81. Bala perdida #2
Con el corazón retumbándome con fuerza, recorrí el camino privado de la entrada hacia la familiar puerta principal. Sabía que yendo allí me estaba agarrando a un clavo ardiendo, pero, como no tenía mucho más a lo que aferrarme, pulsé el lujoso timbre y contuve el aliento.
Pasaron unos minutos hasta que se abrió la puerta, y me dio la bienvenida una mujer de mediana edad vestida con una bata de hospital.
—¿La puedo ayudar en algo?
—Sí, hola. —Lancé un suspiro y le brindé una sonrisilla—. Sé que no vive aquí, pero busco a… ¿Gibsie?
La mujer de ojos marrones me entendió de inmediato y sonrió con calidez.
—Gerard suele estar por aquí, pero hoy está asaltando su propia nevera, para variar. —Con la mano extendida, señaló una impresionante casa de tres plantas que se encontraba al otro lado de la calle—. Vive en el número nueve, cariño.
—Muchas gracias —respondí con sensación de alivio mientras giraba rápidamente sobre mis talones y cruzaba la tranquila calle sin salida.
—Si por casualidad ves a su amiguita de pelo rizado, coméntale que su madre ha dicho que está castigada —gritó la señora Biggs detrás de mí.
—Sí, claro, no se preocupe.
Demasiado agotada como para asimilar ni una sola palabra de lo que me estaba diciendo, aligeré el paso hasta llegar a la puerta principal de la otra casa y llamé varias veces hasta que se encendió la luz del pasillo.
En esa ocasión, cuando se abrió la puerta, fue Gibsie el que me recibió, y su cara era de sorpresa.
—Pero bueno, ¿qué tal, señora de Joey el hurler?
—Necesito que me ayudes.
—Vale… —Frunciendo el ceño, se hizo a un lado para dejarme pasar, pero yo me quedé donde estaba—. Pero, si vas a pedirme consejo, debo advertirte que soy un candidato penoso.
—No quiero que me des ningún consejo, Gibsie.
—Pues es un alivio —dijo con una risita—. Porque se me da fatal. Y cuando digo fatal quiero decir horrorosamente mal. Pregúntale a cualquier vecino de esta calle. Soy la última persona a la que habría que acudir en caso de crisis…
—Por Dios, deja de hablar y empieza a escuchar.
—Pico cerrado.
—Necesito la dirección de la casa de tu amigo Johnny Kavanagh —afirmé notando que me ponía más ansiosa cada minuto que pasaba—. Ya he estado allí, pero no recuerdo el camino y tengo que ir.
—Mierda. —Vi un destello de preocupación en sus ojos grises—. Buscas a Joey.
Se me paró el corazón.
—¿Lo has visto?
Asintió con la cabeza.
—¿Cuándo?
—Hoy.
—¿Cómo estaba?
Hizo una mueca, pero no contestó.
Con eso bastó para indicarme lo que ya sabía.
—Dios mío. —Sintiendo que me habían rajado los pulmones, me llevé una mano al pecho y solté una respiración entrecortada —. Necesito que me ayudes.
—Creo que deberías entrar —contestó todavía sujetándome la puerta.
—Por favor. —Las lágrimas me quemaban los ojos, y me las enjugué rápidamente—. Necesito que me lleves con él.
—No sé. —Rascándose el amplio pecho, Gibsie miraba nervioso a su alrededor—. Yo… Eh… No creo que sea buena idea.
—¿Buena idea? —Le eché una mirada asesina—. Me importa una mierda lo que tú creas, Gibbers. Necesito ir con mi novio, y te estoy pidiendo que me ayudes.
—Ya te he oído —dijo tratando de calmarme mientras levantaba las manos—. Y quiero ayudarte. Te juro que sí. Pero…
—Ocho días —solté con voz ahogada sin molestarme en mentir u ocultar mis emociones. Si Gibsie había visto a Joey ese mismo día, sabía cuál era mi situación—. Llevo ocho putos días sin verlo.
—Está a salvo —repuso adoptando un tono sincero—. Te lo juro, ¿vale? Kav lo tiene todo controlado. Tu chico la está durmiendo en su casa. Shannon está con él. No tienes nada de lo que preocuparte.
—No lo pillas —le espeté aguantándome las ganas de gritar—. Necesito verlo.
—No voy a mentirte. Tu novio está en un estado muy lamentable —me confesó Gibsie—.
Pero está a salvo. Si vas y lo despiertas, sabe Dios qué cojones puede hacer o adónde puede ir.
—Movió la cabeza hacia los lados y me echó una mirada compasiva—.
No quiero meterme en tus asuntos, pero de verdad creo que deberías dejar que la durmiera…
—Hola —interrumpió una voz familiar momentos antes de que una rubia cabellera rizada asomara por debajo del brazo de Gibsie—.
Aoife, ¿verdad? ¿De la fiesta noventera?
—Ataviada con una enorme camiseta de rugby, unos pantalones rosas de pijama que parecían de peluche y unas zapatillas de conejito a juego, me lanzó una sonrisa—.
Te acuerdas de mí, ¿verdad? Soy Claire Biggs.
—Hola, sí, me acuer…
Antes de que pudiera terminar, sacó la mano y agarró la mía.
—Entra si no quieres morir congelada en la puerta.
—Le dio un manotazo en el pecho a su amigo—.
En serio, Gerard —lo regañó mientras tiraba de mí hacia dentro y me guiaba por el pasillo, a través de una cocina tenuemente iluminada, hasta una espaciosa terraza interior—, ¿qué modales son esos?
No se deja a una chica en la puerta por la noche.
—No hecho eso —se apresuró a protestar Gibsie mientras deambulaba detrás de nosotras—. Le estaba sujetando la puerta como un caballero.
—¿Tienes hambre? —preguntó Claire conduciéndome hasta una caja de cartón que había sobre la mesita de cristal del centro de la estancia—. ¿Sed?
—No, estoy bien —respondí soltándole la mano—. En realidad, tengo que… ¿Qué narices es eso? —Con la boca abierta, me la quedé mirando mientras se arrodillaba frente a la mesa y le lanzaba mimitos y arrullos al contenido de la caja—. ¿Es una rata?
—¿Qué? No —contestó Claire cogiendo el guante de jardinería que había junto a la caja y poniéndoselo antes de meter la mano en el interior para sacar a esa criatura con púas—.
Nos lo hemos encontrado en medio de la carretera cuando volvíamos de casa de Johnny.
Estaba solo, a oscuras, y no podíamos dejarlo allí porque podrían haberlo atropellado, así que nos lo trajimos a casa.
—Sonriéndole con cariño a esa cosa que tenía en la mano, dijo con voz melosa—: ¿No es la bolita más tierna y adorable que has visto en tu vida?
—Yo… Eh… —Negando con la cabeza, intenté decir algo lógico, pero sentí que había entrado en una dimensión desconocida—. Chicos, es un erizo.
—Se llama Reginald Gibson-Biggs —me corrigió Gibsie sentándose con las piernas cruzadas sobre la mullida alfombra, junto a su amiga—. Venga, muñequita. No quieras acapararlo. Me toca. —Se colocó una almohada en el regazo, la ahuecó y, con voz almibarada, dijo—: Ven con papá, Reggie.
—Ten cuidado, Gerard, está muy flaco.
—Sé lo que hago, muñequita.
—Ya lo sé, pero es que es tan chiquitín…
—Eso es porque acaba de terminar la hibernación. El pobrecito se muere de hambre.
—¿Le traemos unos gusanos?
—¿Los erizos comen gusanos? —Frunció el entrecejo—. Pensaba que comían hierba.
—Creo que nos hablaron sobre la dieta de los erizos en clase de Naturales.
—Mierda, yo no he ido a esa clase.
—Gerard, en Irlanda todo el mundo tiene clase de Naturales en primaria.
—Bueno, pues yo no.
—Sí, tú sí.
—¿Cuándo?
—¿No recuerdas que te llevaran a dar largos paseos con el profesor y la clase?
—Sí…
—Eso eran paseos por la naturaleza —explicó—. Para la clase de Naturales.
—Joder, no me digas —se rio entre dientes—. Pensaba que eran descansos para mover el cuerpo.
Con una morbosa curiosidad, incliné la cabeza hacia un lado y los contemplé mientras se turnaban para cuidar a un animal salvaje.
—¿Seguro que no pasa nada si tocáis a esa cosa?
—Reggie.
—Reggie —rectifiqué encogiéndome de hombros mientras Gibsie le hacía cosquillas en la barriga—. Los animales en libertad pueden transmitir enfermedades, ¿sabéis?
—Míralo —contestó Claire con un arrullo sujetando a la pinchuda criatura para que la acariciara—. ¿Cómo se te ocurre pensar eso de algo tan hermoso?
—Sí, es… precioso. —Dolorosamente consciente de que yo llevaba algo igual de hermoso en mi vientre, di un paso atrás y me encogí de hombros—.
Oye, solo necesito que me deis la dirección de la casa de Johnny y me iré enseguida.
—Haciendo una mueca, añadí—: Y vosotros podéis pasar todo el tiempo que queráis con… , eh…, el pequeño Reggie.