81. Bala perdida
BALA PERDIDA
Aoife
—Aoife, te prometo de todo corazón que nadie va a llevarse a tu bebé —dijo mi madre por enésima vez al entrar en casa después de haberme pasado gran parte del día en el hospital dejándome tocar, pinchar, frotar con bastoncillos e interrogar—.
Ya nos lo han explicado. Nadie te está cuestionando. Solo velan por tu bienestar, corazón.
—Bueno, pues yo no se lo he pedido —dije sofocada y aturdida tras las idas y venidas del día—. Es evidente que estoy bien, mamá. Estoy sana, me cuido, vengo de un hogar cariñoso y seguro… Así que no entiendo por qué tienen que poner mi vida en el punto de mira.
—Lo que les preocupa no es tu estilo de vida —repuso dejando el bolso debajo de la mesa—. Por el amor de Dios, Aoife, deberías haber acudido a mí.
—¿Con respecto a qué?
—A Joey.
Me dio un vuelco el corazón.
—Joey se encuentra bien —me oí defenderlo—. Ahora mismo está lidiando con muchas cosas en su familia, pero va a estar bien, mamá.
—Aoife. —Se giró hacia mí—. ¿Puedes dejar de hacer eso?
—¿El qué?
—Mentirme.
—No te estoy mintiendo. —Alcé las manos—. ¡Joey está bien!
Mi madre suspiró hastiada.
—¿Por qué no me has dicho que ha desaparecido?
—No ha desaparecido —sostuve débilmente—. Solo está aclarando sus ideas.
—¡Aoife!
—A lo mejor no quería que pensaras mal de él —admití con la voz rota—. Justo lo que estás haciendo ahora.
—No pienso mal de él —razonó—. Me preocupo por él. Me preocupo por ti.
—Joey nunca me haría daño.
—No he querido decir eso.
—¿Y qué has querido decir? —exigí—. ¿De qué hay que preocuparse?
—A mi hija la han sometido a unas pruebas muy rigurosas para ver si tiene enfermedades de las que yo nunca había oído hablar —espetó dirigiéndose hacia la tetera—. ¡Claro que me preocupo!
—Pero no has sido tú la que ha tenido que dejar que la pincharan con agujas y le metieran varios bastoncillos por el co…
—No uses esa palabra —me advirtió encogiéndose de hombros—. Es horrible.
—Por la vagina —dije cambiando de rumbo—. Y por el culo, mamá. Ya te digo yo que no es una experiencia placentera.
—Bueno, sabremos más cuando lleguen los resultados.
—Ya lo sabemos —gruñí saliendo a zancadas de la cocina—. ¡Estoy limpia porque Joey está limpio!
—Aoife, espera, tenemos que hablar de esto.
—Yo creo que no —contesté por encima del hombro mientras salía disparada por la escalera—. Tengo que darme una ducha.
—Esta conversación no ha terminado, jovencita.
—¿Qué te apuestas? —farfullé entrando a toda prisa en mi cuarto y dando un portazo tras de mí.
Me quité las zapatillas con los pies y me fui directa hacia la cama; lo único que quería en ese momento era hacerme un ovillo bajo las sábanas e hibernar.
Porque era demasiado.
Todo aquello era demasiado, joder.
Abatida y cabreada, avancé hasta el armario y le di una patada a la puerta, llena de frustración.
—Son todos gilipollas.
Rebosante de furia, noté que el teléfono me vibraba en el bolsillo, así que lo saqué y observé la pantalla, preparada para ver en ella el nombre de mi madre.
El número que llamaba no estaba en mis contactos.
De inmediato, me recorrió el pánico mientras le daba a Aceptar y me ponía el móvil en la oreja.
—¿Diga?
—Aoife, soy yo.
Tres palabras.
Tres palabras bastaron para dejarme sin aire en los pulmones y hacer que me fallaran las piernas. Me tambaleé hasta la cama, me senté y me dejé llevar por el tsunami de alivio que inundaba mi cuerpo.
Esos ocho días de silencio me habían llevado al borde de una crisis nerviosa. Oír su voz había derretido el hielo que rodeaba mi pobre y maltrecho corazón.
—Cabrón —le solté cuando mi voz quiso salir.
—Lo sé.
Temblando con violencia, me cambié el teléfono a la mano izquierda y lo presioné contra mi oreja mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas.
—¡Puto gilipollas de mierda!
—Lo sé, ¿vale?
Su voz sonaba ruda, balbucía las palabras, y no me hacía falta tenerlo delante para saber que sus ojos estaban negros como el carbón.
—Joder, Joey. —Bajé la cabeza; en ese momento sentía demasiado como para mantenerla erguida—. Me lo prometiste.
—Ya lo sé —fue su desgarrada respuesta—. La he cagado.
—¿Tú crees? —dije con desdén conteniéndome para no lanzar el teléfono contra la pared—. ¡Estoy embarazada de tu bebé y tú vas y desapareces del mapa! Te podía haber pasado cualquier cosa, Joey. Cualquier cosa. ¿No lo entiendes? ¿No entiendes lo aterrorizada que he estado?
—Joder, lo siento mucho, nena.
Dolor.
Alivio.
Ira.
Devastación.
En ese momento lo sentía todo.
—¿Estás bien? —me obligué a preguntar; la voz me temblaba—. ¿Estás herido?
—Yo… Eh… No lo sé —murmuró de forma entrecortada y arrastrando las palabras—. Todo está difuso y me duelen los ojos.
—¡Porque aún deberías estar en el hospital!
—No me odies, Molloy.
—No te odio, Joey, yo… —Con la voz quebrada, cogí aire y cambié de tema—. ¿Dónde estás? —pregunté estremeciéndome violentamente—. ¿De quién es el teléfono desde el que me llamas?
—Estoy en… Eh… —Sus palabras se fueron apagando y lo oí ahogar un gruñido de dolor antes de decir—: En casa de Kavanagh.
—¿Johnny Kavanagh? —Alcé las cejas—. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién te ha llevado hasta allí?
—No lo sé, Aoife —admitió con un hilo de voz—. Me siento bastante ido ahora mismo, nena. No tengo el teléfono ni tampoco la… Eh… La cartera.
—Mierda, Joe. —Tenía el corazón en un puño—. ¿Con quién has estado?
—No lo sé —susurró—. Noto la cabeza hecha pedazos. No recuerdo una mierda. Simplemente estoy muy cansado.
—Porque no estás bien —logré decir, parpadeando para enjugarme las lágrimas—. Estás enfermo, Joe.
—No sé cómo estoy —lo oí decir—. Ya no me siento humano.
El miedo me catapultó fuera de la cama y me hizo ir de un lado a otro de la habitación.
—Joey, tienes que venir a casa, ¿vale? Ven a mi casa ahora mismo.
—No, no, no, no quiero que me veas así —balbuceó—. No quiero hacerte más daño del que ya te he hecho.
—La única manera de hacerme daño es evitándome —insistí aferrándome al teléfono—. Juntos hasta el final, ¿te acuerdas? Sigue en pie, Joe. Te quiero.
—Y yo te quiero muchísimo, joder. —La voz se le quebró—. Ni siquiera puedo decirte cuánto porque no tengo suficientes palabras en la cabeza.
—Ya lo sé. —Cerré bien los ojos y apreté el teléfono con fuerza—. Lo sé, Joe.
—Lo siento. —Arrastraba las palabras y parecía algo somnoliento—. Quiero que estéis bien. Tú y el bebé.
—Lo estamos —traté de apaciguarlo—. Pero te necesitamos.
—Nadie me necesita.
—Eso no es verdad —afirmé sintiendo que el corazón se me desintegraba en el pecho—. Vuelve conmigo.
—Tengo que dormir —susurró de forma entrecortada—. Estoy siempre tan cansado… y los ojos me duelen de cojones. Es difícil mantenerse despierto.
—¿Shannon está contigo? —Me llevé la mano a la frente y luché contra la ansiedad—. ¿En casa de Johnny? ¿Es ella la que te ha llevado hasta allí?
—Creo que sí —contestó dubitativo—. Joder, lo siento tanto…
—Joey, escucha. —Sorbiéndome la nariz, me aclaré la garganta e intenté ser la voz de la razón—. La has cagado, ¿vale? A lo grande. No puedes volver atrás, pero puedes seguir adelante. No te quedes en ese estado mental, cariño. Yo puedo ayudarte. Podemos conseguirte ayuda.
Hubo una larga pausa antes de que su voz privada de sueño mascullara:
—¿Qué tipo de ayuda?
—La de un profesional —propuse—. Hay centros de rehabilitación para adolescentes como tú. Tiene que haberlos. Te buscaré uno, ¿vale? Conseguiremos la ayuda que necesitas para superar esto, pero tienes que venir conmigo. Ven conmigo, cariño, yo te ayudaré…
—Nadie puede ayudarme, Molloy.
—Eso no es verdad —lo contradije con vehemencia—.
Tienes una mente maravillosa, Joey Lynch, y un corazón de oro.
Puedes superarlo. Solo tienes que poner de tu parte.
Con eso tendrás la mitad ganado. Todavía puedes arreglarlo.
Hay tiempo. Puedes ponerte mejor. Inténtalo, Joe.
Es lo único que has de hacer. Intentarlo, cariño.
Te quiero muchísimo. Ver cómo te destruyes a ti mismo me está matando.
—Solo te quiero a ti.
—Y yo solo te quiero a ti —respondí con voz entrecortada—. Pero necesito que estés sano. No voy a permitir que te destruyas. Vamos a tener un bebé, Joey. No pienso dejar que tires la toalla ahora.
—Es muy tarde para mí, Molloy.
—No. —Negué con la cabeza—. No digas eso.
—No estoy bien.
—Voy a recogerte —afirmé buscando las llaves del coche por mi cuarto—. Espérame allí; no tardo nada.
—No, joder, no vengas —volvió a gruñir—. No quiero que me veas así.
—Joey, voy a ir.
—Si vienes, yo me marcho.
—¡Joey!
—No, no vengas, ¿vale? —protestó al otro lado de la línea antes de añadir—: Deja que me ponga bien y luego iré contigo.
Me pasé las manos por el pelo, resistí el impulso de tirarme de las puntas y lancé una exhalación entrecortada.
No podía dejarlo allí. Sobre todo, cuando por fin sabía dónde estaba.
Me había hecho pasar un infierno durante los últimos ocho días.
Sabía que estaba colocado. Que se estaba autodestruyendo. Que no podía hacer una mierda por detenerlo, pero aun así quería intentarlo. Aún quería tirarme de cabeza a ese mundo en el que se ahogaba y salvarlo o, al menos, mantenerlo a flote.
—No cuelgues —susurró con voz lánguida—. Te quiero.
—Prométeme que te vas a quedar en casa de Johnny.
—Te lo prometo.
—Y lo primero que harás mañana será venir a verme.
—Lo primero.
—Joe, lo digo en serio. Prométemelo.
—Te lo prometo, te lo prometo. Es que… estoy muy cansado.
—¿Dónde estás ahora mismo?
—En su cuarto. Cama enorme.
—Vale. —Dejé ir un suspiro entrecortado y traté de mantener mis emociones a raya mientras lo escuchaba respirar al otro lado del teléfono—. Quiero que te acurruques en esa cama tan enorme y duermas un poco. ¿Puedes hacer eso por mí, Joe?
—Hum.
—Oye, Joe.
—¿Hum?
—¿Te puedes poner de lado para no ahogarte si vomitas?
—Hu-hum.
—Bien hecho, semental.
—No te vayas, reina.
—No lo haré.
—Quédate conmigo.
—Siempre.