de tiempo en encontrar mis deportivas, y aún más en ponérmelas y atarme los cordones. Pero al final lo conseguí.

Cogí una sudadera que había en el respaldo de una silla, me la puse con cuidado y me subí la capucha antes de dirigirme hacia la puerta.

De algún modo, logré poner un pie delante del otro y salir del cuarto en el que me había refugiado de forma involuntaria para buscar el camino hasta las escaleras.

Tropezando con los escalones, me agarré a la barandilla para mantener el equilibro y a duras penas pude llegar hasta abajo sin romperme el puto cuello.

Temblando de frío, avancé hasta la puerta principal y salí.

Me sentía desubicado y confuso. Traté de orientarme, de averiguar dónde coño estaba y dónde debía ir para llegar hasta ella, pero no me resultaba nada fácil.

Mis pensamientos estaban muy desordenados y el sentido de la orientación me había abandonado.

«Él está por ahí».

«Viene a por ti».

«Vais a morir todos».

«Encuéntrala».

«Vuelve junto a mí, Joe».

«Joey, no me dejes sola».

Sacudí la cabeza y caminé con paso titubeante siguiendo la línea de árboles por un largo camino, permitiendo que las piernas me guiaran cuando el cerebro no podía.

«Sigue adelante».

«Vuelve a su lado».

«Un pie delante del otro».

Después de unos instantes que se me hicieron eternos, vi unas luces y levanté torpemente el brazo para intentar que pararan y me llevaran. Pero las luces no se estaban acercando. Permanecían quietas y no se movían. Parecían atrapadas detrás de una verja de hierro.

Tambaleándome, seguí moviendo los brazos, desesperado por subirme a ese coche. Por encontrar el camino hacia ella.

—¡Joe!

Joder, es que hasta oía su voz.

—¡Joe!

Ufff, debía de estar realmente mal.

—Joe, soy yo.

Confuso, miré a mi alrededor.

—¿Molloy?

—Sí, cariño, estoy aquí. La verja está cerrada y no puedo entrar. Llevo horas esperando.

—¿Sí?

—Sí, tú sigue caminando hacia delante.

Tardé un rato en procesar su voz, y algo más en entender el significado de las palabras que salían de su boca, hasta que conseguí centrar mi atención en la verja.

Y ahí estaba. De pie al otro lado de lo que parecía un enrejado de hierro de cinco metros.

—Molloy. —Con paso vacilante, me acerqué a ella y no paré hasta llegar a la verja—. Molloy.

—Estoy aquí, Joe. —Metió una mano entre los barrotes de metal, me la puso en la nuca y se acercó—. Aquí mismo, cariño.

—Lo siento, reina —dije con la voz rota apoyando la frente contra los mismos barrotes en los que ella apoyaba la suya—. Joder, lo siento muchísimo.

—Chisss… —En ese momento ya me había cogido la cara entre sus manos y sus dedos recorrían mis mejillas y me peinaban el pelo mientras me acribillaba a besos en las partes de mi rostro a las que podía llegar—. Me tenías muerta de miedo.

—Soy un imbécil.

—De los grandes —secundó con convicción sin dejar de besarme, acariciarme y rozarme con la nariz—. Estoy muy enfadada contigo.

—Yo también. —Temblando, pasé una mano entre los barrotes para tocarla, sentirla y asegurarme de que era real—. Creo que me pasa algo.

—Vas a ponerte bien —sollozó mientras las lágrimas de sus mejillas humedecían las mías—. No voy a dejar que te pase nada más.

—Joder, sácame de aquí, nena.

—No puedo, Joe —contestó con un hilo de voz—. No sé el código para abrir la verja, y es demasiado alta como para saltar por encima.

—Yo sí —murmuré—. Conozco el código.

—¿Cuál es?

—Yo… Eh… —Parpadeando con rapidez, escudriñé mi cerebro en busca de la información que sabía que una vez había poseído, pero no encontré nada—. Te juro que lo tengo en algún lugar de mi cabeza.

—Da igual —repuso sorbiéndose la nariz—. No te preocupes. Quédate aquí esta noche con Shannon y Johnny.

—No, no, no, no quiero quedarme aquí —gimoteé aferrándome a ella con todo mi ser—. Quiero irme contigo.

—Ya lo sé —dijo con tono persuasivo y a la vez de dolor—. Pero no te puedo sacar, Joe.

—Puedo trepar…

—No, cariño, no puedes —me interrumpió, y luego dijo—: Estás muy herido.

—Tú estás herida. Te he herido yo —gruñí encogiéndome cuando una ola de dolor me golpeó en medio del pecho—. Mierda, creo que mi cerebro ha dejado de funcionar.

—¿Dónde has estado?

—No me acuerdo —musité desposeído de cualquier tipo de esperanza—. Joder, cuánto lo siento… Te quiero mucho, Molloy. Te lo juro.

—Ya lo sé, Joe. Lo sé… —Su voz se fue atenuando y dejó escapar un sollozo—. Oye, necesito que me enseñes los brazos, ¿vale?

—¿Los brazos?

—Sí. —Sorbiéndose la nariz, dio un paso hacia atrás y me cogió una mano—. No te preocupes —me persuadió mientras me remangaba la sudadera para acabar estallando en lágrimas al llegar al codo.

—Lo siento.

—El otro —logró decir cogiendo mi otra mano y haciendo lo mismo.

—Mucho.

—Has estado con Shane Holland, ¿verdad?

—No me acuerdo.

—¡Podías haber muerto, Joe!

—No sé si quiero vivir, Aoife.

—¡No digas eso! —me advirtió introduciendo de nuevo el brazo entre los barrotes para pasármelo por el cuello—. No vuelvas a decir eso, ¿me oyes?

—Solo sigo aquí por ti —confesé deleitándome en la calidez de sus manos sobre mi piel. Tenía un frío de la hostia. Ella era lo único que podía darme calor—. Quiero que se acabe, Aoife. Quiero que esto pare…

—No, cariño, no. —Sorbiéndose la nariz, me atrajo hacia ella y selló su boca con la mía—. No dejaré que te vayas.

Estremeciéndome cuando el ardor de sus labios y su lengua derritieron el hielo de mi interior, intenté acercarme; necesitaba estar con ella.

—No te vayas, Molloy. Sé que no te merezco, pero, por favor…, no te vayas.

—Nunca.

—Solo… sigue queriéndome.

—Siempre, Joe. —Respiró contra mis labios—. Siempre.

—Porque siento que estoy solo, nena.

—No. —Negando con la cabeza, se echó hacia atrás para limpiarme las lágrimas que me resbalaban por las mejillas y luego se inclinó de nuevo hacia mí y acarició suavemente su nariz contra la mía—. Nos tienes a nosotros.

Temblando, metí la mano entre los barrotes y la toqué.

—Quiero ser suficiente para ti. —Sollozando, acaricié la pequeña protuberancia de su tripa mientras el viento me azotaba la cara—. Para los dos.

—Creo en ti —la oí decir entre lágrimas—. ¿Me oyes, Joey Lynch? —Cogiéndome la cara entre las manos, me miró directamente a los ojos y susurró—: Todavía creo en ti.

«Eres la única».